Cada 24 de abril, miles de personas caminamos por Buenos Aires, desde la Facultad de Derecho de la UBA hasta la residencia del embajador turco. Pasan los autos y nos miran. Muchos se enojan porque el tránsito se demora pero pocos entienden que nuestra lucha, nuestro pedido de Justicia y Reparación, es también su lucha. Porque si el genocidio armenio se hubiera reconocido y reparado, no hubiera existido posiblemente el holocausto judío ni estaríamos viendo las aberraciones que vemos hoy en el mundo y que poco entienden de derecho internacional.
Este año se cumplen 111 años del genocidio armenio perpetrado por el Estado turco entre 1915 y 1923. Alrededor de un millón y medio de armenios fueron asesinados. El pueblo armenio perdió cerca de tres cuartas partes de su territorio histórico. Y, sin embargo, más de un siglo después, somos diez millones de descendientes repartidos en los cinco continentes. No es un dato estadístico: es una respuesta política. Como decía el Poeta William Saroyan: “Cuando dos armenios se encuentren en cualquier parte del mundo, verán si no crean una nueva Armenia”.
Porque un genocidio no termina con los asesinatos. Continúa cuando se cambian los nombres de las ciudades, se demuelen las iglesias, se niegan los hechos y se borra el rastro de la historia. La negación —como supimos desde siempre los nietos de sobrevivientes— no es una opinión más dentro del debate histórico: es la última etapa del crimen, la que se ocupa de quienes quedaron.
Este contenido se hizo gracias al apoyo de la comunidad de El Destape. Sumate. Sigamos haciendo historia.
Hay algo particular en haber crecido como argentina descendiente de armenios en este país. Una se acostumbra temprano a una gramática que en otras lugares llega tarde, o no llega nunca. Memoria, verdad y justicia no son para nosotros un lema vacío: son la única manera que encontramos de seguir. Nacimos cargando un genocidio en nuestra memoria y crecimos en una sociedad que había elegido nombrar el suyo. Hijos, Abuelas, Nunca Más.
De ese diálogo salió, entre otras cosas, una comunidad armenio-argentina que no se limitó a mirar hacia su madre patria. Aportó. En la medicina, en el arte, en el periodismo, en la política, en el comercio, en los gremios. Aportó hijos con apellidos impronunciables a todas las causas argentinas, incluida la búsqueda de los desaparecidos y la defensa del Estado de derecho. Nuestra historia no es solo de dolor: es también de reconstrucción y de aporte. La diáspora armenia es la prueba viva de que, incluso después del horror, se puede construir.
Pero desgraciadamente nosotros no tenemos el lujo de la nostalgia.
Entre 2020 y 2023, Azerbaiyán, con el respaldo activo de Turquía, llevó adelante una limpieza étnica en Artsaj (Nagorno Karabaj). Más de 120.000 armenios fueron expulsados de sus hogares, los monumentos fueron destruidos, las iglesias profanadas, y hombres armenios siguen hoy presos y torturados en cárceles de Bakú, esperando que el mundo recuerde que existen. Esto no es una historia centenaria, esto es hoy. Y el mundo, en buena medida, vuelve a mirar para otro lado. Porque cuando el mundo mira para otro lado, no solo olvida: legitima.
En paralelo, en Argentina crecen —con formas nuevas pero con la misma mecánica de siempre— discursos que relativizan crímenes de Estado, que discuten cifras de desaparecidos, que ponen entre comillas la palabra “dictadura”. Algunos de esos discursos hablan incluso desde el poder. No es un problema identitario ni un reclamo sectorial de la comunidad armenia. Si hay algo que aprendimos con el paso de los años es que ninguna sociedad está inmunizada contra el negacionismo. Cuando se discute si un crimen existió, se erosiona la posibilidad de evitar que se repita.
Los nietos del genocidio sabemos una cosa que vale la pena compartir: el olvido no es un accidente del paso del tiempo, es una decisión política. Y el recuerdo tampoco. Por eso la memoria, para nosotros, nunca fue un gesto conmemorativo. Es una herramienta de futuro, una forma de cuidar a los que vienen. Estar atentos hoy es construir una sociedad más justa para mañana.
Este 24 de abril volveremos a marchar desde la Facultad de Derecho. Iremos con nuestros hijos, que preguntan por qué caminamos y que merecen una respuesta. La respuesta es más sencilla de lo que parece: caminamos para que la historia no se repita, ni en armenia ni en ninguna parte del mundo y para que la justicia y la reparación, lleguen.
Sobrevivir, en el fondo, fue apenas el principio. Lo que hicimos después —esta comunidad, esta memoria, este país que elegimos y que nos eligió— es seguir contestando, todos los días, al negacionismo.
