Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Cuba vuelve a convertirse en un punto de fricción internacional. La decisión de endurecer su política hacia La Habana, designándola como “amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional” para la mayor potencia global, no solo suena desproporcionada, sino que también vuelve a tocar la partitura de la Doctrina Monroe que coloca a los gobiernos regionales ante una disyuntiva incómoda: alinearse con Washington o sostener vínculos con la isla en un contexto de creciente competencia con Rusia y China. Mientras la Casa Blanca evalúa imponer aranceles a países que comercien petróleo con la isla, el impacto ya se siente en la economía cubana, dependiente de divisas escasas y alianzas estratégicas frágiles. Cubanos que hablaron con El Destape apelan a la resistencia histórica, mientras que otras voces críticas piden una negociación.
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La orden ejecutiva por la que Trump declaró en enero pasado una emergencia nacional frente a Cuba y acusa a su gobierno de “desestabilizar la región” así como de mantener vínculos con Irán, Hamás y Hezbolá puso a la isla bajo máxima presión. Después de haber secuestrado al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de subrogarse la potestad de administrar el petróleo de Caracas, a través de la presidenta encargada Delcy Rodriguez, Trump juró no enviar ni una gota de combustible a La Habana.
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Y mientras intenta dividir el mundo en esfera de influencias, dejándose el patio trasero para sí, las presiones funcionan. Hasta el México de Claudia Sheinbaum cedió a la presión de Estados Unidos; suspendió los envíos de crudo y solo mandó dos buques con ayuda humanitaria y ofreció ser una suerte de puente aéreo para las aerolíneas. En tanto, el -por ahora- tenue respaldo de aliados como Rusia y China, que dicen no querer ir a una escalada con Washington, no logra aminorar el creciente malestar social por el aumento del costo de la vida.
La crisis energética agrava el aislamiento de la isla
Más allá de la retórica, las decisiones de Washington tienen un efecto concreto: disuadir a terceros países de vender petróleo a la isla bajo amenaza de imponerles mayores aranceles. El sistema energético cubano pasa a ser una suerte de asunto de seguridad nacional para la potencia norteamericana.
Esta decisión desencadenó la suspensión de vuelos internacionales, la evacuación de turistas, más cortes de energía para los cubanos, entre otros efectos que marcan un punto de inflexión en la ya delicada situación de la isla.
Desde el martes, los aeropuertos cubanos se quedaron sin combustible comercial y varias aerolíneas canadienses —Air Canada, Air Transat y WestJet— suspendieron sus vuelos a Cuba esta semana. Esto es otro golpe para el turismo, que es una de las principales fuentes de dólares y otras divisas del país. Además, la Agencia Federal del Transporte Aéreo de Rusia anunció que sacaría a los turistas rusos de la isla, y otras aerolíneas ya avisaron que también cancelarán sus operaciones. Mientras, el gobierno alemán recomienda no viajar a Cuba si no es realmente necesario.
Ante este panorama, la ONU dijo a principios de febrero que Cuba está al borde de un “colapso” humanitario por el intento de Washington de bloquear el petróleo que llegaba a la isla, principalmente desde Venezuela, que había sido su principal proveedor.
La imagen de aeropuertos sin combustible simboliza un problema más profundo: la dificultad de garantizar energía para sostener no solo el turismo, sino también la infraestructura hídrica, el transporte y la producción.
The Economist dijo esta semana que fuentes del Gobierno de Estados Unidos estaban evaluando el envío de combustible en pequeñas cantidades; gas para cocinar y diesel para garantizar la provisión de agua. La revista británica dijo que de esta forma el secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, busca seguir manteniendo su influencia sobre la tierra de sus padres, decisivo para los potenciales votantes si decide suceder a su líder republicano.
Entre la celebración y el temor a un estallido social
En La Habana, la crisis se vive con sentimientos encontrados. Llanisca Lugo, que integra el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, dijo a El Destape que el momento que están viviendo es una profundización de un conflicto histórico. “Hace más de 60 años hay un bloqueo que cerca la isla, pero no ha logrado aislarla”, afirmó.
La investigadora considera que el deterioro de las restricciones energéticas obliga a redoblar el camino elegido por su país. “En estos días en que se recrudece ese cerco especialmente con combustible necesario para la producción, el bombeo de agua, el transporte, la vida de cubanas y cubanos, se puede ver lo que se ha despertado en el mundo, un amor sincero por Cuba. Creo que Cuba tiene que profundizar lo que viene impulsando en términos de soberanía alimentaria y transición energética”, comentó.
Entre las alternativas que buscan los cubanos están las reservas de carbón, los vehículos -principalmente motos- eléctricos y los paneles solares, que ampliaron su presencia a partir de facilidades de importación y que según el gobierno alcanzó niveles de generación record la última semana.
Sayonara Tamayo, coordinadora de Solidaridad Internacional del Centro Martin Luther King, vive en el barrio de Marianao, en La Habana. “De gente humilde y trabajadora”, según describió a El Destape y donde dijo que “hay muchas carencias materiales”. Para ella el decreto de Trump con las restricciones para Cuba “es absolutamente ridículo e inconsistente” y “una nueva arma del genocidio que ellos llaman ‘embargo’, y que durante más de sesenta años ha dificultado la vida plena de los cubanos y el desarrollo del proyecto de justicia social de la Revolución socialista cubana”.
Tamayo detalló los “efectos directos y más crueles” de la medida de Trump “sobre los sectores más vulnerables”. Si bien aclaró que el gobierno tomó medidas urgentes de protección a los servicios básicos y las personas con mayores necesidades, las afectaciones son profundas y se manifiestan en la vida cotidiana de la gente.
“En algunos territorios los apagones, que ya eran largos, sobrepasan las veinte horas, hay dificultades con el abastecimiento de agua, paralización del transporte público, suspensión de las clases en la enseñanza superior, dificultades para el traslado y distribución de productos de primera necesidad, afectaciones en algunos servicios de salud, problemas para nuestra potente industria farmacéutica. Los alimentos se han encarecido y la falta de combustibles impacta negativamente en la producción agrícola. El panorama es muy difícil. Así que estas no son medidas contra el gobierno, son medidas de alcance masivo contra todo un país”, estimó.
Sin embargo, Tamayo describió una escena de esta semana, con jóvenes bailando en una peña cultural, porque “en Cuba la gente quiere celebrar la vida, y van a seguir los encuentros entre amigos, las presentaciones de trovadores y músicos en sitios de esparcimiento, y la gente va a seguir trabajando ahora en modalidad semipresencial para varios espacios”. A pesar de lo que describió como un “momento muy complejo” y que hay cosas “por mejorar”, se mostró segura en que el “debate y el protagonismo popular van a profundizar” la “capacidad de estar unidos” de los cubanos.
En contraste, Manuel Cuesta, activista residente en el barrio popular habanero de Alamar, describió el ambiente de creciente tensión social en diálogo con El Destape. “Todo se encarece. Lo que costaba 150 pesos ahora cuesta 300, sin posibilidad de buscar alternativas”, relató.
“Eso pone una dificultad tremenda. Sumado a la presión del gobierno que anda con un nerviosismo de Estado, con demasiado pánico, afrontando una presión para la que obviamente no estaba preparado, sobre todo por las condiciones internas del país, la incapacidad de afrontar y de enfrentar el desafío y cómo ese nerviosismo le lleva a recrudecer la represión”, comentó.
Para Cuesta, existe entre los cubanos una combinación de “temor de que haya un estallido social que ponga en tensión las pocas posibilidades que tiene el país para salir adelante” con “esperanza”.
Días atrás dijo que fue detenido durante varias horas cuando intentó ir a una recepción en la embajada estadounidense en Cuba y habló de “vigilancia permanente”. Y señaló que el temor a un estallido social convive con la esperanza de una negociación con el gobierno de Trump. “Debe haber diálogo. La presión no puede derivar en un daño mayor del que ya vive el país”, dijo y agregó que cualquier salida debería incluir a los cubanos de dentro y fuera de la isla.
Un tablero externo e interno en movimiento
Esta coyuntura coloca a Cuba en el centro de un pulso geopolítico donde el suministro de energía se convirtió en pieza estratégica. Mientras Washington endurece su postura y advierte a potenciales proveedores de crudo, Moscú y Beijing dicen respaldar al Gobierno que aún se reivindica comunista. Pero no queda claro hasta dónde están dispuestos a embarrarse.
Dimitri Peskov, el vocero del Kremlin, dijo esta semana que no quieren una escalada con Estados Unidos y evitó “hablar en público” de si Vladimir Putin enviará crudo a la isla. “Estamos en contacto con los amigos cubanos y tratamos las variantes para ayudarles”, afirmó. Sin embargo, fuentes diplomáticas rusas señalaron que se prevé el envío “en breve” de petróleo y productos petroleros a la isla “en calidad de ayuda humanitaria”. La última entrega de crudo ruso —100.000 toneladas— se hizo en febrero de 2025 por orden del presidente Vladimir Putin. En la misma línea que Moscú, el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Lin Jian, dijo que China “apoya firmemente a Cuba en la defensa de su soberanía y seguridad nacionales, y se opone a la injerencia extranjera”, además de que busca dar apoyo a la isla. Pero fue igual de vago cuando le repreguntaron por qué tipo de ayuda concreta van a enviar a La Habana.
En la región, además de Sheinbaum otros gobiernos como el de Lula da Silva en Brasil y el -ya de salida- de Gabriel Boric en Chile solo hablan de ayuda humanitaria. Todos parecen temer al garrote que empuña Trump.
En el plano interno, el presidente cubano Miguel Diaz Canel y sus funcionarios han dado señales a Washington de estar abiertos al diálogo, pero siempre aclararon que no aceptan condicionalidades previas.
“Yo creo que va a haber una negociación al final, de hecho debe haber una negociación. Por lo pronto se abrió el camino, a pesar de la retórica pública de ambos gobiernos, al mismo tiempo se explora un camino de negociación y creo que ese es el camino que debe imponerse. Buscar negociación, buscar diálogo, entendimiento en estas nuevas circunstancias”, dijo Cuesta, quien además, “pese a la presión” de EE. UU., consideró que no hay “mucha animosidad” entre los cubanos hacia Washington.
Tamayo dijo que confía, en cambio, en “la resistencia del pueblo” a la vez que estima que “la diplomacia cubana tiene gran prestigio a nivel internacional y ha obtenido muchas victorias” y tiene “capacidad para dialogar, articular e influir”.
En tanto, Lugo insistió con profundizar el camino cubano. “Debemos salir en la dirección que decidimos como pueblo, con las cosas por mejorar y completar. La experiencia se acumula y la gente siempre lucha por vivir, por crear, por su alegría. No sé borra tan fácil el dibujo imperfecto de la pequeña isla que diseñó con otros colores su pedacito de tierra”.
A pesar de los apagones, la escasez y las sanciones, los cubanos siguen adaptándose y buscando formas de mantener su vida cotidiana. Y mientras los socios históricos de Cuba hacen cálculos para evitar ser objeto de las sanciones de Washington, Trump sigue marcando el pulso geopolítico en la región.
