Qué hay detrás de los therians: cuando la identidad se vuelve meme para atacar los avances de género

En contextos de avance conservador, la deslegitimación de la identidad como categoría política es funcional a la derecha y al quiebre social. Si la identidad se presenta como delirio, se criminaliza o se patologiza, entonces los derechos basados en ella pueden ser mostrados como privilegios.

14 de febrero, 2026 | 19.00

En la misma semana en la que el Congreso comenzó a discutir una reforma laboral regresiva, es decir una modificación estructural que impactará de manera directa sobre salarios, estabilidad, organización sindical, familias y condiciones materiales de vida de millones de personas, una palabra desconocida se volvió tendencia en redes sociales y un desconcertante movimiento empezó a ocupar la mayor parte de los titulares, zócalos televisivos, móviles de noticieros y entrevistas: los therians. El contraste no podría ser más significativo y sintomático de la Argentina actual: mientras en el Senado de la Nación se debatía el futuro del trabajo y un modelo de semiesclavitud, la conversación social se desplazaba, y no por curiosidad, hacia la espectacularización de diferentes grupos de adolescentes de todo el país que se muestran con máscaras y reproducen comportamientos similares a los de animales.

El fenómeno therian no nació en TikTok ni es una extravagancia argentina de la temporada 2026. En realidad surgió a fines de los años noventa al calor de los foros, chats y espacios digitales de Estados Unidos y Europa, en comunidades virtuales en las que algunas personas comenzaron a ponerle nombre a una experiencia subjetiva persistente: la sensación de identificación, psicológica o simbólica, con animales no humanos. Desde sus orígenes, la propia comunidad explicó que no se creen literalmente animales, pero son seres humanos que sí definen su vivencia interna a partir de un vínculo emocional, espiritual o identitario, con un ser no humano.  Algo importante: en ningún caso y en ningún momento estos grupos se organizaron políticamente ni se generó, atrás de estos comportamientos, un deseo de transformación física, un reclamo de derechos, o una demanda jurídica de reconocimiento como especie. Es algo que se vive en el plano íntimo y eventualmente se exterioriza.

Durante décadas, esa experiencia bastante particular se conoció en los márgenes de internet y círculos sociales relativamente cerrados. La masificación y difusión de los therians llegó con el mundo digital y el ecosistema algorítmico. TikTok e Instagram transformaron esos relatos y experiencias subjetivas en contenido ampliamente atractivos: imágenes, videos, performance, polémicas y clips virales. El pasaje de foro cerrado a las plataformas implicó una mutación: lo que era conversación y búsqueda identitaria personal se volvió espectáculo y exageración, y por ende una forma rápida de conseguir la atención de los demás, la anhelada mirada del otro.

Lo que se observa es que los therians son personas, en su mayoría adolescentes y jóvenes, que dicen tener una vivencia identitaria interna vinculada a animales no humanos:  perro, gato, zorro, lobo, o incluso serpiente, entre otros. En el tránsito de esa identificación subjetiva suelen adoptar ciertos rasgos característicos de la especie, pero según ellos no se trata de un disfraz , sino un acercamiento a la vivencia y en algunos momentos del día a comportamientos típicos de la especie. El uso de máscaras o colas (gear), la cuadrupedia, la imitación de sonidos animales, los accesorios funcionan como método de conexión con esa “ identidad”, y como símbolo de identificación que facilita el reconocimiento mutuo en espacios públicos y digitales, siendo parte de una existencia performática.

Por el contrario, los típicos disfraces de animales, que solemos ver en el espacio público a menudo, son propios de los furry quienes se visten para interpretar un rol o jugar por hobby, o afición artística eventual, es decir por fuera de su rutina diaria.

La cobertura mediática de este tipo de tendencias, como suele hacer siempre, va directo a la superficialidad y lo tangible. Como ha pasado en otras épocas con fenómenos como los floggers, la identidad therian se podría haber abordado con una mirada social de época, como fenómeno juvenil atravesado por la cultura digital, la emergencia de tendencias que quiebran los límites tradicionales de la identidad humana, o incluso para entender cómo la economía de la atención y la pandemia impactaron en la salud mental y los vínculos de los jóvenes. Este tipo de identidad en etapas vitales tan vulnerables como la adolescencia puede funcionar como un mecanismo para enfrentar situaciones de estrés, acoso escolar, padecimiento de salud mental como depresión o ansiedad, o el malestar en entornos sociales cercanos como la familia o la escuela.

Sin embargo, el tema fue convertido en materia prima de burla y consumo irónico. No hubo interés en contextualizar, investigar o complejizar. Se eligieron los fragmentos más excéntricos e insólitos, se omitieron las aclaraciones de la propia comunidad y se consolidó un relato simplificado: “jóvenes que creen ser animales”. Ese recorte, para nada inocente, es funcional al dispositivo de la derecha para atacar las identidades sociales y políticas no normativas, particularmente a las de género no binarias. Funciona, en primer lugar, como dispositivo de odio y rage bait: la indignación rápida, las emociones negativas,  y la polarización que generan clicks, comentarios, circulación, indignación. La economía de la atención premia lo que provoca reacción inmediata, y en un contexto donde el debate sobre derechos laborales exige lectura, análisis y tiempo, la caricatura y el meme de un fenómeno marginal como los therians resulta mucho más rentable.

Pero la dimensión política de su uso no termina ahí. Por el contrario, el segundo movimiento es más profundo y más peligroso: convertir la caricatura en argumento. Una vez instalada la idea de que “identidad” puede ser cualquier cosa que alguien diga ser, el salto retórico aparece casi solo. Si alguien puede identificarse con un animal, entonces la identidad de género también sería una forma de arbitrariedad, una locura o un exceso. La comparación no suele formularse de manera frontal, pero se insinúa. Circula como pregunta retórica: “¿ahora cualquiera puede percibirse cualquier cosa?”. Esa interrogante no apunta realmente a los therians. Apunta principalmente a deslegitimar y atacar al colectivo trans y no binario.

El blanco indirecto de ataque es la Ley de Identidad de Género y, con ella, la legitimidad misma de la autopercepción como derecho. En Argentina, la Ley 26.743 es una conquista histórica y un punto paradigmático en la vida de miles de personas: el reconocimiento de su identidad autopercibida por parte del Estado. Es un reconocimiento jurídico conquistado tras décadas de organización y lucha. No puede leerse como capricho individual, o una experiencia subjetiva, desvinculada de su carácter netamente político. Implica el reconocimiento a través de la posibilidad de modificar nombre y género en el documento, sin requisitos  judiciales o médicos, acceso a salud integral, protección frente a las violencias, los estigmas y al empleo discriminatorio. La ley es la garantía de acceso a oportunidades y la posibilidad de inclusión social ya que tiene efectos materiales concretos, individuales y colectivos, en la vida cotidiana. Equiparar ese marco normativo con una experiencia subjetiva que no disputa categoría legal alguna es una estrategia discursiva y una falacia deliberada para desinformar, confundir y dejar el terreno preparado para cuando el gobierno decida emprender su próximo ataque contra la diversidad.

Judith Butler explica que el género no es simplemente una vivencia interna, sino una estructura normativa que organiza la vida social, distribuye reconocimiento, y determina vulnerabilidades. Michel Foucault por su parte analiza cómo las categorías identitarias se producen en relaciones de poder que clasifican, normalizan, ordenan, incluyen y excluyen. Desde esa perspectiva, la identidad de género opera en un sistema que asigna derechos y jerarquías, a diferencia de la vivencia therian que no tensiona el sistema, ni reclama modificación estructural alguna. En contextos de avance conservador, la deslegitimación de la identidad como categoría política es funcional a la derecha y al quiebre social. Si la identidad se presenta como delirio, se criminaliza o se patologiza, entonces los derechos basados en ella pueden ser mostrados como privilegios.

No es casual que esta narrativa emerja en un momento de ajuste y crisis social, mientras el gobierno intenta avanzar en un plan de reformas estructurales a espaldas del pueblo y las grandes mayorías. Las llamadas “batallas culturales” cumplen esa función de desplazamiento e intentan crear enemigos internos como chivo expiatorio de los problemas creados por el mismo modelo socioeconómico. La indignación moral fragmenta, polariza y desvía el foco de las transformaciones materiales y el deterioro de la vida hacia cuestiones intrascendentes. Mientras quienes deciden avanzan en la eliminación de derechos adquiridos como indemnizaciones, convenios colectivos, licencias y garantías laborales, la conversación pública se entretiene y distrae con una polémica viral, que los medios cómplices están dispuestos a amplificar.

En ese clima, la transfobia emerge, no necesariamente como insulto directo, sino como insinuación constante, va adquiriendo volumen para soltarla cuando sea necesario. Si la identidad puede ridiculizarse, entonces la existencia misma de identidades trans queda puesta en duda, bajo sospecha. La operación no necesita nombrar al colectivo para dañarlo, ya que le basta con banalizar la categoría que sostiene sus derechos. Es el mismo mecanismo que transforma conquistas históricas en “excesos ideológicos” o “modas progresistas”.

Reducir el fenómeno therian a meme es intelectualmente pobre y una oportunidad perdida para entender qué le pasa a los jóvenes. Pero además es políticamente eficaz para quienes buscan reinstalar la idea de que toda identidad no normativa es una exageración, una enfermedad mental, una decisión. Y en un país donde las personas trans siguen enfrentando niveles alarmantes de violencia, precarización y exclusión, mientras se desarticulan las pocas políticas y programas de protección que quedan vigentes, esa erosión simbólica tiene consecuencias materiales y efectos físicos. Lo que se presenta como curiosidad cultural es, en realidad, una escena más de la disputa por el sentido. En esa pelea, banalizar la identidad es una forma de intervenir políticamente en el debate sobre quién merece reconocimiento, protección y ciudadanía plena.