¿Qué vuelve con la identificación de un desaparecido? ¿Qué se restituye cuando un nombre encuentra, al fin, un resto? ¿Puede la confirmación de la muerte ser también un momento de alegría?
Hipólito Atilio Valverde —Atilio— tiene 50 años. Hijo de Eduardo Jorge Valverde, abogado, militante peronista, secuestrado y desaparecido en Córdoba en 1976, acaba de recibir la confirmación que durante décadas fue apenas una certeza construida con indicios, testimonios y fallos judiciales: su padre fue identificado por el Equipo Argentino de Antropología Forense entre los restos hallados en La Perla, el mayor centro clandestino de detención, tortura y exterminio del interior del país.
Atilio hizo su vida con esa ausencia. Trabaja en el Poder Judicial desde hace veinte años, es dirigente gremial de Judiciales, escribe, actúa, canta. Tiene tres hijos —uno de ellos, Dante Manuel, de cinco años, con autismo— y acaba de estrenar una obra de teatro en La Perla, sin saber todavía que ese mismo espacio iba a devolverle, de otro modo, a su padre.
Lo que sigue es una conversación atravesada por esa pregunta inicial, pero también por algo más persistente: cómo se vive cuando la memoria no es sólo pasado sino práctica cotidiana que desafía a un presente político tan opresivo.
—Contame un poco de vos, para ubicarte hoy.
—Soy Hipólito Atilio Valverde. Tengo 50 años, mañana cumplo 51. Tengo tres hijos: María Dolores, de 28, y Dante Manuel, de 5, que además tiene autismo, así que es un desafío enorme. Trabajo en la justicia hace veinte años.
Estoy muy metido en el gremio judicial en Córdoba, desde hace mucho tiempo: a veces en conducción, a veces en oposición, casi siempre como delegado. Y hago cosas artísticas todo el tiempo: canto, hago teatro, escribo.
Justamente ayer presentamos una obra en La Perla.
—¿Eso ya estaba pautado antes de la identificación de tu papá?
—Sí, completamente. Yo tenía la obra y la ofrecí, y me dijeron que había un recorrido en La Perla el 17 de marzo. Coincidía con mi cumpleaños.
Fui a hacer pruebas de sonido y fue muy fuerte: la música reverberaba, quedaba como un espectro. Hice una broma —tengo humor negro— y dije: “Voy a pasar el segundo cumpleaños con mi viejo”. Y bueno… pasó.
Fueron 48 horas muy intensas. Mi hijo empezando las clases, terapias (el más chico tiene autismo), un homenaje a mi madre por su lucha en Derechos Humanos, y en ese contexto anuncian las identificaciones de La Perla.
—¿Cómo te enteraste?
—Primero me puse contento por las otras familias. Siempre hay una alegría ahí: alguien encuentra un poco de alivio. A las horas me llama mi vieja. Antes de que diga nada, le digo: “Ya sé”. Y me dice: “Mañana, al juzgado federal”.
Nos notificaron que el EAAF había hecho un match entre el banco genético y restos que pertenecían a mi padre.
—¿Vos estabas esperando esa posibilidad?
—No especialmente. Sabía que existía, pero las probabilidades son bajísimas. Que justo aparezca un resto, que justo coincida, que justo lo identifiquen en los primeros análisis… es muy remoto.
Nosotros tuvimos otros momentos de cierre: los juicios, la verdad jurídica. Mi madre peleó incluso por la presunción de muerte, que después fue ley. Estuvimos años en un limbo, también jurídico. Entonces no era una espera activa, pero tampoco lo negaba.
—Contame quién era tu papá.
—Era abogado, militante peronista. Había sido secretario técnico en el gobierno de Obregón Cano y Atilio López en Córdoba. Mi nombre viene de ahí: me iban a poner Atilio por López, pero después quedó Hipólito Atilio, porque los padres de mi papá eran radicales. Así que tengo una mezcla importante.
Mis viejos militaban en el peronismo, venían del movimiento estudiantil, del centro de estudiantes, de la FUP. Tenían vínculos con distintas organizaciones revolucionarias, pero no eran parte orgánica de ninguna.
—¿Cómo fue el secuestro?
—Lo fueron a buscar a mi casa, en barrio Alberdi, el 27 de abril de 1976. No estaba. Amenazaron con llevarse a todos si no se presentaba. Entonces él fue, con dos abogados, a un puesto que había cerca del Hospital Aeronáutico. Ahí lo secuestra el Ejército.
Hay indicios de que estuvo en Campo de la Ribera, pero lo seguro es que estuvo en La Perla. Hay testimonios muy fuertes: lo torturaban y le pedían el “nombre de guerra”, y él respondía: “Eduardo Jorge Valverde, abogado”.
—¿Qué te pasó a vos con la identificación? ¿Hay algo que vuelve con esa certeza de, al menos, el lugar donde lo mataron?
—Es un cierre, puede ser, una certeza, sí. Si antes era 99%, ahora es 100.
Sentí alivio. Y una sensación muy rara, como de estar flotando durante días. Era demasiado todo junto: la obra, el homenaje a mi madre, la noticia.
Y también alegría, sí. Alegría por todos los que buscan, por los antropólogos, por las familias.
—¿Se sabe qué restos se recuperaron?
—No nos lo dijeron. Puede ser algo mínimo: una falange, un molar. El análisis es destructivo, a veces no queda nada.
Pero yo no tengo una relación tan fuerte con el objeto. Aprendí a relacionarme con mi viejo desde otro lugar: las anécdotas, lo vivido.
Tengo, por ejemplo, su carnet del club Universitario. Eso para mí es más valioso.
—Decías algo muy fuerte: que La Perla no es tu lugar con él.
—Claro. Para mí La Perla es un matadero. No es un lugar significativo en ese sentido. Mi lugar es donde lo secuestran. Ahí ahora hay una plaza, y yo fui con mis hijos, la hicimos propia. Ese es el lugar donde se quiebra el orden institucional.
Porque morir nos vamos a morir todos. Pero eso es otra cosa: cuando el Estado, que tiene que protegerte, te desaparece; entonces no quedan resguardos, estás a la intemperie.
—¿Qué te pasa con el presente político?
—Por eso es la alegría también. Es decir: hasta la tierra les está exigiendo en la cara Memoria, Verdad y Justicia. Esto se planta frente al negacionismo. Podrán intentar agredir, pero ya lo hicieron de las peores formas.
Hay que seguir estando. Yo siempre estuve: marchas, causas, lo que haga falta. Nunca desde un partido, siempre medio outsider, pero del lado de los derechos humanos.
—¿Hablás con tu papá como hacemos tantos y tantas hijos e hijas de desaparecidos?
—Está presente. Pero también es una carga, en el buen sentido: ¿cómo estar a la altura? Como en Rescatando al soldado Ryan a veces pido: “decime que valió la pena”.
Entonces trato de hacer lo que puedo: estar para otros, pensar que nadie se salva solo, sostener lo colectivo. Ahora, con la identificación, lo que vuelve es la posibilidad de seguir. Porque la memoria no es algo que se cierra: es algo que se hace todos los días.
