“Estoy cansada, cansada”, dice Lourdes en una parada de colectivo, en una fila interminable para acceder al privilegio de tomarse un colectivo. Una fila que es una cantera de testimonios donde se detienen movileros y movileras de distintos medios; todos recogen algo. La espera no es sólo aplazamiento de un alivio que nunca llega —porque es demasiado corto, porque el tiempo que corre se lo está comiendo—, es también elaboración rumiante. “No llegamos, trabajamos los tres, mi nene queda con mi papá, no me puedo mudar sola, estoy cansada, cansada”. Lourdes se hace viral, que es la palabra con la que se describe ahora el reconocimiento de un mensaje en el que las mayorías encuentran algo y entonces lo reproducen: identificación, empatía —también morbo o miedo, pero no es el caso—, un destrabalenguas para todas esas bocas cerradas, esas miradas hacia el rumbo por donde debería venir el micro. ¿Y si se hicieran ronda en vez de fila los cuerpos cansados?
¿Qué más dice Lourdes, además de lo que le falta, lo que no le alcanza? Deja ver el deseo de estar con su hijo, de comer rico cuando llegue a casa, de hacer algo que no sea trabajar y esperar. Las palabras siempre tienen ese doble filo: dicen y ocultan, afirman y dejan rendijas por las que se filtran otros intercambios. Es lo que pasa en el ajetreo cotidiano, en los lugares donde nos rozamos con otros cuerpos, sin voluntad pero sin remedio: el transporte público, entre las góndolas de un supermercado —¿alguien se acuerda cómo era llenar el changuito a principios de mes?—, la entrada a un partido de fútbol o un recital. En la misma marcha del 24 de marzo pasado, cuando la plaza desbordó a tal punto que hubo que confiar en quien estaba al lado para no sentir que un paso en falso podía provocar una avalancha. Compartimos, entre personas desconocidas, fiestas y duelos, rutinas, la hora pico, la misma ciudad. Somos capaces de reconocernos contra todo mal presagio. Los roces son incómodos, tienen riesgo; es la condición de la vida en común.
Por eso también hay discursos que buscan ordenar esos cuerpos: no para que convivan mejor, sino para que no se reconozcan.
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“Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque […] también de palabras, de deseos, de recuerdos”, dice Ítalo Calvino en la introducción de su libro Las ciudades invisibles. El texto es muy anterior a la aceleración tecnológica, a la gentrificación que hace que tantas veredas y restoranes se vean igual aquí, en México DF o en Berlín; sin embargo, en la observación de lo visible y lo invisible sobre la superficie de las cosas que describe ya se dibujan las megalópolis impersonales que hoy conocemos.
Calvino va en busca del otro lado del ir y venir de las personas y sus trabajos: abre espacio a la aventura, inventa espejos y espejismos para hacer lugar a lo que se retacea en la organización comercial de las urbes: la riqueza de la vida en común, eso que en definitiva hace posible una ciudad.
“Firmé un decreto para darle fuerza legal a una política que ya aplicamos en salud: PRIORIDAD PARA LOS PORTEÑOS. Desde ahora, cada área y cada servicio del Gobierno de la Ciudad va a funcionar con ese criterio”. Es un comunicado provocador en una ciudad que sigue siendo la Capital Federal del país, por muy autónoma que se declare. Una ciudad que vive y se alimenta del tiempo y la energía vital de todas esas personas que hacen filas en las dársenas del transporte público, que no se evanecen en el aire cuando cruzan la General Paz. ¿Dónde tendrá su domicilio Lourdes, la joven que puso en palabras la desazón del infierno cotidiano que no deja vida entre viajes y trabajos?
Jorge Macri habla de “porteños de bien”, va en busca de consolidar un público para el que pertenecer —¿por derecho de domicilio?, ¿de nacimiento?— le dará el privilegio de conseguir atención médica, un puesto antes en la cola de un trámite, una vacante en un jardín maternal. Como si esos fueran privilegios y no derechos. No es un tema de jurisdicción: es un artilugio de las derechas neofascistas expandir horizontalmente el resentimiento, ofrecer chivos expiatorios para explicar lo que escasea, lo que se recorta. El problema no es que falten políticas de vivienda —por ejemplo—, el problema es que se “regalan en las villas”, como dijo en otro anuncio esta misma semana, aunque sabe que nada se regala en los barrios populares.
“Vamos a construir viviendas para familias de clase media y policías”, dice el jefe de Gobierno, separando categorías incluso en ese universo reducido. ¿Cuánta gente se pondrá en la cola para recibir ese beneficio?
No se trata sólo de ordenar el acceso: se trata de organizar la distancia entre quienes comparten la misma espera.
La última frase del libro de Calvino habla de eso que guio su impulso de observación sobre ese tejido coral y multifacético que son las ciudades. Habla de un resto de verdad que se presenta en lo cotidiano, cuando una palabra resuena como propia aun cuando no se la haya enunciado, cuando una fila se desarma y se convierte en reunión, en puesta en común. “Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”, escribe el autor y propone una tarea que se resignifica en este presente.
