La visión se vuelve borrosa de repente. Un brazo se adormece sin explicación. El cansancio no se va ni después de dormir doce horas. Para muchos jóvenes, estos episodios pasan como anécdotas aisladas: “será el estrés”, “me excedí con el trabajo”, “necesito vacaciones”. Pero a veces, esos síntomas son la primera alerta de una enfermedad que no perdona demoras: la esclerosis múltiple.
Se estima que en la Argentina alrededor de 17.000 personas viven con esta patología, según datos de la Federación Internacional de Esclerosis Múltiple. A nivel mundial, la cifra asciende a 2,9 millones. Lo que tienen en común la mayoría de los casos es que el diagnóstico llega entre los 20 y los 40 años, justo en la etapa más activa de la vida, y que afecta con mayor frecuencia a mujeres.
El sistema inmunológico contra su propio cuerpo
La esclerosis múltiple es una enfermedad autoinmune. El sistema de defensas, que debería proteger al organismo, se equivoca de blanco y ataca la mielina, la capa que recubre y protege las fibras nerviosas del cerebro y la médula espinal. Sin esa cobertura, los impulsos nerviosos se transmiten con menos velocidad o se interrumpen, y ahí es cuando aparecen los síntomas.
Lo que hace complejo el diagnóstico es que esos síntomas no son siempre los mismos ni aparecen en el mismo orden. Algunas personas sienten fatiga extrema que no cede con el descanso. Otras notan hormigueos en brazos o piernas, visión doble o una pérdida de equilibrio que las obliga a sujetarse de las paredes. También pueden aparecer debilidad muscular, rigidez, espasmos o incluso dificultades leves de memoria o concentración.
La neuróloga Daniela Sosa explica que, al ser tan variados y comunes, muchos pacientes pasan meses o años sin un diagnóstico certero. “Suelen confundirse con estrés, cansancio o cuadros pasajeros”, señala. Y ese tiempo perdido no es menor: la esclerosis múltiple es una enfermedad progresiva, y empezar el tratamiento a tiempo puede marcar la diferencia entre contener los brotes o dejar que avancen.
No hay cura, pero hay control
Actualmente no existe una cura para la EM, pero los tratamientos disponibles logran reducir la frecuencia e intensidad de los brotes y frenar la progresión de la enfermedad. El diagnóstico se apoya en estudios como la resonancia magnética y la evaluación neurológica, pero el primer paso es que los síntomas no se minimicen.
El abordaje no es solo farmacológico. Los especialistas insisten en la importancia de sostener actividad física adaptada, una alimentación saludable, buenos hábitos de sueño y, sobre todo, acompañamiento emocional. Porque la EM no siempre se ve desde afuera. El cansancio, el dolor o las dificultades cognitivas son invisibles para el entorno, pero para quien las padece son una carga diaria.
“Escuchar al paciente y acompañarlo también forma parte del tratamiento”, dice Sosa. La visibilidad de la enfermedad creció en los últimos años gracias a figuras públicas que compartieron sus experiencias, pero el camino hacia la detección temprana sigue siendo una asignatura pendiente en el sistema de salud.
