Lo que el sistema llama “no hacer nada”: mujeres, cuidados y el trabajo invisible que sostiene la vida

La carga invisible que sostienen millones de mujeres todos los días incluye criar, cuidar, organizar, contener y sobrevivir en un sistema que sigue considerando ese trabajo como una “elección” y no como un aporte esencial para la vida y la economía.

09 de mayo, 2026 | 19.00

Gestar un bebé durante 40 semanas (que es más que 9 meses), con las complicaciones físicas, mentales y emocionales que eso significa. El trabajo de parto y parir. Dar la teta con el cuerpo roto, y dormir de a fragmentos, o no dormir. Ambos, mamá y bebé en pañales. Cargarlo todo el día en brazos porque no hay otra opción, y si la hay sentir la culpa del abandono y el dolor de la distancia. Bañarse rápido y pidiendo permiso, si se puede. Y sino pasar días enteros sin peinarse, sin cambiarse la ropa, o sin una ducha caliente. Comer cualquier cosa, comer el plato frío, comer de a ratos, o comer sobras. Calmar un llanto que no cesa, los cólicos, las primeras fiebres, las angustias de la existencia. Sostener un berrinche en el medio del agotamiento manteniendo la firmeza y la ternura en mismas proporciones. Siempre sonreír, no quejarse porque vos elegiste ser madre. Levantarse de madrugada una, dos, cinco, siete veces. Llevar y traer a la escuela, llevar y traer al club. Recordar horarios, mochilas, cuadernos, vacunas, nombres, turnos médicos. Sentarse a hacer la tarea, el trabajo práctico, las manualidades cuando el cuerpo ya no responde al cansancio y la cabeza pide pausa. Ir a reuniones, actos escolares, preparar disfraces, ensayar el discurso, coordinar en el grupo de “mamis” quién compra, quién lleva, quién paga. Hacer cuentas. Siempre sonreír, no quejarse porque vos elegiste ser madre. Pensar la comida todos los días, buscar ofertas para alimentar y nutrir, hacer rendir lo que no alcanza, sostener la economía doméstica en tiempos de bolsillo flaco. Lavar, planchar, ordenar, buscar, volver a empezar, siempre todos los días. Nada de pantallas porque eso es de "mala madre". Nada de ultraprocesados, golosinas, o porquerías, porque eso es de “mala madre”. Estar disponible física y emocionalmente: contener, escuchar, explicar, educar, poner límites, aunque una esté enferma, agotada, triste, devastada. Perderse de las amistades, alejarse de lo que una era, abandonar actividades placenteras o recreativas, excluirse o ser excluidas, escindirse del propio cuerpo y del ritmo vertiginoso del mundo que sigue sin nosotras. Siempre sonreír, no quejarse porque vos elegiste ser madre.

Paradójicamente, en el marco de la Semana Mundial de la Salud Mental Materna, lo que vuelve a ponerse en cuestión es eso que queda a la sombra. Porque si las acciones anteriores intentan nombrar una parte de lo superficial del trabajo de cuidados, es decir lo que puede enumerarse en listas o medirse horas, existe otra dimensión que opera en paralelo y es del orden de lo intransferible: la carga mental. Algo así como un estado permanente de alerta cognitiva y emocional que implica anticipar necesidades, reaccionar al instante y encontrar soluciones a las urgencias, administrar tiempos, sostener la organización invisible del hogar, de los vínculos y los recursos, sin que exista un momento en que ese proceso se suspenda, ni siquiera durante el sueño, ni siquiera durante la enfermedad. Las madres no tenemos licencias de la carga mental y eso trae consecuencias mensurables sobre la salud: según la OMS al menos una de cada cinco mujeres atraviesa algún problema de salud mental durante el embarazo o el primer año posparto, y se estima que entre el 50% y el 75% de las depresiones no son diagnosticadas ni tratadas. Detrás de ese número hay mujeres que siguen funcionando hacia afuera, cumpliendo con todo, sonriendo, pero con un costo emocional que el sistema no registra porque tampoco registra lo que lo genera.

Si además hay un trabajo en el mercado “productivo”, el único que este sistema reconoce como tal, hay que encajar dos jornadas en un solo cuerpo, negociar horarios, absorber culpas, llegar tarde, irse antes, compensar siempre, perder oportunidades de crecimiento, nunca estar a la altura de lo que se exige. Otra vez partirse en dos. Y si hay además trabajo territorial o comunitario en un merendero, comedor o una olla popular, aparece la triple jornada que, siendo la más invisible, es la más fundamental porque logra mantener con vida a millones de pibes y pibas a lo ancho y largo de todo el país. Siempre las mujeres y madres haciendo el trabajo de otras mujeres. Mientras tanto, a casi cualquier varón ni siquiera se le exige, ni cerca, sostener estas actividades o la misma carga mental, esa disponibilidad permanente, esa responsabilidad cotidiana que no se desactiva nunca. Se juzga más a una madre que decide dejar a su hijo un rato con el padre, que al 70% de los progenitores separados que no pagan la cuota alimentaria. Para este modelo, para este mercado, para esta racionalidad que sólo reconoce valor y por ende dignidad allí donde hay ganancia, todo eso es, literalmente, “no hacer nada”. Siempre sonreir, no quejarse, porque vos elegiste ser madre.
Lo que se lee entre líneas cuando dicen que una mujer “no trabajó en su vida”, “que nadie la obligó a tener hijos", "que no aportaron nunca”, que una mujer que dedicó su vida a las tareas de crianza “no es una jubilada” porque no logró los 30 años que exige la ley es en realidad una racionalidad que delimita qué prácticas son percibidas como trabajo y cuáles quedan expulsadas de esa categoría, qué de lo que hacemos se traduce en valor económico y financiero, y qué entra en el orden de lo invaluable aunque objetivamente sí genere un aporte monetario. Esto produce una economía de lo visible y lo invisible que no responde a la relevancia o al rol social de las actividades sino a su capacidad de generar ganancia en el mercado "productivo”. Mientras, la única realidad es que todo el universo de las y los trabajadores que producen valor a diario y perciben por ello un salario, o quienes ofrecen un servicio bajo la figura de trabajadores autónomos, existen y pueden realizar dichas tareas gracias a ese trabajo "invisible" de crianza, tareas domesticas, cuidado, alimentación y contención emocional.

El avance de los feminismos en términos de derechos, y la inscripción de sus conquistas en la trama social, impulsó un proceso de transformaciones del rol de la mujer en la vida familiar, en el mercado laboral, y en los tipos de construcciones identitarias, conductas y comportamientos posibles, alejadas de lo que dicta el orden más tradicional. Pero además a través de la economía feminista, esta operación histórica del modelo patriarcal de asignación de tareas ha sido ampliamente desarticulada al evidenciar que el sistema económico descansa sobre una división binaria y constitutiva entre producción y reproducción social, trabajo productivo y trabajo reproductivo, el mundo público y el ámbito doméstico, fundamentada en diferencias biológicas de los cuerpos, pero que en realidad han sido construidos a partir del entramado social y el poder político, y justificado desde lo cultural.
Lamentablemente ese paradigma negacionista de la desigualdad de género como consecuencia histórica del sistema patriarcal, de la violencia económica, de la brecha de género salarial, del techo de cristal, entre otros condicionantes, se ha vuelto discurso oficial y política pública desde la llegada al gobierno de Javier Milei. En sus propios términos, todo el trabajo necesario para sostener la vida, desde la alimentación hasta la crianza, pasando por el cuidado afectivo hasta la organización cotidiana de los hogares, funciona por fuera del universo de lo económico, es despojado de su carácter laboral e inscripto en el terreno de lo “intuitivo”, lo “privado”, lo “afectivo”, “ el amor", categorías que funcionan, en la práctica, como dispositivos de despolitización y desvalorización. Silvia Federici, en su libro “Calibán y la bruja” (2004), explica que la invisibilización del trabajo reproductivo es una operación política que lo naturaliza como extensión del cuerpo femenino.

En ese sentido, la invisibilización del trabajo de cuidados que hoy vuelve a instalarse como debate en la conversación es el resultado de un proceso histórico de interiorización de mandatos, imágenes, representaciones y discursos, a través del cual generaciones enteras de mujeres han sido socializadas para percibir esas tareas no como trabajo sino como destino, como vocación, como única elección válida o incluso como expresión de un supuesto instinto maternal que las predispondría naturalmente a cuidar mejor que un varón. Ese proceso de construcción social de la maternidad desde una mirada esencialista impacta sobre los sujetos pero también en las instituciones que durante siglos fueron garantes de su reproducción social. Una construcción que, lejos de ser inocente, opera como una forma particularmente eficaz de disciplinamiento, en la medida en que logra que la explotación no se experimente necesariamente como tal, sino como elección, responsabilidad individual o incluso como forma de realización personal.
Así, la idea de que cuidar es “una elección” o “parte de ser madre” no sólo invisibiliza el valor económico y social de esas tareas, sino que además desactiva la posibilidad misma de problematizarlo colectivamente, de cuestionarlo en términos políticos, y de transformarlo, desplazando la discusión desde el plano estructural, donde deberían discutirse las condiciones sociales de organización del cuidado y su reconocimiento, hacia el plano individual y privado, donde cada mujer aparece como responsable de haber elegido libremente maternar, del vínculo o arreglo económico que mantiene con su pareja, y por ende de los aportes realizados o no para su futura jubilación.

Este proceso de naturalización que tiene efectos simbólicos en los esquemas de percepción, se cristaliza también en normas administrativas que organizan materialmente la trama social y económica: al ser concebido como una actividad “natural", y no como trabajo, el cuidado queda excluido de las mediciones tradicionales, de las políticas públicas y de los sistemas de protección social, aun cuando su aporte resulta cuantificable y sustantivo. En Argentina, por ejemplo, en 2020, la Dirección Nacional de Economía, Igualdad y Género, que estaba a cargo entonces de Mercedes D’Alessandro, publicó en el informe “Los cuidados, un sector económico estratégico” la primera medición en la historia del aporte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado al Producto Interno Bruto. Las cifras demostraron que las tareas domésticas y de cuidado son la actividad que más aporta, representando un 16% del PBI, seguido por la industria y el comercio, lo que evidencia que es uno de los pilares centrales sobre los que se sostiene la sociedad y el funcionamiento económico.

Sin embargo, esa centralidad, hoy desdibujada por el discurso oficial, coexiste con una profunda desigualdad en su reconocimiento y su distribución, en tanto la sobrecarga limita la participación de las mujeres en el mercado laboral, en cargos jerárquicos, en lugares de poder al tiempo que las empuja hacia empleos más precarios, peor remunerados, interrumpe trayectorias laborales y profesionales, y las expulsa de los espacios de toma de decisión, lo que, en el largo plazo, se traduce en menores ingresos y menos acceso a derechos. El sistema previsional es un claro ejemplo de cómo se confunde aporte previsional con aporte social, ya que se calcula que 9 de cada 10 mujeres no logra reunir los aportes necesarios para jubilarse, no porque no haya trabajado, no porque no haya aportado económicamente, sino porque lo ha hecho en el ámbito doméstico o en la informalidad, ambas condiciones que el propio Estado otra vez decide no ver ni reconocer.