Marzo de 2026 se inscribe como un nuevo capítulo en la larga historia de la resistencia cubana, pero también como una evidencia descarnada de una política de violencia imperial contra más de 12 millones de personas. En pocos días se han acumulado amenazas explícitas, contactos de chantaje diplomático, medidas coercitivas unilaterales “primarias” y “secundarias”, y una crisis energética que impacta directamente sobre las condiciones materiales de la vida en la isla.
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Lejos de tratarse de hechos aislados, estos elementos configuran un dispositivo de castigo colectivo que, por su carácter deliberado y por las condiciones de existencia que impone, puede ser interpretado a la luz del artículo II de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio (1948), que tipifica como tal la “imposición deliberada de condiciones de vida que hayan de acarrear la destrucción física, total o parcial, de un grupo humano”. En este marco, las preguntas sobre Cuba ya no son sólo por la persistencia de esta política inhumana, sino por la responsabilidad de una “comunidad internacional” que continúa tolerando, y en algunos casos legitimando, un régimen de coerción que vulnera principios elementales del derecho internacional.
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El 16 de marzo de 2026, el presidente estadounidense Donald Trump declaró desde la Casa Blanca que “tomar Cuba sería un gran honor” y que podría hacer “lo que quisiera” con la isla. No se trató de una frase aislada. Días antes, el 7 de marzo, en la Cumbre Escudo de las Américas en Miami, ya había afirmado que un acuerdo con Cuba sería “fácil”, en una intervención en la que involucró directamente a su secretario de Estado, Marco Rubio. Estas declaraciones condensan una lógica que combina amenaza y negociación, presión y oportunismo.
La respuesta cubana fue inmediata. El 18 de marzo, el presidente Miguel Díaz-Canel denunció públicamente que Estados Unidos “amenaza casi a diario con derrocar por la fuerza el orden constitucional” y calificó la política hacia la isla como una “feroz guerra económica”. Ese mismo día, el canciller Bruno Rodríguez reforzó la denuncia al hablar de un “castigo colectivo” contra el pueblo cubano, asegurando que ninguna agresión quebrará la soberanía nacional.
Sin embargo, en medio de la escalada, el 13 de marzo Díaz-Canel confirmó la existencia de conversaciones “recientes y discretas” entre ambos países. El objetivo, explicó, es identificar problemas bilaterales, medir la voluntad política de avanzar en soluciones y explorar áreas de cooperación. Cuba, insistió, participa bajo principios de igualdad, reciprocidad y respeto al derecho internacional. La paradoja es evidente: diálogo diplomático en paralelo a una intensificación de las amenazas, en una política del chantaje, la amenaza, y hasta la coacción directa.
Ese mismo 13 de marzo, en Washington, los senadores demócratas Tim Kaine, Adam Schiff y Rubén Gallego presentaron una resolución para impedir una acción militar contra Cuba sin autorización del Congreso, evidenciando que incluso dentro de EEUU existen tensiones frente a la deriva de la política exterior.
La asfixia: Castigo colectivo, acción imperial genocida
Pero donde el conflicto se vuelve más tangible es en la economía. Durante marzo de 2026, el recrudecimiento del bloqueo —particularmente en su dimensión energética— ha generado una crisis de gran escala. El veto a los suministros de petróleo, agravado tras cambios geopolíticos en la región, ha dejado a Cuba con severas limitaciones para sostener su sistema eléctrico.
El 16 de marzo se produjo una desconexión total del Sistema Electroenergético Nacional. Días después, el 17, apenas se había logrado restablecer parcialmente el servicio en La Habana, con el 9,1% de los clientes reconectados. Las consecuencias son profundas: apagones prolongados, caída de la producción, dificultades en el transporte y afectaciones directas a servicios esenciales.
El impacto sanitario es especialmente grave. El 9 de marzo, el ministro de Salud Pública, José Ángel Portal, informó que el bloqueo energético afecta la logística hospitalaria y ha llevado a postergar cirugías. La lista de espera asciende a 96.387 pacientes, incluidos más de 11.000 menores de edad.
El gobierno cubano ha desplegado múltiples estrategias para contener la crisis. En el corto plazo, ha priorizado acuerdos de emergencia para garantizar combustible, como el arribo el 13 de marzo de buques de la Armada de México con más de 1.200 toneladas de ayuda. En paralelo, se ejecutan reparaciones intensivas en centrales termoeléctricas clave como Antonio Guiteras y Felton.
A mediano y largo plazo, Cuba acelera un cambio estructural en su matriz energética. Durante marzo avanzó la instalación de parques solares con apoyo de China, con la meta de alcanzar 1.000 MW de generación fotovoltaica. Solo en estos días se sumaron nuevos parques y sistemas de almacenamiento, junto a miles de equipos donados para centros vitales.
Mientras tanto, el escenario diplomático regional se ha convertido en un instrumento más de coerción. El 6 de marzo, Cuba cerró oficialmente su embajada en Quito tras la expulsión de su personal diplomático por parte del gobierno de Daniel Noboa, una decisión que La Habana calificó como “hostil” y subordinada a intereses estadounidenses. A esto se suman tensiones en otros países, como la finalización de acuerdos médicos en Honduras y Jamaica, también bajo presión de Washington y la reciente interrupción, por parte de Costa Rica, de las relaciones diplomáticas.
Este aislamiento se construye no solo en el plano institucional, sino también en el simbólico. En redes sociales proliferan campañas que presentan a Cuba como un “Estado fallido”, amplificando protestas—como las registradas en Morón por los apagones— pero muchas veces descontextualizando sus causas. El propio Díaz-Canel reconoció el 15 de marzo el malestar legítimo de la población, pero denunció intentos de manipulación externa y desestabilización. El término “Estado Fallido” fue utilizado por el propio Donald Trump para referirse a la Isla y desviar el foco de la política de asfixia que sostiene hacia la Revolución.
Cuba: Ejemplo de humanidad
Los medios de comunicación invisibilizan sistemáticamente la dimensión internacionalista de Cuba. Es, incluso, su señal de humanidad.
El accionar internacionalista impulsado por Fidel Castro en África, por ejemplo, constituyó uno de los golpes más decisivos contra el colonialismo europeo. A través de la “Operación Carlota”, Cuba desplegó una fuerza sin precedentes: cerca de 450.000 cubanos -entre soldados, médicos, maestros e ingenieros- pasaron por Angola durante más de una década, y hasta 50.000 efectivos estuvieron en combate directo. Esta presencia no sólo permitió la derrota de las fuerzas apoyadas por EEUU y el régimen angoleño adicto a los bóeres sudafricanos, sino que alteró todo el equilibrio estratégico regional: la derrota sudafricana en batallas clave como Cuito Cuanavale abrió el camino para los acuerdos de 1988 que garantizaron la independencia de Namibia y marcaron el inicio del fin del apartheid. En este sentido, la Sudáfrica dominada por la minoría blanca boer, cabeza de playa de los intereses imperiales en el África, fue militar y políticamente contenida por una alianza entre fuerzas africanas y el internacionalismo cubano, acelerando el colapso de todo el orden colonial que ya no podía sostenerse.
A pesar de la asfixia que vino con la primera administración trumpista (2016-2019) y el contexto de la Pandemia Mundial del Covid-19, el país mantiene -o ha mantenido hasta fechas recientes- brigadas médicas que han realizado millones de consultas en países como Honduras, y continúa prestando servicios en lugares como Calabria, Italia, donde cerca de 400 profesionales cubanos sostienen el sistema sanitario regional desde 2022.
Esa política solidaria encuentra eco en múltiples expresiones de apoyo internacional. El 17 de marzo partió desde Roma un convoy europeo con cinco toneladas de medicamentos destinados a hospitales cubanos, acompañado por parlamentarios y organizaciones sindicales. Ese mismo día, España anunció un paquete de ayuda para 5.000 personas, mientras que Rusia y China reiteraron su respaldo político frente al bloqueo. Se esperan por estos días la llegada de más ayuda humanitaria, impulsada por la internacional progresista.
Las muestras de solidaridad también emergen desde los pueblos: donaciones desde Canadá, campañas en Venezuela, movilizaciones en Grecia y España, e incluso el llamado del expresidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, quien el 15 de marzo convocó a una colecta en apoyo a Cuba denunciando un intento de “exterminio” económico.
En diez días deberá llegar a la isla un cargamento de combustible ruso. El buque Anatoly Kolodkin que transporta 730.000 barriles de petróleo, está incluido en la lista de embarcaciones sancionadas por Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido. El Sea Horse, por su parte, navega bajo bandera de Hong Kong, con 200.000 barriles de diésel ruso hacia Cuba.
Mientras, organismos como la ONU, intenta mediar para facilitar el envío de combustible con fines humanitarios, reconociendo implícitamente la gravedad de la situación. Año a año, desde la ONU, una mayoría indiscutible de países, menos Estados Unidos, Israel y recientemente Argentina y Paraguay entre unios pocos más, se expresan en rechazo al bloqueo económico hacia Cuba.
¿Por qué el mundo tolera lo que Estados Unidos hace con Cuba?
La respuesta no se encuentra únicamente en la correlación de fuerzas global, sino también en la construcción de un sentido común que naturaliza el castigo colectivo cuando se dirige contra proyectos políticos disidentes. Se exageran los errores, se silencian las causas, se invisibilizan las resistencias.
Sin embargo, incluso en este escenario adverso, Cuba sigue siendo un símbolo incómodo. No por su perfección, sino por su persistencia. Porque en medio de una crisis civilizatoria marcada por la desigualdad, la competencia y la exclusión, insiste -con aciertos y contradicciones- en sostener una idea distinta de humanidad.
En otros términos, Cuba pone en juego algo más profundo: la vigencia de un horizonte humanista. Ese que alguna vez impulsó a una isla a que era posible un mundo donde todas y todos podamos vivir con dignidad, no como una utopía absurda, sino como una necesidad histórica.
