El fin del trabajo

La reforma laboral que impulsa el gobierno no sólo redefine las reglas del trabajo: propone desarmar el pacto social construido desde mediados del siglo XX y acelerar una mutación más profunda. Entre precarización, automatización y guerra, se consolida un nuevo orden donde el mercado reemplaza a la ciudadanía y la desigualdad deja de ser una falla para convertirse en norma.

22 de febrero, 2026 | 00.05

La reforma laboral que el gobierno busca convertir en ley antes del próximo fin de semana viene a concluir exitosamente el proyecto de medio siglo de erosión neoliberal a la arquitectura que construyó el peronismo a partir de la década del ‘40 y que, en muchos aspectos, le dio a la Argentina esas características que, durante ese tiempo, la distinguieron, para bien, del resto de la región: una clase media robusta, movilidad social, desarrollo industrial y científico.

Pero no debemos equivocarnos: Javier Milei no rompió nada. Él sencillamente entendió que todo estaba roto, hasta las premisas más básicas del consenso que gobernó este país a partir de 1983, y decidió actuar en consecuencia, mientras el resto de la dirigencia seguía (y sigue) deambulando entre las ruinas de un sistema que ya no funciona, que nunca va a volver a funcionar, haciendo de cuenta que no pasa nada y sorprendiéndose o fingiendo sorpresa cada vez que algo falla.

1.

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Si se implementa la reforma laboral de Milei ya no habrá trabajo, sólo transacciones entre pares. Ya no habrá personas, sólo capital humano. Ya no habrá pueblo, sino insumos. Ya no habrá individuos sino unidades empresariales, emprendedores precarizados, mono-pymes compitiendo entre sí por un botín cada vez más chico, siempre insuficiente, sin redes de contención. No habrá siquiera un reconocimiento legal del hecho objetivo de la relación de trabajo.

Las implicancias de esa operación son inmensas. En primer lugar el trabajo se descolectiviza. Otros trabajadores ya no son pares, son competencia. Cuando se deshace la manada, cada individuo queda a merced del depredador. En segundo lugar se transfiere el riesgo, que ya no recae sobre el empresario sino que debe ser absorbido por un trabajador siempre a tiro de descarte. La baja de salarios privatiza las ganancias, la gratuidad del despido socializa las pérdidas.

Tercero: el trabajo como relación social tiene una dimensión temporal. Es un vínculo que se despliega en el tiempo y genera derechos acumulativos. La antigüedad se premia con beneficios, las carreras progresan, el retiro está asegurado por algún sistema de pensiones. Un contrato (en el mejor de los casos) o transacción entre pares, en cambio, es algo puntual y efímero. Esta reforma destruye el derecho de un trabajador a gozar de la estabilidad para proyectar su propia vida.

Cuarto: se pierde la idea de que el trabajo contribuye a la riqueza colectiva, o la idea misma de riqueza colectiva, y con ella cualquier derecho social que nazca de la inversión pública: la salud, la educación, la vivienda, etc se convierten también en contratos comerciales, servicios a los que se puede acceder de manera diferenciada de acuerdo a la capacidad de pago de cada cual. Eso exacerba las diferencias al interior de la sociedad, agrietando los cimientos de la noción de ciudadanía.

Finalmente, se naturaliza la desigualdad. Si la naturaleza del mercado es la competencia, y todos los “libres e iguales”, entonces los resultados sólo pueden explicarse por mérito individual. El que gana poco es porque negoció mal, eligió mal, se capacitó poco, no se esforzó lo suficiente. El que gana mucho seguro lo merece. Bajo el disfraz de la meritocracia se oculta un sistema diseñado para redistribuir la riqueza desde abajo hacia arriba sin ningún tipo de límite.

Desregular el trabajo no es “modernizar”. Es desarmar, pieza por pieza, el dique que separaba la economía neoliberal de la pura depredación, y todas las herramientas que pueden conducir una disputa al rumbo político. Si el trabajo es apenas un contrato, cualquier medida de fuerza es un incumplimiento que habilita represalias y hasta el salario pasa a ser una simple cláusula que puede “negociarse” a la baja cuando el empresario afronta pérdidas o quiera, tan sólo, aumentar su ganancia.

Repito algo que dije en diciembre, cuando se presentó por primera vez la iniciativa: la reforma de Milei no es para obreros en las fábricas, ya que no hay fábricas en el país que esta misma reforma proyecta. Tampoco es para los trabajadores mineros o hidrocarburíferos, que seguirán cobrando buenos sueldos y teniendo buenos convenios porque tienen con qué defenderlo. No es para los empleados de las PyMEs que ya estaban, en muchos casos, precarizados, y no van a dejar de estarlo.

Es una reforma que impacta en las enfermeras, las trabajadoras domésticas, los choferes, las maestras de sus hijos, los mozos que les traen el café, el rappi que les lleva los puchos abajo de la lluvia. Los que alguna vez fueron la servidumbre de esa oligarquía que ahora quiere recuperar los privilegios perdidos. Todos ellos. La reforma gira en torno a eso: despedirte cuando quieren, disponer de tus horas, decirte qué hacer cuando no trabajás: tu vida en la palma de su mano.

2.

Aunque no llegó a las noticias en la Argentina más que como información anecdótica, en las últimas semanas el mundo de la tecnología sufrió un cimbronazo equivalente al que significó la primera salida al público de chat-GPT, en noviembre de 2022, por dos novedades casi simultáneas: una nueva generación de modelos muy superiores a la anterior y la posibilidad de implementar “agentes”, IAs con mayor autonomía y capacidad no sólo de “decir” cosas sino de “hacer” cosas.

La semana pasada, en una entrevista con Financial Times, el director de IA de Microsoft, Mustafa Suleyman, advirtió que “la mayoría de los trabajos de oficina van a estar completamente automatizados en los próximos 12 o 18 meses”. El revuelo que causaron estas novedades llevaron a que se popularizaran, en muchos artículos virales, casi todos escritos con IA, algunas ideas que en la élite de Silicon Valley son parte de las conversaciones desde hace varios años.

Alex Finn armó una empresa sin empleados, usando únicamente agentes de IA que corren 24/7 investigando el mercado, construyendo productos y ejecutando tareas. En la semana publicó un artículo llamado “Se viene la clase baja permanente. Así es como debes escapar”, en el que plantea que en los próximos doce meses todas las personas caerán en uno de dos grupos: los que van a salvarse y los que no.

¿Quiénes se salvan? Los que tienen plata. ¿Cómo hacer plata? Usando la IA ahora que todavía es accesible. Finn cree que pronto van a pasar dos cosas: que los precios de las herramientas de IA más potentes serán inalcanzables para la mayoría y que esas herramientas van a reemplazar a casi todos los trabajos, de forma tal que no habrá otras formas de hacer dinero y la movilidad social, que hace muchos años dejó de ser un caudal para ser un goteo, ahora finalmente desaparecerá.

Así, quedará una clase baja permanente condenada a luchar por la subsistencia mínima o a esperar alguna clase de ayuda externa y una minoría ínfima de personas, una clase alta permanente, que van a gozar de todos los beneficios del dinero y la tecnología sin trabajar. Sería el final triunfante de medio siglo de neoliberalismo: un verdadero sistema de castas que garantiza la reproducción irrestricta del Capital.

En el fondo el objetivo es regresar a las condiciones originarias del capitalismo, antes de que existan no solamente derechos laborales, o sindicatos, o la misma democracia, sino siquiera la idea de que las personas nacemos iguales y dignas. El poder es exclusivo de quien tiene el Capital, cada vez más concentrado entre unos pocos que quieren impulsarse al futuro empujándonos al pasado.

3.

El capitalismo no siempre sostuvo su anquilosada maquinaria, ese hardware de alcance planetario que llamamos “la economía real”, sobre los hombros del consumo masivo. Los millones de personas que murieron durante las dos guerras mundiales, por poner un ejemplo, nunca vieron algo así, y quizás ni siquiera llegaron a imaginar esa idea. Las generaciones anteriores, desde los hombres de las cavernas hasta la belle epoque, tampoco.

Más habitual, en cambio, es que el proceso de producción capitalista sostenga sus engranajes en movimiento a partir de la guerra. Los países en guerra no necesitan consumidores porque el principal demandante de todo pasa a ser el Estado, que financia ese esfuerzo con deuda, impuestos o expropiaciones. Y el mundo al que nos dirigimos en los próximos meses o años no sólo es un mundo sin trabajo sino que es un mundo en guerra.

En este momento Estados Unidos tiene su mayor concentración de recursos militares en Medio Oriente desde la invasión a Irak de 2003. Las negociaciones con las autoridades iraníes, en Ginebra, no están diseñadas para avanzar sino para ganar un tiempo que todos los involucrados (Washington, Teherán, Tel Aviv) parecen necesitar antes de que las cosas empiecen a salirse de control. Se incrementó, en simultáneo, la colaboración de Rusia y de China con la República Islámica.

Recordemos que a finales de 2025 Donald Trump anunció una suba en el presupuesto de defensa de un billón a un billón y medio de dólares anuales, e intervino la industria de la Defensa para obligar a todas las compañías a interrumpir el pago de dividendos, el aumento de los salarios de los directivos y la asignación de bonos. Es la receta probada para impulsar el desarrollo: reinvertir ganancias en lugar de enriquecer desproporcionadamente a unos pocos.

Esta semana, en la reunión del Coso de la Paz, Trump exhibió a sus aliados para la guerra: de los 23 países presentes, más de la mitad (13) son países islámicos, del mundo árabe, de Medio Oriente y/o de Asia Menor, dentro de las zonas de influencia iraní: Bahrein, Marruecos, Azerbaiyán, Indonesia, Jordania, Kazajstán, Pakistán, Egipto, Qatar, Arabia Saudita, Turquía, los Emiratos Árabes Unidos y Uzbekistán. Con esa compañía promete defender los valores occidentales.

4.

El viernes al mediodía en el piso 11 del edificio de la Escuela Nacional de Gendarmería, a cinco cuadras de la Casa Rosada, explotó un paquete bomba. Cuatro agentes sufrieron heridas sin gravedad. La Derecha Diario, órgano de propaganda y agitación del régimen, salió inmediatamente a hablar de “montoneros” y “terroristas kirchneristas”. De acuerdo a la versión oficial, estaba allí desde hace cuatro meses, lo que coincide con los días previos a las elecciones legislativas. 

El 8 de agosto de 2017, a pocos días de las primarias que precedieron a otras elecciones legislativas, un artefacto de características muy similares estalló en las oficinas de Indra, la empresa a cargo del recuento de votos. Dos empleados sufrieron heridas sin gravedad. En un primer momento, en la recta final antes del domingo electoral, los medios hablaron de un sospechoso vinculado al peronismo, pero finalmente la investigación nunca avanzó y el caso quedó irresuelto.

Las sospechas adquieren otro color cuando se incorpora un tercer caso, con el mismo modus operandi. El 4 de septiembre de 2024 estalló otro paquete bomba de fabricación precaria en la oficina del titular de la Sociedad Rural, Nicolás Pino. No hubo heridos de gravedad. El atentado tuvo lugar antes de que el Congreso rechazara un DNU para darle a la SIDE más de 100 mil millones de pesos y lo usaron los libertarios en el recinto para argumentar a favor de esa partida.

En ese caso el acusado por unas horas, mientras duró la operación, fue un militante vegano. El caso, nuevamente, se cerró sin certezas. No conocemos los autores de ninguno de los tres atentados (Patricia Bullrich era ministra de Seguridad en dos casos, en el último el cargo lo ocupa su mano derecha, Alejandra Monteoliva), de la misma manera que no sabemos quiénes arrojaron molotovs hace diez días, o quién prendió fuego un móvil de Cadena 3 hace dos años.

No se trata de dilucidar si se trata de infiltrados en toda regla o de grupos violentos, por ahora aislados, a quienes dejan actuar en una zona liberada para obtener la excusa que no necesitan para comenzar la represión. En la medida en que el gobierno siga abusando de su fortuna y la oposición lo deje jugar al solitario, la radicalización de una parte de la sociedad es inevitable. Lo dijo el propio Milei, en mayo del ‘24: la gente va a hacer algo antes de morirse de hambre.

MÁS INFO
Nicolás Lantos

Nací en 1983 y viví casi toda mi vida en la ciudad de Buenos Aires, donde nunca voté a un candidato ganador. Trabajo como periodista desde 2005 en diarios, revistas, publicaciones digitales, radio y tevé, aunque más de una vez estuve a punto de dejar todo y ponerme a atender un bar. Especializado en análisis político nacional e internacional, cubrí desde la primera línea tres campañas presidenciales en Argentina (2011, 2015, 2019) y una en los Estados Unidos (2016). Antes de sumarme a El Destape y a lo largo de quince años de carrera colaboré en medios y plataformas locales e internacionales, entre los que se destacan Página 12, Radio Nacional, América TV, revista Los Inrockuptibles, Rock & Pop, Radio América, Posta, Yahoo Argentina, Vice News (España) y La Diaria (Uruguay).

Highlights:
1) Hice que Reutemann “se recontrameta en el culo” su candidatura presidencial en 2009,
2) predije el triunfo de Trump,
3) una vez Chávez me dijo que me parecía al Che.

Mi apellido se pronuncia como se lee. Soy hincha de Boca. Toco en una banda que se llama Krupoviesa.