j Ome es coreógrafo, bailarín; un artista que produce obra en relación y coautoría con las comunidades de base con las que trabaja en la Bahía de San Francisco, California. Por su tarea ha recibido la beca Guggenheim y es parte del programa USA fellowship to artist en danza. Pero j Ome no puede decir su nombre. Al menos no lo puede decir completo para no activar los buscadores de Google, j Ome tiene miedo. “Ya no importa que tengas tu green card, no importa lo que hagas ni quién seas, me ven así como soy y me agarran. Es lo que ha pasado mucho, incluso nativos de aquí, los agarran y se los llevan. Los desaparecen. No importa su estatus legal, nada, nada”.
“Así como soy”, dice en relación a su color de piel, a sus rasgos mexicas, a esa altura característica de sus ancestros. Lo demás no importa nada. Ni su capacidad para dialogar con comunidades vulneradas para crear coreografías capaces de reparar algo del daño que produce el mismo sistema capitalista que ahora no oculta su racismo estructural. “El sistema es terrible, pero ahora cambió todo y se siente un clima de guerra civil. Lo que cambió es que todo está en tu cara, te mienten todo el tiempo, ves a esas mujeres que son como Barbies en Seguridad, en la vocería, hablando de violadores, delincuentes… No importa la verdad, sos tu color de piel y ya”.
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Uno de los trabajos premiados de Naka -la compañía de danza que codirigen desde 2001 j Ome y Debby K.- es el que realizaron en diálogo y apoyo mutuo con Mujeres Unidas Activas (MUA), mujeres latinas migrantes, en su mayoría de Guatemala, que buscan juntas justicia social y económica. Durante la pandemia, el apoyo mutuo se dio de manera virtual, aun con las complicaciones de conectividad sobre todo en la población migrante de más edad que sólo cuenta con el teléfono para conectarse.
“Sin embargo las redes se fortalecieron y en aquel momento hubo ayuda social en alimentos, bonos, ayudas para la renta a las que las mujeres pudieron acceder por la dificultad de salir a trabajar por la jornada. Pero ahora vemos que esas ayudas significaron para muchas personas entrar en la base de datos de California y lo que está pasando con la nueva administración es que usan esa base de datos para salir a cazar migrantes”, cuenta j Ome desde su casa en East Oakland, desde donde observa cómo la vida en común se ha deteriorado en los últimos años, pos covid-19.
“Ya casi no quedan comercios de cercanía, para comprar tienes que ir a un Mall donde además la mercadería ahora está protegida por vidrieras y hasta para sacar una pasta de dientes es necesario apretar un botón y que venga una persona de seguridad, armada, a abrir la vidriera. Eso aumenta el miedo, vuelve la vida paranoica. Es una angustia caminar por la calle”. Mucha más gente en situación de calle, “padrotes ofreciendo mujeres y niñas a la que cambian todos los días por lo que ni se puede hablar con ellas”, narra j Ome y describe esa sensación de que el mundo se ha dado vuelta, que no hay dónde ni cómo reclamar derechos humanos porque la idea misma de humanidad como empatía de base con les otres se ha convertido en pura relación extractivista. “Estamos en San Francisco, en Oakland, debería ser una de las ciudades más ricas del mundo, donde acumulan la riqueza por todas partes, donde están las grandes plataformas de redes sociales, IA, y sin embargo, la cuestión social es terrible.”
“Pero hay que seguir”, dice j Ome. Insistir con la consigna principal que se imprime y se pega en todas partes: “ICE out now” (ICE afuera ahora). Seguir es también insistir con el arte hecho con y para las comunidades. “Cuando en octubre vino el ICE a San Francisco, o al menos se anunció porque después no entraron, fuimos los primeros en empezar a utilizar los silbatos, prepararnos colectivamente para ubicar a las camionetas y los agentes. Sabíamos a qué distritos iban a ir, que los malls eran lugares donde van a la caza de trabajadores y trabajadoras jornaleros. El ICE se organizaba pero la ciudadanía también; muchas de las cosas que siguieron pasando en Los Ángeles, Chicago, y ahora Minneapolis.
En esos días de octubre del año pasado, cuando el ICE terminó pasando de largo San Francisco -ciudad que desde 1989 se declaró “santuario” para proteger a las personas migrantes de las fuerzas federales- y apuntó hacia Los Ángeles, j Ome y su compañía presentaban su obra "¡Y Basta ya!" en el Mission Theatre pero tomando también la calle. Decidieron suspenderla porque no iban a exponer así a las performers. Eligieron un camino “underground” para su obra que para este artista remite directamente a lo que se conoció, en la época de la esclavitud habilitada en Estados Unidos, como “railway underground”. La traducción podría ser “ferrocarril subterráneo” o clandestino. Que no tenía vías ni túneles sino una serie de postas de lugares seguros, desde pequeños comercios, galpones, casas particulares que servían para quienes huían de las plantaciones del sur para buscar su libertad. “Es lo que estamos haciendo, así nos colaboramos”.
j Ome cruzó la frontera hacia Estados Unidos hace 35 años. Entonces tenía 22 y no veía futuro para él, un jovencito homosexual –“se me notaba hasta en la cadera”-, sin cuerpo de bailarín hegemónico que soñaba con los escenarios de Nueva York. Su paso fue arriesgado, como es un riesgo siempre abandonar lo conocido para buscar otro futuro, otro presente también. “De cierta manera la migración me definió. Me dio una sensibilidad, ojos para ver más allá de mi suerte. Mis grandes amigos son migrantes, hay un vínculo entre quienes tenemos esa experiencia de cruzar la frontera, a muchos les ha ido bien, a otros no, pero ahí está la reflexión colectiva: quién eres, qué fue lo que dejaste, como reinventarte y volver a reinventar tu comunidad. Yo creo que todas esas personas que han decidido cruzar una frontera a pesar del riesgo, a puras ganas de vivir y hacer otros mundos aunque en eso se te vaya la vida, son súper poderosas.”
Gloria Anzaldúa en Borderlands/La frontera -el título de su libro bilingüe- trae la figura de un puente sobre la espalda de las personas migrantes. Y no es que se ofrezcan amablemente como vínculo entre culturas, aunque así tendría que ser, ese poder pasearse por las calles del bajo Flores para comprar ajíes picantes y batatas fritas, probar los ceviches y la leche de Tigre en otras partes de Buenos Aires y la inmensa cantidad de sabores de distintos países de Asia y América Latina que se pueden disfrutar en San Francisco -también acá nomás. Las mixturas suceden de todos modos, lo sabemos, lo experimentamos a diario. Pero ese puente con la espalda de Anzaldúa habla de la violencia estructural sobre migrantes, son esas vidas estigmatizadas, precarizadas las que sostienen el pasaje entre lenguas, saberes, colores, fuerza de trabajo, creatividad del que sacan ganancia los estados y el mercado para después usar a esos mismos cuerpos como chivos expiatorios de sus fantasías supremacistas. De su hipótesis de guerra contra “lo otro” -ahora los latinos en Estados y también en nuestro país que copia sin más las puestas en escena de Donald Trump- para afianzar un “nosotros” inexistente, puro, blanco, “de bien” como le dice Javier Milei a su electorado.
En esta semana, mientras en Minneapolis no cesó la resistencia ni el duelo por René Good y Alex Pretty, personas que enfrentaron al ICE para proteger a sus vecinxs y fueron ejecutadas, en nuestro país la nueva ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, se jactó de haber expulsado o evitado la entrada al país de más de cinco mil migrantes. “Calentito el verano”, bromeó la ministra en X.
Mientras que uno de los voceros no oficiales del gobierno, Iñaki Gutiérrez, mintió descaradamente al decir que el 70 por ciento de habitantes en barrios vulnerados son extranjeros y, como la vocera de Trump, los llamó violadores y delincuentes. Juegan con el racismo estructural en nuestro país también, apuestan a copiar estrategias fascistas ya suficientemente registradas de cómo crear enemigos, deshumanizarlos y preparar el terreno para el descarte de esas vidas. Así, algunas sentirán que los privilegios de no ser esas personas estigmatizadas hacen soportable no llegar nunca a fin de mes, que no alcancen las horas del día para trabajar un poco más, que a los viejos y las viejas se las condene al hambre o tener que descansar obligadamente en las espaldas de quienes ya no dan más dentro de las familias.
Son estrategias, sí, exacerbación del odio al que volvió Javier Milei en su verba para alimentar a sus adeptos ya convencidos, igual que Trump promete una América para los americanos blancos, a cualquier costa. Pero esas estrategias se cobran vidas concretas, esparcen el miedo aun entre quienes aun no han sido amenazados, eso que define al terrorismo. Como en Minneapolis, como en tantos otros lugares del mundo, sostener la solidaridad frente al fascismo de esta era es la única manera de abrir, aun en este mundo tan cerrado, imaginación para crear un futuro en el que sea el imperialismo supremacista el que cruja y no los bosques nativos de la Patagonia devorados por el fuego.
