No hace mucho, la bioquímica argentina Raquel Chan, investigadora del Conicet y profesora de la Universidad Nacional del Litoral internacionalmente reconocida por haber liderado un grupo de investigación que descubrió en el girasol un gen que aumenta su tolerancia a la sequía, recibió una llamada telefónica de alguien que le hablaba en inglés. Quedó estupefacta. “Pensé que era un hacker –cuenta–. Justo me había tomado unos días para quedarme en casa trabajando y me sorprendió a tal punto que pensaba: ¿de qué me está hablando? ¿Cómo sabe esta persona que soy científica? Terminé pidiéndole que me enviara todo por escrito”. No era para menos: la comunicación era para anunciarle que un jurado del máximo nivel la había elegido como una de las cinco ganadoras del Premio L’Oréal-Unesco Internacional Por las Mujeres en la Ciencia, que se otorga cada año a una científica por continente. Chan se convierte así en la décimo-segunda investigadora de nuestro país en haber ganado este galardón, uno de los más prestigiosos del mundo. Baste con mencionar que seis laureadas con esta distinción luego ganaron el Nobel.
Este año el premio está dotado de 100.000 euros. El resto de las ganadoras son la bioingeniera Gordana Vunjak-Novakovic, por Norteamérica, por su labor pionera en ingeniería regenerativa de tejidos humanos; la médica Liesl Zühlke, por África y los Estados Árabes, por mejorar la atención a los niños con enfermedades cardíacas; la psiquiatra Felice Jacka, por Asia y el Pacífico, por haber sentado las bases del lcampo de la psiquiatría nutricional, y Sarah A. Teichmann, por su investigación transdisciplinaria en la que utiliza genómica y biología computacional para comprender el cuerpo humano en el nivel de la célula individual.
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“Es un shock –confiesa, todavía sin poder salir de su sorpresa aunque ya pasaron varios días–. Cuando vi quiénes eran el resto de las ganadoras… uf, son mujeres excepcionales”.
Chan, directora del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral, en Santa Fe, fue elegida por “haber transformado los fundamentos de la biología vegetal en innovación agrícola gracias a su descubrimiento de genes y mecanismos biológicos que mejoran la tolerancia de las plantas a los cambios ambientales” y viajará el 11 de junio a la sede de la Unesco, en París, Francia, para recibir esta distinción.
Descendiente de una familia de inmigrantes, ninguno de ellos dedicado a la ciencia, cuando se le pregunta por cómo decidió iniciar el camino que la trajo hasta aquí recuerda que siempre fue curiosa. “Mi mamá era de origen judío polaco, vinieron en barco con su madre, seis hermanos y 25 dólares –recuerda–. Recaló primero en Uruguay y después vino con la familia a la Argentina cuando tenía alrededor de 16 y había terminado lo que en Uruguay era el liceo (algo así como segundo año del secundario). Mi papá, nacido en la Argentina de inmigrantes rusos, cursó más o menos los mismos años de escuela. Creo que ninguno de los dos terminó el secundario, no tenían plata, tuvieron que salir a trabajar siendo todavía adolescentes, pero siempre valoraron muchísimo el estudio. De hecho, somos tres hermanas, y todas terminamos la universidad. Mi hermana mayor es psiquiatra y mi hermana menor es matemática. Nos criaron en la cultura del estudio y del esfuerzo para salir adelante. Mi mamá y mi papá tuvieron una escuela primaria exquisita, escriben o escribían perfectamente, la casa está llena de libros, que leyeron. O sea, adquirían con la escuela primaria y un poquito más una instrucción suficiente para manejarse la vida. Fuimos todas a la escuela pública y a la universidad pública. Comida y libros, y lo que hiciera falta para estudiar, siempre había; a lo mejor no había ‘pilchas’, la ropa se iba pasando de una a otra, y no tengo recuerdos de ir a comer afuera, por ejemplo”.
Mirando hacia atrás no encuentra en su vida un momento ¡Eureka! en el que definiera su vocación. Siempre buena alumna (solo se llevó a examen una materia: caligrafía), al momento de elegir carrera la atraían muchas disciplinas (“otras no; por ejemplo, la contaduría no era lo mío”, desliza). Podría haber estudiado matemática, filosofía, literatura, quería ser maestra rural… Pero llegado un punto se decidió por la química, porque “quería entender cómo surgía la vida”.
Ingresó en el [colegio preuniversitario] Pellegrini y fue avanzando sin problemas hasta que tuvo que rendir quinto año libre porque la amenazó la “Triple A” [Alianza Anticomunista Argentina, una organización terrorista paraestatal de ultraderecha que operó en el país entre 1973 y 1976]. “Yo estaba en el centro de estudiantes, no pertenecía a ninguna agrupación ni partido político, y mucho menos a algo violento, simplemente iba a las manifestaciones, o hacíamos lío porque nos obligaban a usar la pollera muy larga. Esa era mi militancia –recuerda–. Tuve que rendir quinto libre, creo que fui la primera persona en la historia del colegio que rindió libre un año. Di catorce materias (no sé si hoy podría hacerlo, bromea), ocho en diciembre y seis en marzo. En la Facultad, hasta noviembre me iba muy bien, pero me vinieron a avisar que a los compañeros que habían estado en esa lista en la que yo también estaba, se los habían llevado. Mis padres me subieron a un avión y me enviaron a estudiar a Israel. Hicieron bien, porque si no, no estaría contando esto hoy. De hecho, amigos que estaban en esa misma lista, no aparecieron más. A los 16 años, me vi obligada a vivir sola, en un mundo sin internet y en el que las llamadas internacionales había que pedirlas con ocho horas de anticipación”.
Hay preguntas que pueden definir una vida. La que orientó a Raquel Chan fue la que podría hacerse cualquiera mirando un jardín descuidado: ¿por qué algunas plantas sobreviven a la sequía y otras mueren en pocos días? Ella no solo se la hizo, sino que dedicó décadas a responderla identificando los genes que permiten a ciertas plantas tolerar el déficit hídrico, las inundaciones, el frío, las altas temperaturas. Trabajó con trigo, maíz, arroz y soja. Desarrolló estrategias biotecnológicas para obtener plantas que producen más biomasa, utilizan menos agua y reducen su huella de carbono. Su proyecto más difundido, el del trigo HB4 tolerante a la sequía, que desarrolló junto con su grupo en colaboración con la empresa Bioceres, fue un ejemplo pionero de alianza público-privada en la ciencia argentina que inspiró a muchos y demostró que esas iniciativas eran posibles.
Como otras mujeres destacadas en la carrera científica, declara que no sintió discriminación. “La Argentina es un país muy avanzado en esto –afirma–. No digo que estamos en una situación óptima, pero estamos mejor que un montón de países de los llamados ‘avanzados’. Es algo que está muy ligado al desarrollo social. Hace 50 años, la mayoría de las mujeres decidía ser ama de casa porque ese era el mandato social, eso explica porqué hoy hay muy pocas en los estamentos superiores. Ahora, si yo comparo hoy con hace 10 años, somos muchísimas más. Y creo que dentro de 15 o 20 años el número va a ser similar. Si uno mira la estructura del Conicet, puede ver que el número de mujeres en los estamentos superiores viene subiendo. Sí, [reconozco que] encontré algún machista por ahí que no concibe que una mujer sea jefa o directora. Pero en materia de oportunidades, la limitante que yo vi, es que pertenezco a una generación en la que las que nos hacíamos cargo de los hijos, éramos las mujeres. Ahora, yo veo a mis becarios varones salir corriendo a buscar a los pibes a la escuela. En mi época, no. Y lo mismo con la limpieza, las compras de comida, de todo eso se hacía cargo la mujer. Respondía a un modelo social, yo puedo ser crítica hoy, pero creo que se avanzó mucho. Hay cuestiones biológicas que no se pueden superar. Las que parimos somos nosotras, las que amamantamos somos nosotras. Pero hay un montón de otras obligaciones que sí se pueden compartir y que antes no se compartían”.
Acerca del aporte distintivo que puede hacer la mujer en la ciencia advierte que pertenecer al género femenino, por sí solo, “no te da un aura. Pero las mujeres somos prácticas, estamos acostumbradas a hacer cinco cosas al mismo tiempo. Y sí creo que podemos dar a la ciencia por lo menos lo mismo que los varones. A veces, tenemos una mirada más sensible, a veces, más global. ¿Además, qué sería del mundo sin ninguna mujer científica o con muy poquitas? Si nuestra participación se hubiera mantenido tan restringida como en la primera mitad del siglo XX, cuando para nosotras era una proeza dedicarse a la ciencia, habría mucho menos conocimiento. Las mujeres hemos hecho aportes impresionantes. Lo que sí sucede con frecuencia es que el reconocimiento es menor. Cuando uno mira el porcentaje de Premios Nobel, son muchas menos las mujeres, aunque desde hace 50 años, nuestra contribución es prácticamente igual a la de los hombres. Eso no se justifica. Desde hace 20 años ya Estados Unidos, Europa, nuestro país, y algunos otros como Australia y Nueva Zelanda, son muy igualitarios en cuanto a los derechos de mujeres y varones. La ciencia de las mujeres es tan valiosa como la de hombres, sobre eso no me cabe un gramo de duda. Y sin embargo, no se ve reflejado en esos premios. Por alguna razón, al trabajo de las mujeres se le da menos visibilidad. Por eso estos premios acotados a mujeres son importantes”.
En la cúspide de una carrera exitosa, reconoce que aunque tiene múltiples intereses, si volviera a empezar, elegiría lo mismo. “Lo pensé muchas veces –comenta–. Es más, lo pensé en el momento en que decidí. Literatura y filosofía me encantaban. Obviamente no sé lo que sabe un doctor en literatura o un licenciado, pero es algo que disfruto como amateur y puedo seguir haciendo. No es lo mismo que estudiar, pero estudiar tantas cosas no se puede. No da el tiempo. En cambio, esto [la investigación en biotecnología vegetal] no es algo que pueda hacer cualquier persona desde la casa, ni mucho menos”.
Y en materia de consejos a las jóvenes investigadoras, les diría que la clave para destacarse es que les guste mucho lo que hacen, “porque esto es sacrificado”, advierte. “Uno tiene que tener algunas características que no todo el mundo posee –destaca–. Acá no importa tanto el promedio, salvo para las becas. Tengo muchísimos ejemplos, podría escribir un libro sobre esto. Porque el alumno de 10, el que hace lo que tiene que hacer para que le vaya bien (o sea, sabe que tiene que estudiar todos los temas, va, rinde y se saca el 10 o el 9) no está acostumbrado a los ‘cachetazos’. Y la ciencia no es así. Uno hace todo bien y le puede salir todo mal. Hace el experimento y puede salir mal porque se cortó la luz, porque se contaminó un reactivo, o porque la hipótesis estaba mal. En todo caso, hay muchos más fracasos que éxitos. Entonces, lo que exige este oficio es enojarse cuando da mal, llorar, patear puertas, pero a los dos días venir y decir ‘Empiezo de nuevo. ¿Qué es lo que hice mal o lo que salió mal?’. Lo más importante es la resiliencia, la tolerancia al fracaso”.
–¿En su caso, atribuye los éxitos que alcanzó al trabajo o a la inspiración?
–A mucho trabajo. También a un poco de suerte. Y además se necesitan algunas neuronas bien puestas, pero eso no es lo determinante. Casi todos tenemos más o menos las neuronas que hacen falta para esto. No, no hay que ser ningún genio. Acá hay que trabajar, te tiene que gustar, un cachito de suerte siempre viene bien y un poquito de inspiración, sí, pero si lo tuviera que poner en porcentajes a lo de la inspiración le corresponde el 2 o 3% como mucho”.
De acuerdo con información de la Unesco y de la Fundación L’Oréal, las barreras a las mujeres en la ciencia siguen siendo una realidad: en el nivel global, sólo alrededor del 30% de los investigadores son mujeres y menos del 4% recibieron premios Nobel desde que comenzaron a entregarse, en 1901.
La Argentina está mejor que el promedio global. Ocupa el puesto 12 entre los 20 países con mayor proporción de mujeres investigadoras: 53,6%. Pero solo el 12% llegan puestos de alta dirección en las llamadas “ciencias duras”. También es el país de América Latina y el Caribe con más laureadas por el Premio L’Oréal Unesco.
“Esto habla muy bien de nuestra ciencia, dados los avatares a los que estamos acostumbrados –concluye Chan–. Las argentinas somos mujeres muy resistentes. Chile y Uruguay tienen comunidades científicas muy buenas, aunque más pequeñas. Uno podría pensar que es más difícil estadísticamente que les toque una premiada. Pero si nos comparamos con Brasil o con México, que son países con una población mucho más grande y que históricamente tuvieron más dinero para ciencia, la verdad es que es increíble lo de la Argentina. Porque no nos son fáciles las cosas”.
