SOS: proponen espacios mínimos para proteger insectos polinizadores

Fundamentales para la producción de alimentos, están amenazados. Por primera vez, un estudio global estima umbrales mínimos de hábitat natural que habría que preservar para que abejas, abejorros y mariposas no desaparezcan de los paisajes agrícolas

13 de marzo, 2026 | 10.58

Una abeja melífera puede recorrer hasta tres kilómetros en busca de flores. Un abejorro, algo menos. Una mariposa, cuatro o cinco. Lo que ninguno de ellos puede hacer es encontrar lo que ya no existe: naturaleza silvestre. Y en grandes extensiones del planeta, incluidos los campos agrícolas más productivos de la Argentina, queda cada vez menos.

Desde los años sesenta, las poblaciones de insectos polinizadores vienen retrocediendo en todo el mundo. La expansión de la agricultura industrial, el uso masivo de agroquímicos y la homogeneización del paisaje fueron borrando los refugios que estos insectos necesitan para alimentarse, nidificar y reproducirse. Y sin polinizadores, los rendimientos de un tercio de los cultivos que consume la humanidad —frutales, hortalizas, girasol, café, legumbres— caen abruptamente.

Uno de los insumos de la producción de manzanas son los insectos polinizadores

Por eso, muchos investigadores empezaron a preguntarse cuánta superficie silvestre es necesario conservar, como mínimo, para que los polinizadores no colapsen en un determinado paisaje agrícola. Hasta ahora, los organismos internacionales venían calculando que ese número rondaba el 10%, pero un nuevo estudio publicado en Science estima que sería bastante más. Entre un 6 y un 37%, de acuerdo con distintos factores que es necesario tomar en cuenta.

El trabajo, liderado por Gabriella Bishop y David Kleijn, de la Universidad de Wageningen, en los Países Bajos, reunió a 80 investigadores de 19 países y analizó 59 conjuntos de datos o estudios independientes, que abarcaban cada uno 20 sitios en promedio, lo que generó alrededor de 1.200 puntos focales en los que se midieron simultáneamente tres variables: la abundancia de polinizadores, la abundancia y riqueza de flores locales (cobertura porcentual y riqueza de especies) y la proporción de hábitat silvestre dentro de un radio de 500 metros, que es el territorio que un insecto volador promedio suele explorar.

Los datos locales los aportó Marcos Monasterolo, de la Facultad de Agronomía de la UBA (Fauba), que para su tesis doctoral, bajo la dirección de Mariano Devoto, docente de Botánica General en la misma facultad, relevó campos de la región pampeana, en los alrededores de la Estancia San Claudio, un predio de más de 5.000 hectáreas que la Universidad de Buenos Aires recibió en donación en los años setenta y que hoy funciona en parte como una suerte de estación biológica. "A veces medimos cosas dentro del campo y a veces lo usamos como base para movernos por la zona, como en este caso, y medir en terrenos vecinos. Pedimos permiso y, como nos conocen, saben que somos ‘los locos’ que vamos por la camioneta de la facultad midiendo cosas raras, nos dan permiso para entrar", cuenta Devoto.

En total, el equipo argentino relevó 20 parches de vegetación distribuidos en un radio de aproximadamente 15 kilómetros alrededor de San Claudio. Esos datos viajaron a Wageningen y se integraron a los de otras decenas de grupos de investigación de Europa, América del Norte, Asia y otras regiones del mundo. Como resultado, los autores estimaron cuatro umbrales mínimos de hábitat silvestre, uno por cada grupo de polinizadores analizados. En condiciones de baja calidad de hábitat, los sílfidos (un grupo de moscas polinizadoras) necesitan al menos un 6% de cobertura seminatural en el paisaje agrícola para mantener poblaciones viables. Las abejas solitarias requieren un 16%; los abejorros, un 18%; y las mariposas, el grupo más sensible, un 37%.

Los países que contribuyeron con datos al informe global que publicó Science

Estos porcentajes representan pisos por debajo de los cuales las poblaciones de cada grupo entran en declive local. “Son bastante más altos que el 10% que establece la Unión Europea como meta de conservación para 2030", aclara Devoto. Y aunque reconoce que el umbral del 37% podría generar alarma entre los productores, hace notar que ese es el piso para las mariposas, pero otros no necesitan tanta superficie. Más adelante agrega: “El objetivo no es necesariamente apartar ese porcentaje de la producción de un día para el otro, sino avanzar gradualmente, priorizando primero aquellas superficies que ya están fuera del circuito productivo.

Más allá de esta simple estimación, el estudio aborda una pregunta que tiene consecuencias prácticas directas para quienes toman decisiones en el campo: ¿conviene aumentar la cantidad de hábitat disponible o mejorar la calidad del que ya existe? La respuesta, según el trabajo, depende del punto de partida. El análisis establece un punto de quiebre a partir del cual la lógica se invierte. Cuando la superficie de hábitat es inferior al umbral crítico, aumentar la cantidad es fundamental. Pero en ciertos contextos, mejorar la calidad (sembrando mezclas florales diversas, evitando la aplicación de herbicidas en los refugios) puede ser igual o más efectivo que seguir expandiendo la superficie.

Devoto lo explica así: "El trabajo hace un análisis de hasta dónde vale la pena aumentar la cantidad y a partir de cuándo vale la pena aumentar la calidad. Los valores que se obtuvieron son los mencionados; es el punto de quiebre donde la cantidad se satura, por decirlo de algún modo, y vale más la pena mejorar la calidad. Se fija qué pasa con la abundancia de polinizadores si uno aumenta la calidad o si se aumenta la cantidad de superficie, qué decisiones tendría que tomar uno en escala de paisaje, ya sea como productor, como gestor de un municipio, una provincia, lo que sea. Sobre la base de la información que tiene de estas decenas y decenas de puntos en todo el planeta donde está medida la abundancia de las abejas, la calidad del parche donde estaban y la cantidad de esos parches que hay en el paisaje, hace un análisis de hasta dónde vale la pena aumentar la cantidad y a partir de dónde vale la pena aumentar la cantidad. Por supuesto que por debajo de ese nivel se afectan las poblaciones y se resiente el sistema, pero lo que ocurre es más sutil que pensarlo solo como un umbral donde los insectos se extinguen, eso es bastante más difícil de calcular y los datos que obtuvimos no permiten eso”.

En la Argentina, según los datos disponibles, se conserva entre el 5 y el 8% del paisaje agrícola como hábitat seminatural en la región pampeana; en otras regiones del país puede llegar hasta el 15%. Ninguno de esos valores supera los umbrales establecidos por el nuevo estudio para los grupos más exigentes.

Lo que se protege, además, no siempre es resultado de una estrategia deliberada. "En general son lugares que quedan fuera de la producción por cuestiones fortuitas, porque son bordes de camino, porque son superficies asociadas con los parques de maquinaria o los lugares donde se almacenan granos, o lotes que son muy malos para producir porque son inundables –dice Devoto–. En las zonas muy fértiles se cultiva hasta el último metro cuadrado."

Hay excepciones. La provincia de Córdoba cuenta con legislación específica sobre ambientes naturales, pero es un caso aislado. En la mayor parte del país, la conservación de hábitat silvestre en zonas productivas depende de lo que queda por accidente, no de lo que se reserva por convicción. El científico aclaró también que falta información para hacer comparaciones con lo que ocurría hace varias décadas en los mismos lugares: "La dificultad de este tipo de trabajos es que necesitan datos de base, históricos, que permitan ir hacia atrás en el tiempo. En los Estados Unidos y sobre todo en Europa, cuentan con muestreos desde el principio del siglo XX y pueden hacer estudios de cambios en el largo plazo", afirma.

Devoto y colegas insisten en que en un primer momento no hace falta empezar por quitarles superficie a los lotes productivos. "Algo que nosotros subrayamos mucho cuando hacemos talleres con productores es que lo primero que hay que hacer es ver qué áreas están fuera del circuito productivo y trabajar sobre ellas –comenta–. Pueden ser los bordes de camino, banquinas rurales, sectores inundables, áreas asociadas con viejos alambrados donde no se siembra porque puede haber palos que rompan las máquinas. También, si a las áreas que quedan sin sembrar, en lugar de aplicarles herbicida y dejarlas ‘prolijas’, se les deja crecer y se maneja la vegetación de manera diferente (con cortes altos, sin agroquímicos, permitiendo la acumulación de biomasa) pueden transformarse en ‘hoteles’ para la fauna polinizadora”.

Posibles refugios de biodiversidad (Fauba)

La dinámica natural de esa recuperación lleva a que, cuando se deja de cultivar o de aplicar herbicida en una parcela, el primer efecto visible suele ser una explosión de malezas. Pero esa etapa inicial, incómoda para el productor, es transitoria: "Si uno supera esa etapa inicial donde explotan las poblaciones de malezas y espera un tiempo, que se mide en años, la vegetación espontánea que las acompaña empieza a ahogarlas. Muchas veces, son especies que tienen un crecimiento explosivo rápido, aprovechan los recursos, pero no son buenas para competir con otras especies."

Los refugios de biodiversidad en paisajes agrícolas no se limitan a sostener a los polinizadores. También ofrecen toda una serie de otros servicios que suelen permanecer invisibles en la ecuación económica tradicional. "Estos ambientes funcionan además como fuente de bichos que entran a los lotes y se comen las plagas –detalla Devoto–. Por ejemplo, parasitoides. Hay avispitas que les ponen huevos a varios grupos de insectos que son plagas y los terminan matando. O son predadores, como la típica vaquita de San Antonio, que se comen pulgones".

Guía de "hoteles para polinizadores", de Mariano Devoto

A eso se suman el almacenamiento de carbono en el suelo —un beneficio que cobra relevancia en el contexto del cambio climático—, ser refugio de aves que también controlan plagas, y un beneficio menos ostensible, pero potencialmente muy valioso: la preservación de la vulnerabilidad de las plagas a los herbicidas y plaguicidas. "Hay estudios que están viendo en qué medida ayudan a retrasar la aparición de resistencia a herbicidas y plaguicidas, que es otro gran problema de la agricultura –dice Devoto–. Al ser un lugar donde se mantiene la vulnerabilidad, no promueven una selección natural que desarrolle resistencia”. El concepto que utiliza para englobar todo esto es el de "paisajes multifuncionales": espacios dentro del agrosistema que no producen commodities, pero que sostienen una multiplicidad de procesos ecológicos sin los cuales la producción sería más cara, más frágil y menos sustentable.

La alternativa a tener polinizadores silvestres funcionales en el paisaje agrícola es costosa y no siempre eficaz. En cultivos como peras, manzanas y almendras, cuya polinización por insectos es indispensable para sostener el rendimiento, muchos productores deben alquilar colmenas de abejas europeas cuando las poblaciones naturales no alcanzan. Sin embargo, estas, que son una especie introducida, son vulnerables a los mismos agroquímicos que se aplican en los lotes que se supone deben polinizar. Además, son sensibles al Varroa destructor, un ácaro parásito que diezma las colonias. Y su eficiencia polinizadora puede ser menor que la de las abejas silvestres nativas, que en muchos casos tienen relaciones de coevolución con las plantas locales. En el Alto Valle del Río Negro, por ejemplo, las poblaciones silvestres de abejas existen pero no entran a los lotes de manzana con la frecuencia necesaria (un fenómeno que todavía no tiene explicación). "Ese costo es evitable manteniendo refugios silvestres. No requieren mucho manejo y brindan polinizadores gratuitos", concluye Devoto.