“Escuelas desbordadas. Criar, crecer y educar en barrios populares”, es el título de un documento publicado recientemente por el Centro de Investigación y Acción Social (CIAS), en conjunto con Fundar, en el que se analizan los resultados de encuestas en barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) y entrevistas en profundidad con jóvenes, madres y trabajadores de quince escuelas en dicho territorio. Entre las conclusiones más preocupantes el texto subraya la intensificación de un problema que deja de ser meramente educativo para convertirse en estructural: una trama social que se está descomponiendo frente a instituciones que ya no pueden cumplir sus objetivos y roles elementales.
El trabajo de campo incluyó la cobertura de Kilómetro 13 (Quilmes Oeste), Villa Mitre y San Ambrosio (San Miguel), Fuerte Apache (Tres de Febrero), Ciudad Oculta y Playón de Chacarita, en la ciudad de Buenos Aires. Entre las escenas que describe se repiten, en las distintas escuelas de barrios populares, las siguientes: aulas semivacías, clases con estudiantes de edades muy dispares, múltiples interrupciones, mayor grado de conflictividad social intra y extra escolar, docentes que, mientras intentan sostener los contenidos, se encargan de acompañar situaciones de violencia, hambre o angustia, falta de perspectiva en el futuro, entre otras.
El principal indicador del estudio, que marca la línea de análisis central, es que el 42% de los jóvenes de entre 19 y 24 años encuestados abandonaron la escuela, y, entre quienes todavía asisten, el 59% está en situación de sobreedad. Además de que marca una tendencia preocupante, el informe advierte que el problema tiene una vinculación directa con el territorio, las carencias y la situación socioeconómica dado que la cifra duplica el promedio del país y quintuplica la deserción de jóvenes en hogares con mayores ingresos.
Al preguntar por las causas de la deserción, casi uno de cada tres responde que dejó de ir a la escuela para salir a trabajar; el 18% dijo que fue por un embarazo; el 11% aludió a haber quedado libre o debiendo materias; un 18% por conflictos familiares o la necesidad de realizar tareas de cuidado para ayudar a sus madres en hogares rotos y familias disfuncionales. Finalmente el 9% contestó que había dejado la escuela porque "no veía en qué le iba a servir". Luego surgen, en menor medida, otras razones como problemas de conducta y los efectos de la pandemia.
En paralelo, acerca de quienes sí permanecen dentro de las aulas, el informe presenta trayectorias profundamente desiguales y fragmentadas. Más de la mitad de los jóvenes describe su paso por la escuela en términos negativos: violencia, aburrimiento, clases discontinuas, aprendizajes insuficientes. Y lo más significativo es que, incluso entre quienes siguen asistiendo, el lazo con el aprendizaje aparece debilitado. Apenas un 40% logra sostener un proyecto de vida ligado al estudio, y el resto oscila entre la desconexión, la necesidad de trabajar o la conflictividad.
En ese contexto, como si eso fuera poco, las escuelas ya no sólo enseñan, sino que funcionan como espacios de contención cumpliendo tareas secundarias o de asistencia social como el reparto de alimentos, la intervención en conflictos familiares, detección de violencias o problemáticas de consumo, gestión de turnos médicos en un contexto atravesado por una verdadera crisis de salud mental: el 52% de los jóvenes reporta haber sufrido ansiedad; el 37% depresión; el 51% dice que la mayoría de sus amigos consume drogas; y un 15% reconoce haber atravesado situaciones de adicción.
Es decir, la escuela, funciona como lugar de contención en territorios donde la trama y el sostén se han ido quebrando. Justamente la dimensión cualitativa del texto muestra que estamos ante jóvenes que no tienen red, estan solos. Lejos de la imagen idealizada del hogar como base de la socialización, el estudio habla de “familias estalladas” que en su mayoría no logran garantizar condiciones mínimas de cuidado. En muchos casos, el sostén recae casi exclusivamente en mujeres (madres, abuelas, hermanas) que cargan con la supervivencia económica y emocional al mismo tiempo.
Deserción, desamparo y desilusión
Lo que ocurre en la escuela y se observa en las cifras de abandono, es solo la punta del iceberg de un fenómeno que hoy atraviesa a las nuevas generaciones, pero impacta sobre todo en sectores de bajos recursos: la imposibilidad de imaginar y pensar el futuro. Porque detrás de la deserción se esconde una severa pérdida de sentido y una definición sociológica de un presente que se aleja cada vez más del relato fundacional del ascenso social o el progreso. Una docente lo resume con crudeza en el informe: “los chicos no se imaginan un futuro, entienden que, estudien o no estudien, su vida va a ser la misma”.
Y acá aparece uno de los núcleos más fuertes del problema: los jóvenes valoran estudiar, quieren hacerlo, incluso proyectan llegar a la universidad. Pero esa aspiración choca contra una experiencia escolar profundamente deteriorada, “desbordada”. Si la escuela ya no ordena, no integra, ni garantiza futuro, lo que genera es un efecto simbólico devastador: si la institución que prometía movilidad e igualdad deja de cumplir esa función, lo que se rompe es la confianza en el sistema entero.
Lo que se observa es un proceso de anomia, en términos del sociólogo francés, Émile Durkheim: un momento en el que las normas que organizaban la vida social dejan de tener eficacia. Durante décadas, la escuela funcionó como una institución que ordenaba expectativas, vinculaba esfuerzo con logros, y articulaba con la comunidad educativa y los barrios. Hoy, en muchos casos, ese vínculo parece roto o a punto de romperse. No porque haya desaparecido la idea de progreso, sino porque dejó de ser verificable en la experiencia cotidiana.
Esa red, que hoy pende de un hilo, está conformada por una tríada: familia, escuela y comunidad. Por sus características, los barrios populares aparecen como espacios cada vez más segregados, con menos vínculos hacia afuera, más aislamiento y, en muchos casos, atravesados por economías ilegales que organizan la vida cotidiana y disputan sentidos, normas y jerarquías. La retirada del estado permite en esos ámbitos el avance del narcotráfico que se convierte en una suerte de Estado paralelo y organizador social, económico y territorial. Hoy los narcos son quienes ofrecen proyectos de vida y acceso a capital, a cambio de su dignidad, su libertad, su integridad física y su futuro.
Los jóvenes enfrentan carencias económicas, falta de oportunidades, en medio de una progresiva desconexión de las instituciones que históricamente estructuraban la vida social: familia, escuela, territorio. Cuando esas tres dimensiones fallan al mismo tiempo, lo que queda es el vacío y una gestión cotidiana de la supervivencia. Loïc Wacquant explica en su libro Los condenados de la ciudad (2007) el concepto de marginalidad avanzada que considera al mismo tiempo la posición de los sujetos con respecto al mercado del trabajo y su posición en el contexto socio-espacial del cual provienen: no basta con hablar de pobreza, sino de una forma de relegación social donde se combinan segregación territorial, debilitamiento de las instituciones y pérdida de vínculos con el mercado de trabajo formal. Además para el autor dicha condición de marginalidad no está afuera, sino adentro del sistema, y su presencia está destinada a prolongarse en el futuro.
Escuela en modo bombero
Está claro que el informe analiza un problema que excede lo educativo y expone las desigualdades crecientes, los recursos insuficientes y el deterioro constante de la situación de los docentes que realizan su tarea pedagógica colapsados. La descomposición social no es un proceso visible a simple vista. Por el contrario suele ser lento, silencioso y sostenido en el tiempo. Ocurre cuando las instituciones dejan sus funciones y sentidos, y la experiencia cotidiana desmiente sistemáticamente las promesas que esas instituciones sostienen.
El informe del CIAS y Fundar lo describen haciendo foco en la escuela, que siempre fue la principal institución del territorio, y hoy absorbe funciones como espacio de cuidado, asistencia alimentaria y de salud, detección de abusos y regulación de conflictos. Por eso el texto dice que operan en “modo bombero”, respondiendo a urgencias constantes sin los recursos necesarios. El problema es que por la sobrecarga y la falta de una estructura para dar respuestas integrales, no puede cumplir bien ninguna función, lo que produce un efecto paradojal: cuanto más intenta contener, más se debilita su capacidad de enseñar.
Uno de los temas que más debería preocupar en términos sociales y políticos es el de la ruptura en el ideal de posibilidad de progreso o ascenso social que fue durante décadas el paradigma ordenador del derecho a la educación. El documento señala en ese sentido que los jóvenes ya no perciben que estudiar pueda mejorar o cambiar su vida. La deserción, más allá de cada contexto particular, es un hecho social y funciona como síntoma visible de un proceso más profundo de descomposición que debería ser atendido de forma urgente por la política pública, sobre todo en proyectos políticos que basan sus programas en el paradigma de la justicia social, más aún en medio de un contexto de profundización del ajuste de la inversión pública.
Observamos, al mismo tiempo y cada vez a más velocidad, el colapso de instituciones centrales en la trama social como la familia, la escuela, la comunidad, o el Estado que dejan de funcionar como una red de articulación y contención. No solo la escuela está desbordada, también las familias que no pueden acompañar la crianza de los hijos con el tiempo, la dedicación y los recursos necesarios. Como sostiene el documento “el largo proceso de desinversión social que debilitó estas tramas deja sin base a la narrativa igualitaria de una comunidad con oportunidades donde todos —incluso los sectores más postergados— pueden progresar: quienes crecen en las tramas precarizadas de los barrios populares no logran acumular el capital familiar, escolar y social necesario para sostener sus aspiraciones de mejora”.
Entonces, ¿qué hacen los jóvenes frente a ese escenario?
El cuadro antes descripto muestra una transformación estructural de las trayectorias educativas y del modelo de inclusión social, que pone en juego la relación entre las nuevas generaciones y la idea misma de futuro. Ese imaginario casi cultural de que, con esfuerzo, cada generación iba a vivir mejor que la anterior si bien no desapareció, dejó de ser creíble y ya no interpela. El dato es contundente: apenas un 40% de los jóvenes sigue sosteniendo la narrativa tradicional de ascenso social, y aun así lo hace con dudas profundas sobre si realmente podrá lograrlo. Otro 20% reduce sus expectativas a la mera supervivencia cotidiana, y un 40% directamente abandona cualquier proyección para vivir en el presente, sin horizonte.
El informe entonces, sugiere entre líneas, que ya no estamos frente a una población que reclama inclusión desde la expectativa de derechos, sino frente a generaciones que directamente no esperan nada del Estado ni del sistema. En ese punto, la desigualdad deja de ser sólo material y se vuelve subjetiva: no es sólo lo que falta, es lo que ya no se imagina posible. La pregunta, entonces, no es sólo cómo mejorar la escuela o generar empleo sino cómo reconstruir una narrativa de futuro que permita diseñar un proyecto individual posible y una sociedad compartida.
