¿Se puede mediante la imagen recuperar una corporalidad pérdida?
En el libro La manzana de Cézanne, de D. H. Lawrence, recientemente publicado por la editorial Cactus, el escritor inglés postula un problema que la sociedad acarrea desde la época victoriana: la subjetividad del hombre desligada de su propio cuerpo.
Con un conjunto de ensayos de prosa vivaz y vocación provocadora construye una genealogía de este desprendimiento perceptivo, de la razón contra la materialidad de la propia existencia, y coloca el inicio del problema en la época victoriana. "Shakespeare ya está enfermo de miedo, miedo a las consecuencias (...) Lo que apareció en la conciencia moderna del norte a fines del siglo XVI fue el terror, casi un espanto a la vida sexual".
El terror a las consecuencias, lo rastrea y vincula a la irrupción de la sífilis en las familias de la nobleza. El deterioro de los cuerpos, rostros, dientes que se caían con la contracción de la "buba": "Las familias reales de Inglaterra y Escocia eran sifilíticas, Eduardo VI e Isabel nacieron con la herencia de la enfermedad . Eduardo VI murió a causa de la sífilis cuando todavía era un niño. Isabel no tenía cejas y se le arruinaron los dientes. Pobrecita. La buba entró en la sangre de la nación, particularmente de las clases altas, que tenían más probabilidades de infectarse -por ser la clase que comerciaba con Oriente y América y por estar en contacto con las colonias inglesas en África-. Y después de haber entrado en la sangre entró en la consciencia, y afectó la imaginación vital”.
Esta afección de la salud se transformaría con el tiempo en una genealogía de la moral. "No cabe duda de que todo esto se produce en el desarrollo de la consciencia "mental-espiritual" a expensas de la consciencia instintiva-intuitiva. El hombre llegó a tener su propio cuerpo en el espanto y así empezó a suprimir con todas su fuerza su consciencia instintiva-intuitiva", recapitula Lawrence y con esto ancla su crítica a la despotenciación de la vida en post de un ideal puritano.
El terror moldea los cuerpos por generaciones. Se transmite en los actos, en los cuidados, en los miedos que se enseñan no siempre de forma consciente. Los cuerpos paralizados por el miedo se reflejan en la cultura y en las obras de arte. Lawrece se apoya en las obras de los pintores para ejemplificar el miedo que inhibe a la sociedad inglesa -y posteriormente a la estadounidense-. "El elemento de terror-espanto le asestó un golpe a nuestro sentimiento de comunión física. De hecho, casi lo aniquiló. Nos hemos convertido en seres ideales, criaturas que existen en la idea, los unos para los otros, en vez de en un parentesco de carne y hueso. Tenemos miedo de los instintos. Tenemos miedo de la intuición que llevamos dentro. Ahora nos conocemos como entidades ideales o sociales o políticas, sin carne, sin sangre, frías. Estamos intuitivamente muertos los unos para los otros, nos enfriamos."
Es en este estado desmaterializado de la realidad que encuentra al pintor francés Paul Cézanne, y en él la punta de un ovillo resensibilizante: "El hecho es que en Cézanne el arte francés moderno dio su primer pasito hacia la sustancia real. La tierra de Van Gogh todavía era una tierra subjetiva, era él mismo que se proyectaba en la tierra. Pero las manzanas de Cézanne son un intento real de dejar que las manzanas existan en su propia entidad separada, sin transfundirles emoción personal. Es como si el gran esfuerzo de Cézanne hubiera sido sacarse de encima la manzana y dejarla que viva por sí misma. Parece una cosa pequeña: no obstante, es el primer signo real que el hombre haya dado en varios miles de años de que está dispuesto a admitir que la materia existe realmente”.
Con ritmo y modismos inquietantemente actuales, D.H. Lawrence despliega un análisis semiótico de la obra del pintor francés para rescatar el labor del artista en torno a la aversión al cliché, a las formas repetidas y comunes en el imaginario visual, y cómo ese rechazo se convirtió en una brújula para encontrar un modo del pintar con carnadura propia, como una materia viva y radiante que reclama su derecho a existir por sí sola.
Las naturalezas muertas, los bodegones y particularmente las manzanas de Cézanne son para Lawrence el resultado de la lucha de una vida que logra abrirse camino y con eso una apelación al desorden, el desacato que implica salir de las formas comunes, de los puritanismos y de los clichés.
"Parece poco y murió amargado. Pero lo que cuenta es el primer paso, y la manzana de Cézanne es algo sumamente importante. Más que La Idea de Platón"
