De la insolvencia a la bancarrota: advierten sobre una emergencia hídrica global

Un informe de Naciones Unidas afirma de que el mal uso del agua ya no tiene vuelta atrás y es una amenaza mundial; según especialistas locales, en la Argentina todavía estaríamos lejos de esa situación 

21 de enero, 2026 | 00.05

En el mundo económico, una empresa insolvente puede gestionar o revertir su condición financiera, pero cuando se declara en quiebra ya no puede afrontar los pagos. En el naturaleza pareciera estar ocurriendo algo similar. Se viene hablando desde hace tiempo del “estrés” hídrico y la “crisis del agua"; sin embargo, un nuevo informe del Instituto del Agua, Medio Ambiente y Salud (INWEH, por sus siglas en inglés) de la Organización de las Naciones Unidas, advirtió este martes que, en materia de recursos hídricos, el mundo ya se precipitó en la “bancarrota”; es decir, que la pérdida es imposible de recuperar y que esos términos ya no son adecuados para describir la realidad actual porque el planeta cruzó un umbral crítico. A diferencia de una crisis, que alude a un evento temporal y reversible, la bancarrota hídrica representa un daño acumulado que socavó la capacidad de recuperación de los sistemas naturales.

El informe sobre bancarrota hídrica

De acuerdo con este informe, en los últimos 50 años el globo perdió aproximadamente 410 millones de hectáreas de humedales, una superficie equivalente a toda la Unión Europea. La desaparición de estos servicios ecosistémicos cuesta más de cinco mil millones de dólares anuales, aproximadamente el equivalente al PBI anual combinado de unos 135 de los países más pobres del planeta. 

Casi tres cuartas partes de la población mundial vive en países con inseguridad hídrica. Alrededor de 2.200 millones de personas aún carecen de agua potable gestionada de forma segura, 3.500 millones no disponen de saneamiento y unos 4.000 millones experimentan grave escasez de agua durante al menos un mes al año.

Y si se tiene en cuenta el agua superficial, el panorama es igualmente desalentador. Alrededor del 70% de los principales acuíferos del mundo muestran tendencias de descenso a largo plazo. Desde los años noventa, más de la mitad de los grandes lagos perdieron volumen, y la criosfera (la parte congelada del sistema terrestre, nuestra "caja de ahorro" de agua) redujo su masa glaciar en más de un 30% desde 1970. Por el calentamiento, varias cordilleras de latitudes bajas y medias corren el riesgo de perder estos ríos helados en décadas, socavando la seguridad a largo plazo de cientos de millones de personas que dependen de ríos alimentados por glaciares y deshielo para agua potable, riego y energía hidroeléctrica.

Kaveh Madani, director de INWEH, subrayó en un comunicado que "este informe establece una verdad incómoda: muchas regiones están viviendo por encima de sus medios hidrológicos y muchos sistemas críticos de agua están ya en bancarrota".

Uno de los puntos más alarmantes del informe es su evaluación de las aguas subterráneas, que hoy sostienen el 50% del uso doméstico global y el 40% del riego. El 70% de los acuíferos más importantes del mundo muestran tendencias de descenso a largo plazo. Esta extracción excesiva está provocando que la tierra literalmente se hunda. Más de seis millones de kilómetros cuadrados de superficie terrestre presentan hundimientos significativos. En algunas regiones, el suelo desciende hasta 25 centímetros por año, lo que reduce de forma permanente la capacidad de almacenamiento de los acuíferos y aumenta el riesgo de inundaciones catastróficas.

La escasez ya no derivaría de la mala suerte meteorológica, sino que sería resultado de la acción humana: sobreasignación de derechos de agua, deforestación y contaminación.

Sin embargo, Esteban Jobbágy, director del Grupo de Estudios Ambientales del Instituto de Matemática Aplicada de la Universidad Nacional de San Luis, especialista en ecología y agronomía que estudia la dinámica del agua y su relación con el uso del suelo en la llanura argentina, aclara que en la Argentina no se puede decir para nada que estamos en “bancarrota hídrica”. “Sí, hay muchas alertas amarillas a las que le tenemos que prestar atención para actuar sobre cosas que se pueden solucionar”, aclara. 

Entre otros ejemplos menciona el Río de la Plata, fuente de agua del AMBA. “Históricamente, si bien tiene contaminación, se lo trata en las plantas, pero hace poco por primera vez hubo floraciones de algas que dan mal olor al agua y que pueden ser peligrosas –explica–. Hasta donde sabemos, eso fue una combinación de la bajante, los incendios y cada vez más contaminación por la agricultura. Probablemente, con el tiempo eso va a ocurrir con más frecuencia. Tendríamos que actuar antes e ir mejorando la calidad del agua de toda la cuenca con un mayor cuidado de los vertidos agrícolas. Tendríamos que aprender de las crisis. Otro caso es el consumo de agua subterránea en San Juan, el más seco de los grandes oasis cordilleranos. Están empezando a tener problemas y habría que mejorar la eficiencia en el uso del agua y reducir el consumo desmedido de acuíferos subterrános. Deberíamos prepararnos para una menor contribución de los glaciares e incluso de nieve a los ríos cordilleranos. Tenemos que adaptar nuestros sistemas de cultivo y consumir menos agua”.

Inundaciones en la llanura chacopampeana

De acuerdo con el científico, la mayoría de los problemas que tenemos tienen que ver con una historia de abundancia. “Si no queremos aprender sufriendo, tendríamos que aprender del sufrimiento de otros –concluye–.  En ese sentido, este reporte es útil porque muestra lo que sucede en lugares donde ‘la película’ está mucho más avanzada”. 

Curiosamente, subraya Jobbágy, hay zonas que tienen problemas exactamente opuestos a los que menciona el informe: está sobrando más agua que antes como resultado de un sistema agrícola que no riega y que usa menos exhaustivamente el agua de lluvia. Eso provoca inundaciones e incluso salinización de suelos. En un estudio que lideró y se publicó en Science, el investigador y su grupo pudieron establecer un vínculo de causalidad entre la expansión de la frontera agrícola de la llanura chacopampeana y el aumento de las zonas inundables dentro de esta misma planicie.

En nuestro caso, “no compartiría la narrativa de la bancarrota –afirma–.  Nuestros problemas a veces son bastante propios de la rareza de Sudamérica y de la Argentina: población relativamente escasa, agroexportación y una sociedad muy urbanizada respecto de otros continentes. Tenemos que entenderlos mejor y hacer nuestros propios análisis para ser más robustos ante los cambios que vienen. Y disfrutar de la dotación de agua bastante única que tiene el continente y el país”.