Baja el desempleo, sube la precariedad

Los últimos datos oficiales del empleo son del tercer trimestre de 2025 y exhiben una aparente mejora en la tasa de desempleo, pero el diagnóstico de fondo es otro: cae el empleo asalariado, aumenta el cuentapropismo y sube la informalidad. Un informe interno de la Confederación Sindical Internacional advierte que el desempleo ya no mide la calidad del trabajo. Y esa es la clave: la reforma laboral de Milei no corrige los problemas estructurales: institucionaliza la precarización y debilita la protección social.

22 de febrero, 2026 | 00.05

Puede ser que estuvieran concentrados en someter a gobernadores peronistas para la aprobación de la reforma laboral. También puede ser por el creciente cuestionamiento a la credibilidad de la labor del INDEC: lo cierto es que el jueves pasado —el mismo día del debate en Diputados— se difundieron renovados datos del mercado de empleo del tercer trimestre de 2025 (el informe Encuesta Permanente de Hogares (EPH) se basa en una muestra ampliada que incluye localidades urbanas de más de 2.000 habitantes y permite estimaciones para el total nacional urbano, los 31 principales aglomerados y los totales provinciales) y no hubo una campaña de difusión oficial con esas estadísticas. El mundo libertario tenía motivos para hacerlo, pero se llamó a silencio.  

Los datos principales ya se conocían, pero el INDEC volvió a difundirlos en ese informe, como parte del dispositivo de propaganda oficial. En ese período, la tasa de actividad  –que mide la población económicamente activa (PEA) sobre el total de la población– alcanzó el 48,6%; la tasa de empleo –que mide la proporción de personas ocupadas con relación a la población total– se ubicó en 45,4%; y la tasa de desocupación –personas que no tienen ocupación, están disponibles para trabajar y buscan empleo activamente, como proporción de la PEA– se ubicó en 6,6%. 

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La tasa de subocupación resultó del 10,9% de la PEA, mientras que los otros ocupados demandantes y los otros ocupados no demandantes disponibles alcanzaron, en conjunto, el 11,3% de la PEA. Consecuentemente, la presión sobre el mercado laboral, conformada por el universo de desocupados, subocupados, ocupados demandantes y ocupados no demandantes disponibles, trepó al 28,7% de la PEA.

En la comparación interanual, el gobierno de Milei encuentra el terreno donde intenta mostrar que no existe una explosión del desempleo pese a la prolongada crisis económica y la destrucción del entramado socioproductivo (el cierre de FATE es el reciente caso más resonante). Sobre una población económicamente activa de 20,6 millones de personas, la tasa de desempleo se redujo tres décimas hasta el 6,3%. La tasa de empleo fue del 45,4% (19,3 millones) subió cuatro décimas, la subocupación bajó de 11,4% a 10,9%, y los ocupados demandantes de empleo retrocedieron de 17,6% a 16,1%. 

Fragilidad y precarización del mercado laboral 

Estos son los datos duros del mercado de empleo de la economía de Milei. El análisis cualitativo de estas cifras revela la fragilidad y precarización de las relaciones laborales, que la nueva ley aspira a consolidar. 

El crecimiento del empleo se registró en un contexto de caída de la proporción de trabajadores asalariados (de 73,1% a 71,9% de los ocupados) y, en paralelo, de aumento de la proporción de población cuenta propia (de 23,3% a 24,5% de los ocupados). A su vez, para el total de ocupados, se observó un alza de la tasa de informalidad (de 42,6% a 43,3%). 

Un reciente documento interno de la Confederación Sindical Internacional (CSI), elaborado por el economista jefe Daniel Kostzer y al que tuvo acceso El Destape, ofrece un imprescindible marco analítico para comprender la actual dinámica. El enfoque es global, pero dialoga de lleno con el caso argentino: permite identificar el acelerado deterioro del trabajo en el experimento liberal-libertario. El punto central del informe es claro: un descenso de la tasa de desempleo, en las actuales condiciones del mercado de trabajo, no significa una mejora sustancial de las condiciones del trabajador. 

Menciona que, a partir de la salida de la pandemia, se alzaron las voces desde organismos multilaterales, consultoras económicas y la ortodoxia económica en general, enfatizando que los mercados de trabajo se encuentran muy rígidos, característica que se explica por la cantidad de supuestas vacantes en relación a la cantidad de trabajadores desempleados.

“Esta caracterización no es ingenua”, indica Kostzer, puesto que el objetivo es mostrar que hay que facilitar la rotación de trabajadores, estimular la oferta de trabajo, y reducir las restricciones al desempleo. En concreto, flexibilizar y desproteger a los trabajadores. El indicador utilizado es la tasa de desempleo, que es la más baja globalmente en décadas.

Un descenso de la tasa de desempleo, en las actuales condiciones del mercado de trabajo, no significa una mejora sustancial de las condiciones del trabajador.

Empleos con inseguridades similares al desempleo

Este es uno de los argumentos de voceros oficialistas para publicitar supuestas bondades de la reforma laboral de Milei, que arrasa con históricos derechos del trabajador, crea un negocio financiero especulativo con el dinero de los jubilados para pagar indemnizaciones de empleados del sector privado, y legaliza relaciones laborales hasta hoy ilegales y clandestinas.

El reporte de la CSI explica que, durante décadas, la tasa de desempleo sirvió como el indicador principal del rendimiento del mercado laboral. El fundamento de su relevancia se basaba en un modelo o patrón de acumulación y desarrollo en el que el empleo implicaba estabilidad, conciliación regulada entre la vida laboral y personal, protección social e ingresos suficientes para mantener a los trabajadores y sus familias. Ese modelo ya no refleja la realidad de los actuales mercados laborales.

Sin embargo, ahora millones de trabajadores considerados “empleados” experimentan una inseguridad comparable al desempleo: salarios bajos, horarios inestables, relaciones laborales informales o encubiertas, falta de protección social y gestión algorítmica a través de plataformas digitales. “La expansión del trabajo precario y mediado por plataformas ha creado una brecha cada vez mayor entre las estadísticas laborales oficiales y las condiciones de trabajo reales”, afirma Kostzer, para destacar que el desempleo, aunque sigue siendo relevante, ya no es una medida independiente adecuada para evaluar la salud del mercado laboral.

Los límites del marco tradicional del desempleo

Kostzer desarrolló una precisa descripción de la modificación en el funcionamiento del mercado laboral, y hoy tener empleo no implica necesariamente una mejorar en las condiciones materiales del trabajador. Señala que, en el marco de la relación laboral estándar histórica, la tasa de desempleo funcionaba eficazmente porque el empleo en sí mismo implicaba:

  • Un contrato relativamente estable.
  • Salarios regulares y predecibles y sus ajustes.
  • Los aportes a la seguridad social.
  • Derecho a vacaciones pagadas.
  • Jornada laboral regulada.
  • Acumulación de aportes para tener una jubilación en el futuro.
  • Cobertura de la negociación colectiva.

En ese contexto, el desempleo se asemejaba a la exclusión económica. El empleo representaba seguridad económica. Afirma que “esta equivalencia se ha roto”, para apuntar que, ahora, un trabajador puede estar formalmente “empleado” y, sin embargo:

  • Ganar menos del salario mínimo.
  • Trabajar involuntariamente pocas horas.
  • Trabajar excesivas horas, muchas veces no remuneradas.
  • Carecer de protección social.
  • Experimentar volatilidad en sus ingresos.
  • Ser clasificado erróneamente como autónomo.
  • Depender del trabajo a destajo en plataformas. 

La tasa de desempleo sigue midiendo la escasez de puestos de trabajo, pero ya no refleja la calidad del empleo. “La suposición de que el empleo garantiza la seguridad económica se ha desmoronado. Ahora, un trabajador puede estar registrado como empleado y, sin embargo, ganar menos del salario mínimo, carecer de protección social o depender de trabajos temporales inestables”, concluye Kostzer.

Cambios estructurales en el empleo

Los mercados laborales han evolucionado hacia estructuras de empleo fragmentadas: contratos temporales, autoempleo dependiente, trabajo informal, subcontratación y trabajo en plataformas. Estos empleos se contabilizan estadísticamente, pero a menudo no cumplen los umbrales de trabajo decente. La Organización Internacional del Trabajo ha documentado en repetidas ocasiones la persistencia de la pobreza laboral, definida como los trabajadores que viven en hogares por debajo de los umbrales internacionales de pobreza a pesar de tener empleo. Este fenómeno demuestra que el empleo ya no es garantía de ingresos adecuados.

Las plataformas de trabajo digitales absorben a los trabajadores desplazados y reducen el desempleo medido, pero no tienen en cuenta la creciente precariedad. Las plataformas de trabajo digital funcionan como amortiguadores del mercado laboral porque absorben rápidamente a los trabajadores desplazados, reducen el desempleo visible, y convierten el desempleo en actividades esporádicas de dudosa estabilidad.

El predominio del desempleo como indicador principal tiene implicaciones políticas. Los gobiernos afirman haber tenido éxito basándose en la disminución del desempleo; se oculta el estancamiento salarial; la informalidad se normaliza; se ocultan las deficiencias en materia de protección social; se subestima tanto el subempleo como el sobreempleo; y la fragmentación laboral parece invisible.

La expansión del trabajo precario y mediado por plataformas ha creado una brecha cada vez mayor entre las estadísticas laborales oficiales y las condiciones de trabajo reales.

La reforma de Milei no soluciona nada

Con este diagnóstico, el problema del mercado laboral argentino no es la “rigidez” sino, al revés, la consolidación de un esquema que naturaliza la precariedad. La baja del desempleo, en este contexto, puede convivir —y convive— con salarios insuficientes, jornadas imprevisibles, trabajo informal, multiempleo, plataformas que fragmentan el vínculo laboral y un retroceso persistente de la protección social. El indicador que el oficialismo pretende exhibir como éxito sirve, cada vez más, para esconder un fracaso.

La reforma laboral de Milei no discute esta degradación; la institucionaliza. No ataca las causas que expulsan empleo de calidad —recesión prolongada, destrucción del entramado productivo, apertura importadora, derrumbe del salario real y parálisis de la inversión— sino que interviene sobre las consecuencias, para correr el costo de la crisis hacia el trabajador. Donde hay incertidumbre macroeconómica, responde con incertidumbre en el vínculo laboral. Donde hay caída del poder adquisitivo, responde debilitando herramientas de negociación. Donde hay informalidad estructural, responde legalizando lo que hasta ahora era ilegal.

El discurso libertario promete “más empleo” porque abarata el despido, facilita la rotación y convierte derechos en variables de ajuste. Pero, como advierte el informe de la CSI, hoy la frontera relevante no es empleo vs. desempleo, sino trabajo decente vs. trabajo inseguro. En ese mapa, la reforma laboral de Milei no crea trabajo decente. Expande la zona gris del empleo con inseguridades similares al desempleo. Multiplica al “ocupado pobre”, al monotributista forzado, al falso autónomo, al tercerizado permanente, al trabajador de plataforma que figura como emprendedor y vive como descartable.

A la vez, el andamiaje que se propone para “resolver” indemnizaciones —transformarlas en un negocio financiero que se alimenta de aportes de la seguridad social— no es modernización; es un cambio de régimen. Se socializa el riesgo empresario, se privatiza la estabilidad del trabajador y se erosiona el sentido mismo del derecho laboral como protección del eslabón débil. 

En una economía donde el Estado ya no asegura un piso de demanda, ni un plan de desarrollo, ni un horizonte de inversión, la reforma completa la escena: hace del trabajo una mercancía de baja calidad, barata y sustituible. Por eso el silencio oficial ante los datos del empleo no es casual. Festejar una tasa de desempleo relativamente baja mientras suben la informalidad y el cuentapropismo, y mientras crece la presión sobre el mercado laboral, exhibe la contradicción del relato. La reforma laboral de Milei no soluciona nada porque no se propone resolver el problema de fondo. Su objetivo es otro. Es profundizar el retroceso de las condiciones laborales, normalizar la precariedad y convertir la fragilidad del presente en regla del futuro.

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Alfredo Zaiat

Alfredo Zaiat es economista y periodista. A principios de 1983 ingresó en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, y se recibió de licenciado en economía. En los últimos dos años de su carrera (1987 y 1988) se volcó al periodismo. Simultáneamente hizo la carrera de investigación y obtuvo una beca para estudiantes relacionada con la integración entre Argentina y Brasil.

A fines de junio de 1987 ingresó a trabajar en el diario Página/12 donde ejerció como redactor, jefe de la sección «Economía» y director del suplemento económico «Cash».

En 2017 recibió el Premio Konex - Diploma al Mérito en la categoría Comunicación - Periodismo, por su trayectoria como periodista económico.