Mientras en el mundo se potencian los mensajes anti feministas y en Argentina el negacionismo de la violencia de género se hace política pública, amanecemos casi todos los días con la noticia de un nuevo femicidio. Según el último informe de del Observatorio de Femicidios “Adriana Marisel Zambrano”, en los primeros tres meses de 2026 se registraron 68 víctimas fatales de violencia de género. La cifra vuelve a poner en evidencia el volumen del problema, al tiempo que en los medios cada vez hay menos espacio para su cobertura y en la administración pública se recorta el presupuesto de los pocos programas que aún funcionan. El discurso que busca instalarse deslegitima la existencia de la violencia machista, descree de las estadísticas, cuestiona las leyes y programas específicas, desincentiva las denuncias, y sostiene que "la violencia no tiene género", como si se tratara de un hecho inevitable, propio de la naturaleza humana, imposible de prevenir o mitigar.
Sin embargo el femicidio de Sophia Civarelli, la semana pasada en Rosario, en manos de su pareja y principal acusado, Valentín Alcida, expone otra narrativa, básicamente porque el proceso que habilitó la violencia y escaló hasta el asesinato no empezó con una puñalada sino mucho antes. Y, lo más incómodo, a la vista de todos nosotros. Días después del crimen medios, comunicadores, y usuarios compartieron mensajes y escritos que Alcida, que no era un sujeto opaco ni inaccesible, publicaba en sus redes sociales. Su perfil digital, que se incorporó como parte de la investigación judicial en curso por femicidio seguido de suicidio, funcionaba como un deposito de agresiones y una archivo abierto de violencia, misoginia, racismo y homofobia.
En su cuenta de X por ejemplo se pueden ver una secuencia de publicaciones donde expresaba su total desprecio hacia las mujeres y la comunidad LGBTIQ+, la ridiculización de las luchas del feminismo, y la validación de jerarquías de género. “El feminismo arruinó a las mujeres”; “Las putas de mierda se piensan que pueden vender contenido porno y encima tener una vida normal”; “Los putos no deberían opinar”; “Las feministas, los zurdos, los negros villeros y la inmigración bolita es lo peor de nuestro país. Votar con odio está bien”; “Son abanderadas del empoderamiento para generar conflicto, pero cuando todo se complica, buscan al hombre protector (...)Así operan las que proclaman feminismo y odio al ‘macho’”, son solo algunas de las escrituras. Además compartía y re posteaba contenido del canal Carajo, referentes libertarios, como Daniel Parisini (Gordo Dan), defensores de La Libertad Avanza, propagandistas de Make Argentina Great Again, y tuits que exaltaban las figuras de los presidentes Javier Milei y Donald Trump.
Cuando uno ve la catarata de odio en formato de tuits queda claro que los mensajes no son exabruptos. Son la muestra de una práctica discursiva sostenida en el tiempo y un comportamiento sistemático que producía sentido y construía identidad través de la agresión y la violencia. Alcida reproducía a diarios discursos de odio sin filtro, sin freno, ni responsabilidad social, en el marco de una red social donde la hostilidad y este nivel de agravios suele estar normalizado y hasta premiado por su alta efectividad y engagement. El caso de Rosario expone de esta manera cómo los discursos misóginos, visibles y reiterados, si no encuentran un freno (social, legal o institucional) pueden escalar hasta la violencia extrema.
Su llamativo perfil y las declaraciones frecuentes casi que pre anunciaban el desencadenamiento de un futuro violento de forma explícita. Mientras, del otro lado miles de usuarios lo leían, lo compartían, lo comentaban o, simplemente, lo dejaban pasar. A la par que la plataforma ponía su algoritmo a funcionar para darle la mayor cantidad de visibilidad y reacciones posible, bajo la certeza que las redes están diseñados para eso: apelar a las emociones más intensas del ser humano como la ira, el odio, la indignación o el miedo. Según una informe, de la investigadora Paula Zuluaga, de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), los contenidos antifeministas se viralizan cuatro veces más que los feministas, desequilibrio que distorsiona el debate público y habilita comportamientos violentos.
Esa visibilidad desarma una de las coartadas y recursos más recurrentes frente a la violencia de género que no hacen más que reproducirla: la idea de que “no se sabía”, de que “no había señales”, que a veces es imposible prevenir, que la violencia es algo que ocurre en el ámbito de lo privado. Por el contrario, en este caso y muchos otros, las señales gritaban, estaban a disposición de todos, reiteradas, incluso provocadoras buscando atención, y sin embargo, no encontraron en su camino ningún tipo de freno, advertencia, o interrupción social. Por el contrario la viralización no hizo más que dar rienda suelta a un proceso que se fue cocinando en voz alta, ante una audiencia y un circulo cercano que, en su mayoría, eligió no intervenir.
La pedagogía del odio en el ecosistema digital
Desde hace décadas, los movimientos feministas e instituciones especializadas vienen señalando que la violencia de género no es un hecho aislado, consecuencia de un caso individual o un desborde de un psicópata, como muchas veces eligen instalar los discursos negacionistas. Se trata principalmente de un fenómeno socio cultural estructural que se construye y se reproduce social y políticamente todos los días. Rita Segato propone, en este sentido, pensar la violencia como una pedagogía: un conjunto de prácticas y discursos que enseñan jerarquías, que producen subjetividades y que ordenan el mundo en términos de dominación. Hoy lo que vemos en el ecosistema digital contemporáneo, es que esa pedagogía adquiere nuevas formas de diseño y circulación, y puede desplegarse en redes sociales y plataformas bajo formatos que facilitan su difusión y su aceptación.
La misoginia, en ese contexto, se disfraza de contenido, de humor, de ironía, de meme, de provocación, se presenta como “opinión valida” bajo la bandera de la “libertad de expresión” o como reacción proporcional a un supuesto exceso de los feminismos que “se pasaron tres pueblos”. Cuando Alcida expresaba que a las mujeres había que disciplinarlas o despotricaba contra los feminismos lo hacía con el poder de saber que sus palabras iban a ser celebradas, que tenían un eco social, y que su repertorio discursivo resonaba en amplios sectores del mundo digital y el universo político de ultra derecha donde el antifeminismo funciona como punto de encuentro y como identidad compartida.
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Una vez más hay que remarcar que, aunque no siempre, existe una línea de continuidad entre la violencia simbólica y la violencia física. El límite deja de ser una frontera nítida para convertirse en un hilo conductor que, al calor de los resultados, merece una intervención desde el punto de vista social y político. El tránsito por espacios de la mansófera donde se normaliza la repetición permanente de discursos que deshumanizan, ridiculizan o inferiorizan a las mujeres construye condiciones de posibilidad, habilita imaginarios, legitima prácticas femicidas. Es cierto que no hay una relación directa entre un tuit y un femicidio, pero sí la hay entre una trama de sentidos y un clima de época que vuelve aceptable, y, en ciertos casos, posible, la violencia extrema contra mujeres e identidades feminizadas.
La complicidad que habilita
Hoy los tuits donde la violencia estaba a la vista se analizan en la justicia, se exhiben con asombro en los medios, y causan indignación en quienes mañana volverán a mirar para otro lado cuando se crucen con otro femicida en potencia. Detrás de esos posteos había una audiencia, un público, había otros varones leyendo, reaccionando, compartiendo, validando o, en el mejor de los casos, guardando silencio. Y en esa actitud, aparentemente pasiva, se esconde uno de los núcleos más persistentes del problema: la complicidad.
Este pacto no esta escrito en ningún lado, ni necesariamente es un acuerdo explícito para ejercer violencia, pero funciona hace siglos. De hecho, en el camino de transformación social hacia una sociedad más igualitaria, pareciera ser el nudo más difícil de romper. La complicidad patriarcal existe como parte de un entramado de prácticas cotidianas que la sostienen: la risa que desactiva la gravedad, el comentario celebratorio, el “me gusta” que valida, el silencio que evita el conflicto, la mirada aprobatoria, los pequeños privilegios domesticos, todo esto enmarcado en la necesidad permanente de ejercer y demostrar la masculinidad. Ninguna de esas acciones, por sí sola, produce un femicidio, pero en conjunto configuran un clima donde la violencia pierde estatuto de problema y gana lugar como expresión posible.
Pierre Bourdieu define la violencia simbólica como una forma de dominación invisible y sutil, que se ejerce con la complicidad de quienes la padecen y de quienes la observan, como parte de un orden natural. En el capitalismo digital actual, esa naturalización se intensifica y la repetición constante de discursos de odio, la ridiculización de los feminismos y la construcción de comunidades misóginas que celebran el desprecio hacia las mujeres configuran un sentido común que banaliza esa violencia. En ese contexto, intervenir , mucho más siendo varón, deja de ser un gesto espontáneo o esperable, para convertirse en una decisión que implica un costo altísimo bajo la lógica patriarcal: romper con el grupo, incomodar, exponerse, ser dejado de lado, perder privilegios, o ser señalado con atributos feminizados. Por esta razón, muchas veces, esa decisión no se toma y se elige la comodidad del pertenecer a la responsabilidad del advertir.
Esa inacción, tarde o temprano, tiene consecuencias y una de ellas es el asesinato de Sophia Civarelli. La violencia no solo fue ejercida: fue anunciada, narrada, actuada en el espacio público digital y celebrada. Y aun así, no encontró freno social. De allí que la interpelación no pueda ser abstracta y, una vez más, no alcanza con condenar el hecho consumado ni con describir hoy el perfil del agresor. El orden patriarcal se quiebra o reproduce, no solo en las leyes, los debates sociales o las oficinas en ministerios , sino tambien en las pequeñas legitimaciones cotidianas. Es necesario señalar la dimensión colectiva de los femicidios, preguntarse qué hacen los varones frente a otros varones que enuncian y reproducen, y empezar a cuestionar esa práctica cómoda de ver la violencia desde afuera, como contenido, como trend de instagram, y no como parte real del problema.
