Mutaciones en la lucha de clases

El avance de las nuevas derechas no se explica sólo por una ofensiva del capital, sino por la transformación profunda del mundo del trabajo. Fragmentación, precarización e individualismo erosionaron las bases de la acción colectiva y reconfiguraron la relación de fuerzas, abriendo paso a un escenario donde la pérdida de derechos ya no genera resistencia automática, sino nuevas formas de adhesión política.

22 de febrero, 2026 | 00.05

El presente despliega un dato de época, algo que hace algunas décadas se habría caracterizado como “el triunfo abrumador de la burguesía en la lucha de clases”. Parte de este triunfo, que es de largo aliento y cuyo punto de inflexión puede ubicarse en la caída del bloque soviético en 1989, es la estigmatización del propio léxico. La “lucha de clases” no sería una simple caracterización sociológica, sino cosa de “izquierdistas”. Sin embargo, más allá de las categorías, el antagonismo entre el capital y el trabajo no sólo no desapareció, sino que recrudeció. La gran diferencia está en las formas.

Y en el longue durée, el capital, cuyo sujeto es la burguesía, le viene ganando al trabajo por varios cuerpos. En América Latina los gobiernos progresistas de comienzos de siglo pusieron una pausa. Los primeros tres gobiernos kirchneristas, sin detenerse en el problema de la sustentabilidad, llegaron a revertir la tendencia. Luego vino la reacción macrista, el interludio frentetodista condicionado por el endeudamiento y la pandemia y, finalmente, la decidida revancha del capital de la mano del mileísmo.

El cambio en la relación de fuerzas se plasma en nuevas legislaciones que asumen el retroceso de los derechos históricos de los trabajadores, tanto individuales como colectivos, como es el caso de la actual reforma en curso en el Congreso de la Nación. Lo que complejiza el presente es la falta de reacción de los más afectados, cuando no la aquiescencia expresada en el voto. Y las anomalías, como sucede en cualquier ciencia, siempre son fuente de nuevas inquisiciones.

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Lo primero que salta a la vista es algo que resulta intrínseco al funcionamiento del orden jurídico: los cambios en la legislación se producen a posteriori de las transformaciones en el orden social. Para el caso, las nuevas legislaciones laborales buscan consolidar los cambios en las relaciones de poder que ya ocurrieron primero en el mundo de la producción, transformaciones emergentes de la marcada fragmentación de uno de los contendientes en la lucha de clases, el trabajo.

Lo segundo es que no se trata sólo de un fenómeno local, sino que las transformaciones son relativas a los cambios en los modos de producción, en las transformaciones del capitalismo a escala global. Las nuevas derechas y ultraderechas se imponen en todo el planeta, no sólo en la región y el país. Llegado este punto reaparece una pregunta vieja, pero cuya respuesta va cambiando de forma: ¿Por qué la salida es por derecha?

La respuesta remite a la fragmentación de los trabajadores. La realidad de los mercados de trabajo en todo el mundo es la irrupción de la tercerización y el offshoring. No solo se globalizaron las distintas etapas que antes se integraban verticalmente en una empresa nacional, dando origen a las cadenas globales de valor que están en el centro de la globalización productiva, sino que además se tercerizaron muchas tareas que antes se hacían dentro de la misma empresa.

Los trabajadores dejaron de estar bajo un mismo techo y se dispersaron. Ya no están todos representados por un solo sindicato y ya no todos los trabajadores directos e indirectos de una empresa tienen la misma representación. Una gran empresa puede tener a la mayoría de sus trabajadores registrados, pero la firma contratada que le presta servicios puede tener a todos sus trabajadores en negro. El resultado evidente es que los intereses de los trabajadores se diversificaron y con ella también la representación.

Si en una relación de fuerzas una de las partes se debilita la otra gana. El resultado fue que los trabajadores comenzaron a perder participación en la distribución del ingreso. A la vez, los ingresos también se diferenciaron según las diversas pertenencias: gran empresa o tercerizada, trabajo formal e informal. En países como Argentina el Estado mismo es el reino de la informalidad, abundan más los contratados que las “plantas permanentes”, el otro extremo.

Una conclusión preliminar es que el progresivo deterioro de los ingresos salariales de la mayoría, la inseguridad contractual y la fragmentación son el origen probable del giro individualista de los trabajadores que se expresa en el voto mayoritario a las nuevas derechas. El modelo de ingresar de joven a una empresa y con el mismo empleo de toda la vida llegar a la edad madura con un pasar aceptable, con casa y transporte propios, no existe más. Para las mayorías el salario es apenas de subsistencia. La salida para una vida mejor dejó de ser pelear las mejoras con el sindicato, sino hacer changas en las economías de plataformas. La salida ya no se percibe colectiva, es individual.

Un caso policial acontecido esta semana lo grafica con plenitud: un oficial penitenciario fue asesinado en un intento de robo mientras trabajaba como repartidor para una plataforma. Para muchos sectores medios que tienen un vehículo y suman horas extra como transportistas se creó incluso el neologismo “uberizados”.

El punto en común que comienza a responder la pregunta inicial es que quienes ya perdieron todos los derechos no sienten el impulso natural de salir a defenderlos. Hasta puede ocurrir lo contrario: percibir a quienes todavía los conservan como privilegiados. El mileísmo captó esa realidad con precisión. Por eso todo el discurso para legitimar la pérdida de derechos se basa en los presuntos abusos de los hasta ahora “privilegiados”.

La fragmentación del mundo del trabajo también impacta en otra dimensión de la lucha de clases que se expresa en otra disputa: la cambiaria. El tipo de cambio es una variable distributiva. El capital local prefiere un tipo de cambio “recontra alto” porque incentiva las exportaciones y baja los costos internos medidos en divisas, entre ellos los del salario.

Los asalariados, en cambio, prefieren lo contrario: un tipo de cambio apreciado que aumente sus ingresos medidos en dólares. Sin embargo, no todos los asalariados pueden disfrutar del dólar barato. Aquí también entra la fragmentación. El beneficio solo alcanza a quienes tienen ingresos por encima de la canasta básica, es decir, a quienes pueden transformar ese excedente en más dólares, por ejemplo para comprar bienes de consumo y viajar por el mundo. Allí se encuentra la segunda pata de los votantes de Milei, quienes a pesar de la malaria general acceden a más dólares con su excedente.