Hay canciones que uno siente que existieron siempre. Que no fueron escritas por nadie sino que estaban ahí, esperando que alguien las cantara. Sapo Cancionero es una de esas canciones inmortales del folklore argentino. La tararearon abuelos, la rasguean todavía los guitarreros de asado y la cantaron millones de argentinos sin preguntarse nunca de dónde salió. Pero detrás de esa zamba que parece eterna hay una historia curiosa, llena de cruces inesperados entre países, confusiones de nombres y hasta una leyenda que involucra a soldados en la cordillera.
La letra de Sapo Cancionero no nació en Salta, ni en Jujuy, ni en Tucumán. Nació en Chile. Su autor fue Alejandro Flores Pinaud, un actor, poeta y dramaturgo chileno que escribió los versos originales bajo el título de "Sapo Trovero". Era un poema, no una canción. No tenía música ni estaba pensado para ser cantado con guitarra en una peña. Era literatura. Hasta que uno de los principales grupos del folklore argentino, Los Chalchaleros, la grabaron y la inmortalizaron.
Del otro lado de la cordillera, en Jujuy, un músico y artista plástico llamado Jorge Hugo Chagra se cruzó con esos versos y les puso la melodía que hoy todo el mundo conoce. Así nació la zamba, que fue registrada en SADAIC el 24 de abril de 1962. Una coincidencia llamativa: Flores Pinaud, el autor de la letra, murió ese mismo año sin saber que su poema se iba a convertir en una de las canciones más populares del folklore argentino.
La confusión que dura décadas
La historia de la autoría tiene un enredo que nunca se terminó de aclarar del todo. Chagra no tomó los versos directamente de Flores Pinaud. En el medio apareció otro jujeño, Nicolás Toledo, que había encontrado el poema en un libro del chileno y se lo acercó al músico. Durante años, la letra se le atribuyó a Toledo. En algunos registros incluso figura otro poeta chileno, Pancho Flores, como autor de los versos. Pero la letra pertenece a Alejandro Flores Pinaud. Toledo fue el puente, no el creador.
Esa cadena de manos por las que pasó el poema antes de convertirse en zamba explica por qué durante tanto tiempo hubo versiones cruzadas sobre quién la escribió. Un chileno que no era músico, un jujeño que encontró los versos en un libro y otro jujeño que les puso la melodía perfecta. Tres personas, dos países y un sapo que terminó cantando para siempre.
La leyenda de los soldados en la cordillera
Como toda gran canción del folklore, Sapo Cancionero tiene también su leyenda. Se cuenta que en algún punto de la cordillera, soldados de los ejércitos de Chile y Argentina se reunieron en una jornada de camaradería. Hubo guitarras, hubo vino y hubo canciones. Un soldado argentino cantó con una voz que dejó impactado a un chileno. El chileno se le acercó y le dijo que había escrito un poema y que se lo quería dar para que le pusiera música. Ese poema, según la historia, era Sapo Cancionero.
No hay registro que confirme esa versión. Tiene más de relato oral que de hecho documentado. Pero forma parte del mito que rodea a la canción y le agrega una capa más de encanto a un origen que ya de por sí es novelesco.
Los Chalchaleros y la consagración definitiva
La zamba existía, pero faltaba la voz que la convirtiera en clásico. Esa voz fue colectiva: Los Chalchaleros la grabaron alrededor de 1963, en pleno boom del folklore en la Argentina. Eran los años en que las radios pasaban zambas y chacareras a toda hora y los conjuntos folklóricos se metían en cada casa, cada fábrica, cada bar de Buenos Aires donde los provincianos recién llegados buscaban un pedazo de su tierra.
El grupo salteño, fundado en 1948, ya era una institución cuando tomó Sapo Cancionero y la hizo suya. La manera de cantar de Los Chalchaleros, con esos acordes que se enlazan con suavidad y esos ataques en el rasgueo que aparecen justo cuando tienen que aparecer, le dio a la zamba su forma definitiva. La versión que todos conocen, la que se canta en las peñas y en los asados, es la de ellos.
Más que un sapo: la metáfora eterna
Lo que hace grande a Sapo Cancionero no es solo su melodía ni su historia accidentada. Es lo que dice. Un sapo feo que se esconde de día y canta de noche su amor imposible por la luna. Un bicho grotesco que tiene alma de poeta. La metáfora es transparente y por eso funciona desde hace más de seis décadas: todos nos sentimos alguna vez ese sapo. Feos, fuera de lugar, cantando para alguien o algo que nunca nos va a corresponder.
Flores Pinaud lo escribió como poema. Chagra lo pintó con una melodía. Los Chalchaleros lo cantaron para millones. Y el sapo sigue ahí, junto a su laguna, embrujado de amor por la luna, recordándonos que la vida es triste si no la vivimos con una ilusión.
En Chile la canción se conoció como Sapo Trovero y fue grabada por Jorge Yáñez y Los Moros. Pero del lado argentino el nombre que quedó fue el otro, el que eligió Chagra: Sapo Cancionero. Un trovero observa y cuenta. Un cancionero siente y canta. Quizá en esa diferencia esté la clave de por qué la versión argentina se hizo eterna.
