En el peronismo, como en cualquier agrupación humana, existen rituales de pertenencia. El más conocido es cantar la marcha, pero inmediatamente le sigue citar alguna frase del “General”. Hábil conductor y gran comunicador, Perón tenía una máxima para cada situación, muchas veces adaptaciones de autores clásicos. En política, las frases de ocasión suelen ser muy útiles como muletas explicativas. Si, por ejemplo, parte de una alianza electoral está compuesta por una abrumadora cantidad de impresentables, siempre se puede recurrir a la metáfora de la bosta y el adobe. Si las disputas internas se pasan de rosca hasta niveles fratricidas, también se puede avanzar con la analogía sobre la reproducción gatuna. Pero no todas las máximas se limitaron a la ocasión, algunas funcionaron también como grandes síntesis, tanto interpretativas como doctrinarias. En sus primeros tiempos, ya desde la mítica Secretaría de Trabajo y Previsión, Perón afirmaba que “gobernar es crear trabajo”, expresión que, además de ser la inspiración tácita para cualquier proyecto de desarrollo, se convertiría en el verdadero núcleo de la doctrina justicialista. Más tarde, en sus últimos años y tras el largo exilio, el general agregaría el énfasis en que “la verdadera política es la política internacional”.
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Empezando por el final, que la “verdadera” política sea la internacional, no es solo la negación del provincialismo de la política puramente doméstica, sino la comprensión de que el curso de los acontecimientos internos siempre está fuertemente condicionado por circunstancias y poderes externos. Un ejemplo evidente fue el fin del modelo de la industrialización sustitutiva de importaciones, que no se agotó solo por dinámicas internas, como la última dictadura, sino por los cambios en las escalas productivas a escala planetaria, factores como el surgimiento de las cadenas globales de valor y los cambios en la logística del transporte. Un segundo ejemplo, todavía más evidente, lo constituyen las señales de los ciclos de precios internacionales. La economía local creció fuertemente en la primera década del siglo gracias a las revoluciones industriales asiáticas. Las políticas internas ayudaron, pero el “viento de cola” de los precios externos impactó en toda la región. El balance es que las políticas internas empujan o frenan, pero no pueden desentenderse de los factores exógenos. Comprender la política internacional significa la capacidad esencial de prever estas tendencias.
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Pensar un plan económico, entonces, no significa solamente analizar los agregados macro, como la inflación o los déficits, sino tener presente la inserción de la economía local en la global. Qué se le compra y qué se le vende al resto del mundo y con qué recursos económicos y financieros se cuenta para ello.
Pero en paralelo, que gobernar sea crear trabajo equivale a sostener que existe una manera genuina de generar ingresos para toda la población, que es creando valor, produciendo, tanto lo que se le venderá al mundo como lo que se consumirá internamente, en parte también con recursos que se le comprarán al extranjero. Crear trabajo es desarrollar la producción, pero también entraña que uno de los actores, el trabajo, se beneficia del proceso.
Como lo analizó la economía política desde su nacimiento como ciencia, la distribución del ingreso, es decir cómo se reparte el valor agregado en el momento de la producción entre el capital y el trabajo, depende de la relación de fuerzas entre los actores, por eso la economía es “política”. Pero cualquiera sea el caso, el ingreso es un flujo que se genera durante la producción. Cuanto mayor es el PIB de cualquier país, mejores tienden a ser sus indicadores de condiciones de vida. Por eso, la razón de ser de un buen gobierno es crear trabajo, aumentar la producción, desarrollar empresas y sectores. Para el justicialismo, además, el trabajo dignifica, es el gran organizador de la sociedad.
Pero como ya habrá advertido el lector, lo dicho es también una simplificación. Puede suceder que la producción aumente, pero el trabajo no, lo que indica que se produce una apropiación desigual de los ingresos entre los actores. Es la nueva paradoja de la Argentina del presente, donde el PIB crece contra viento y marea por el desarrollo de sectores intensivos en capital, como el agro, pero especialmente la energía y minería, a la vez que se destruye el mercado de trabajo, no solo porque se contrae por el fuerte aumento del desempleo, sino porque se deterioran las condiciones de los ocupados. El resultado es la caída tendencial de los salarios y del consumo, lo que afecta la demanda de todas las actividades ligadas al mercado interno, en el que destaca una caída histórica de la industria de alrededor de 8 puntos en dos años.
Salvando las distancias, y el peso genuino de los nuevos sectores dinámicos que empujan el PIB, la situación presenta reminiscencias noventistas: una desconexión entre la evolución del PIB y la creación de empleo, es decir de los tiempos en los que surgieron los movimientos sociales, que eran movimientos de trabajadores excluidos. Aquí se pueden dejar atrás las frases del político Perón y recurrir a una de la economista Joan Robinson, una post keynesiana de izquierda (todo lo que le gusta a los libertarios), quien en su obra “Filosofía de la economía” de 1962 decía que “La miseria de ser explotado por los capitalistas no es nada en comparación con la miseria de no ser explotado en absoluto.” Este es el temor de fondo que comienza a reaparecer entre los trabajadores y el que, por ahora, sostuvo la mansedumbre frente al ajuste destructivo, una mansedumbre que hasta dejó pasar sin pena ni gloria cambios regresivos en la legislación laboral. Parte del temor a “no ser explotado en absoluto” fue hasta ahora compensado por el trabajo en las economías de plataformas, las que ya comenzaron a dar muestras de saturación. El aumento del desempleo desde 5,7 a 7,5 puntos en dos años es una señal lo suficientemente potente.
Sin embargo, en sus propios términos, el modelo en curso está de parabienes, la política internacional le sonríe, la suerte lo acompaña. Los problemas de refinanciación de pasivos pueden ser menores al efecto de los mayores precios que recibirán los sectores extractivos. La persistencia de la guerra y la destrucción ya producida en la oferta energética mundial jugarán a favor de alejar la restricción externa local. Un modelo económico basado en la explotación de recursos naturales no es necesariamente “extractivista” por definición. Pero si esta explotación ocurre sin efecto multiplicador sectorial, sin desarrollo de proveedores locales, sin integración productiva, sin el desarrollo de manufacturas y servicios asociados, se trata de “extractivismo colonial” puro y duro. Su contrapartida es que no se genera trabajo, el verdadero talón de Aquiles que, hasta el presente, resultó salvado por el miedo, como decía Joan Robinson, “a la miseria de no ser explotado en absoluto”, una miseria que, como muestra la suba del desempleo, comenzó a aparecer.-
