La reforma laboral que el gobierno busca convertir en ley antes del próximo fin de semana viene a concluir exitosamente el proyecto de medio siglo de erosión neoliberal a la arquitectura que construyó el peronismo a partir de la década del ‘40 y que, en muchos aspectos, le dio a la Argentina esas características que, durante ese tiempo, la distinguieron, para bien, del resto de la región: una clase media robusta, movilidad social, desarrollo industrial y científico.
Pero no debemos equivocarnos: Javier Milei no rompió nada. Él sencillamente entendió que todo estaba roto, hasta las premisas más básicas del consenso que gobernó este país a partir de 1983, y decidió actuar en consecuencia, mientras el resto de la dirigencia seguía (y sigue) deambulando entre las ruinas de un sistema que ya no funciona, que nunca va a volver a funcionar, haciendo de cuenta que no pasa nada y sorprendiéndose o fingiendo sorpresa cada vez que algo falla.
1.
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Si se implementa la reforma laboral de Milei ya no habrá trabajo, sólo transacciones entre pares. Ya no habrá personas, sólo capital humano. Ya no habrá pueblo, sino insumos. Ya no habrá individuos sino unidades empresariales, emprendedores precarizados, mono-pymes compitiendo entre sí por un botín cada vez más chico, siempre insuficiente, sin redes de contención. No habrá siquiera un reconocimiento legal del hecho objetivo de la relación de trabajo.
Las implicancias de esa operación son inmensas. En primer lugar el trabajo se descolectiviza. Otros trabajadores ya no son pares, son competencia. Cuando se deshace la manada, cada individuo queda a merced del depredador. En segundo lugar se transfiere el riesgo, que ya no recae sobre el empresario sino que debe ser absorbido por un trabajador siempre a tiro de descarte. La baja de salarios privatiza las ganancias, la gratuidad del despido socializa las pérdidas.
Tercero: el trabajo como relación social tiene una dimensión temporal. Es un vínculo que se despliega en el tiempo y genera derechos acumulativos. La antigüedad se premia con beneficios, las carreras progresan, el retiro está asegurado por algún sistema de pensiones. Un contrato (en el mejor de los casos) o transacción entre pares, en cambio, es algo puntual y efímero. Esta reforma destruye el derecho de un trabajador a gozar de la estabilidad para proyectar su propia vida.
Cuarto: se pierde la idea de que el trabajo contribuye a la riqueza colectiva, o la idea misma de riqueza colectiva, y con ella cualquier derecho social que nazca de la inversión pública: la salud, la educación, la vivienda, etc se convierten también en contratos comerciales, servicios a los que se puede acceder de manera diferenciada de acuerdo a la capacidad de pago de cada cual. Eso exacerba las diferencias al interior de la sociedad, agrietando los cimientos de la noción de ciudadanía.
Finalmente, se naturaliza la desigualdad. Si la naturaleza del mercado es la competencia, y todos los “libres e iguales”, entonces los resultados sólo pueden explicarse por mérito individual. El que gana poco es porque negoció mal, eligió mal, se capacitó poco, no se esforzó lo suficiente. El que gana mucho seguro lo merece. Bajo el disfraz de la meritocracia se oculta un sistema diseñado para redistribuir la riqueza desde abajo hacia arriba sin ningún tipo de límite.
Desregular el trabajo no es “modernizar”. Es desarmar, pieza por pieza, el dique que separaba la economía neoliberal de la pura depredación, y todas las herramientas que pueden conducir una disputa al rumbo político. Si el trabajo es apenas un contrato, cualquier medida de fuerza es un incumplimiento que habilita represalias y hasta el salario pasa a ser una simple cláusula que puede “negociarse” a la baja cuando el empresario afronta pérdidas o quiera, tan sólo, aumentar su ganancia.
Repito algo que dije en diciembre, cuando se presentó por primera vez la iniciativa: la reforma de Milei no es para obreros en las fábricas, ya que no hay fábricas en el país que esta misma reforma proyecta. Tampoco es para los trabajadores mineros o hidrocarburíferos, que seguirán cobrando buenos sueldos y teniendo buenos convenios porque tienen con qué defenderlo. No es para los empleados de las PyMEs que ya estaban, en muchos casos, precarizados, y no van a dejar de estarlo.
Es una reforma que impacta en las enfermeras, las trabajadoras domésticas, los choferes, las maestras de sus hijos, los mozos que les traen el café, el rappi que les lleva los puchos abajo de la lluvia. Los que alguna vez fueron la servidumbre de esa oligarquía que ahora quiere recuperar los privilegios perdidos. Todos ellos. La reforma gira en torno a eso: despedirte cuando quieren, disponer de tus horas, decirte qué hacer cuando no trabajás: tu vida en la palma de su mano.
2.
Aunque no llegó a las noticias en la Argentina más que como información anecdótica, en las últimas semanas el mundo de la tecnología sufrió un cimbronazo equivalente al que significó la primera salida al público de chat-GPT, en noviembre de 2022, por dos novedades casi simultáneas: una nueva generación de modelos muy superiores a la anterior y la posibilidad de implementar “agentes”, IAs con mayor autonomía y capacidad no sólo de “decir” cosas sino de “hacer” cosas.
La semana pasada, en una entrevista con Financial Times, el director de IA de Microsoft, Mustafa Suleyman, advirtió que “la mayoría de los trabajos de oficina van a estar completamente automatizados en los próximos 12 o 18 meses”. El revuelo que causaron estas novedades llevaron a que se popularizaran, en muchos artículos virales, casi todos escritos con IA, algunas ideas que en la élite de Silicon Valley son parte de las conversaciones desde hace varios años.
Alex Finn armó una empresa sin empleados, usando únicamente agentes de IA que corren 24/7 investigando el mercado, construyendo productos y ejecutando tareas. En la semana publicó un artículo llamado “Se viene la clase baja permanente. Así es como debes escapar”, en el que plantea que en los próximos doce meses todas las personas caerán en uno de dos grupos: los que van a salvarse y los que no.
Así, quedará una clase baja permanente condenada a luchar por la subsistencia mínima o a esperar alguna clase de ayuda externa y una minoría ínfima de personas, una clase alta permanente, que van a gozar de todos los beneficios del dinero y la tecnología sin trabajar. Sería el final triunfante de medio siglo de neoliberalismo: un verdadero sistema de castas que garantiza la reproducción irrestricta del Capital.
En el fondo el objetivo es regresar a las condiciones originarias del capitalismo, antes de que existan no solamente derechos laborales, o sindicatos, o la misma democracia, sino siquiera la idea de que las personas nacemos iguales y dignas. El poder es exclusivo de quien tiene el Capital, cada vez más concentrado entre unos pocos que quieren impulsarse al futuro empujándonos al pasado.
3.
Más habitual es que el proceso de producción capitalista sostenga sus engranajes en movimiento a partir de la guerra. Y el mundo al que nos dirigimos en los próximos meses o años no sólo es un mundo sin trabajo sino que es un mundo en guerra.
Recordemos que a finales de 2025 Donald Trump anunció una suba en el presupuesto de defensa de un billón a un billón y medio de dólares anuales. Es la receta probada para impulsar el desarrollo: reinvertir ganancias en lugar de enriquecer desproporcionadamente a unos pocos.
4.
El viernes al mediodía en el piso 11 del edificio de la Escuela Nacional de Gendarmería explotó un paquete bomba. La Derecha Diario, órgano de propaganda y agitación del régimen, salió inmediatamente a hablar de “montoneros” y “terroristas kirchneristas”.
No conocemos los autores de ninguno de los tres atentados. No se trata de dilucidar si son infiltrados en toda regla o de grupos violentos, por ahora aislados, a quienes dejan actuar en una zona liberada para obtener la excusa que no necesitan para comenzar la represión.
Lo dijo el propio Milei, en mayo del ‘24: la gente va a hacer algo antes de morirse de hambre.
