La historia de Jonathan, la tortuga gigante de Seychelles reconocida como el animal terrestre vivo más antiguo del mundo, parece salida de una novela histórica. A sus 192 años, cuenta con una vida que se remonta a 1832 -cuando todavía no existía la fotografía moderna y reinaba Guillermo IV en el Reino Unido- y desde entonces ha sido testigo silencioso de casi dos siglos de transformaciones políticas, tecnológicas y culturales.
Jonathan pertenece a la especie Aldabrachelys gigantea, originaria del atolón de Aldabra, en el océano Índico. Se cree que fue llevado a la isla de Santa Elena en 1882 como regalo para el entonces gobernador británico del territorio. En aquella época ya era un ejemplar adulto, lo que permitió estimar su fecha aproximada de nacimiento. Desde entonces, la residencia del gobernador -Plantation House- se convirtió en su hogar permanente.
A lo largo de su vida, Jonathan ha “convivido” con 31 gobernadores de la isla y ha sobrevivido a acontecimientos tan dispares como la invención del teléfono, dos guerras mundiales, la llegada del hombre a la Luna y la revolución digital. Cuando nació, aún vivían personas que habían conocido a Napoleón Bonaparte, quien había muerto en Santa Elena apenas once años antes, en 1821. Ese dato ilustra la magnitud temporal de su existencia.
El secreto de la longevidad
En 2022, el récord de Jonathan fue oficialmente reconocido por Guinness World Records, que lo certificó como la tortuga más longeva jamás registrada. Ese mismo año celebró simbólicamente sus 190 años, aunque su edad real podría ser incluso mayor. Las celebraciones incluyeron sellos conmemorativos y actos oficiales en la isla, donde es considerado un auténtico tesoro nacional.
Con el paso del tiempo, Jonathan perdió la vista y el olfato se debilitó considerablemente, pero mantiene un buen estado general de salud. Sus cuidadores le proporcionan una dieta especial rica en frutas y verduras frescas, adaptada a sus necesidades. A pesar de su avanzada edad, conserva el apetito y suele disfrutar especialmente de bananas, lechuga y manzanas. También mantiene vínculos con otras tortugas gigantes que viven en la residencia, como David, Emma y Fred.
La longevidad de Jonathan se explica en parte por las características biológicas de su especie. Las tortugas gigantes tienen metabolismos lentos y una gran resistencia física, lo que contribuye a su larga esperanza de vida. Además, el entorno relativamente estable y protegido de Santa Elena, sin depredadores naturales y con cuidados constantes, ha sido clave para su supervivencia.
