“Mamá es la piedra fundamental”, afirmó Luz, una de las fundadoras del restaurante “Las Argibay”. Tras la restauración de una casona de 1920, dos hermanas y su madre, Encarnación “Ñatta” Pascual, abrieron un restaurante de campo donde reciben a los comensales como si fuera su propia casa. Con recetas tradicionales hechas con ingredientes producidos por sus mismos vecinos, abren sus puertas cada fin de semana.
Luz y María pasaron toda su infancia en Villa Lía, pero por la falta de universidades cercanas se vieron obligadas a mudarse a la Ciudad de Buenos Aires. “Todos los fines de semana venía con los libros al pueblo, no me quedaba en Buenos Aires ni loca”, contó Luz y entre risas, aclaró: “Igual los traía a pasear, porque acá no estudiaba nada”. La intensidad de CABA en contraste con la tranquilidad de su hogar siempre las hacía querer volver.
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Una casona antigua terminó de convencerlas para quedarse definitivamente en Villa Lía y abrir su propio restaurante. El resto de las ideas fluyó fácilmente: harían recetas tradicionales con la producción del mismo barrio. Las piezas encajaron solas: Luz había hecho un máster en turismo rural sostenible sin imaginar que algún día lo aplicaría en su propio barrio. “Nuestro lema era hacer algo comunitario, algo en lo que el pueblo pudiera integrarse”, sostuvo una de sus fundadoras. La carta se basa en la producción local: los chacinados, huevos y pollos son de sus propios vecinos.
La estrella del salón es Ñatta. A sus 87 años atiende las mesas y emocionada, les cuenta la historia de su barrio, de la casa y de su propia familia. Oriunda de Villa Lía, se dedicó toda su vida a ser docente rural. “Ella recorría 15 kilómetros a caballo para ir a la escuela. Es muy conocida en el pueblo, fue maestra de la mayoría”, recordó su hija. Más allá de la cocina, la calidez con la que recibe a cada visitante “hace la diferencia”, señaló Luz y agregó: “Tratamos de que sea como si vinieran a visitarnos a casa, desde la atención hasta la comida”.
Pero devolver a la vida a una casona de 1920 no fue sencillo. “Lo más difícil fue decidir mantener y restaurar lo que estaba, porque hubiera sido mucho más sencillo y económico tirar todo abajo y construir algo nuevo”, contó Luz. Y convencida, remarcó: “No fue una decisión fácil, pero creo que fue la acertada”. La casona, ubicada frente a la plaza, tuvo otras vidas antes de esta. Los vecinos más antiguos la recuerdan como la carnicería del pueblo, aunque también fue panadería y verdulería.
Las aberturas originales, de un verde "como las puertas del Cabildo" según Luz, coinciden con el tono de la casa de Villa Lía donde sus abuelos se instalaron al llegar de España. Con detalles como las capelinas de postre típicas de las casas de los abuelos, una araña antigua en el salón y el techo original, construyeron un ambiente que oscila entre la historia de la casona y el presente de la vida de Villa Lía.
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Pronto tuvieron que hacer frente a otra realidad: faltaba que los turistas conocieran “Las Argibay”. Cuando el negocio avanzaba con lentitud, las hermanas se preguntaron si no tendrían que cambiar la estrategia. En esos momentos, el apoyo de su mamá fue crucial: “Ella siempre nos dijo que no nos rindamos, que lo importante es tener el norte y saber lo que queríamos. Que íbamos por el buen camino”, evocó Luz y sumó: “A su edad, es un motorcito”.
Hoy están llenos todos los fines de semana y feriados. Abren solo al mediodía y recomiendan reservar.
“Quien nos visita se sorprende por la calidad de vida que tenemos”, mencionó Luz Argibay, quien vivió ese asombro de cerca: tenía 42 años cuando decidió volver, en plena pandemia del Covid-19. A ella misma le pasaba de vivir a las corridas con tacos en microcentro y los fines de semana, cambiar la rutina para disfrutar del pasto, su casa, la familia y sus amigos. “Volví a disfrutar de la verdadera vida”, aseguró. Más allá del contacto con la naturaleza y de contar con buenos niveles de seguridad e internet de alta velocidad, son un pueblo organizado. La cooperativa de Villa Lía gestiona los servicios públicos y, desde hace 87 años, cuentan con su propio cuartel de bomberos voluntarios, por lo que no dependen de las ciudades cercanas.
La unión del pueblo es parte del éxito de “Las Argibay”. Si bien en la apertura del restaurante había muchas dudas y expectativas, enseguida los vecinos las acompañaron. Les llevan zapallos, limones o huevos que les sobran de sus propios patios y las dueñas los compran para hacer recetas de temporada. Este proyecto propio se fue convirtiendo, de a poco, en algo de todos.
Esta familia se ganó un lugar en el corazón de Villa Lía. Una de sus vecinas tiene orquídeas que solo dan dos flores por año y una de ellas está siempre destinada al restaurante. “Ella está feliz de ver tantos autos y saber que algo cambió en el pueblo”, comentó Luz conmovida y enfatizó: “En comunidad se vive distinto”.
