La frase "El hombre es, por naturaleza, un animal político" (ánthropos phýsei politikón zóon) resuena con fuerza a través de los siglos, pero su origen y profundidad a menudo se pierden en el ruido de nuestra época. Esta sentencia pertenece al Libro I de la Política, una de las obras cumbres de Aristóteles, escrita en el siglo IV a.C.
Para comprender su verdadero alcance, es fundamental alejarse de la concepción contemporánea de "política", la cual solemos asociar exclusivamente a partidos, elecciones o militancia, y situarnos directamente en el contexto de la Grecia Antigua.
Para Aristóteles, la polis (la ciudad-estado griega) no era el resultado de un contrato artificial o un acuerdo posterior entre las personas. Por el contrario, la veía como la culminación de la evolución natural de la convivencia humana.
El desarrollo social sigue una línea clara: comienza con la familia para satisfacer las necesidades diarias, progresa hacia la aldea para resolver requerimientos más complejos y alcanza su plenitud en la ciudad, que es autosuficiente y permite acceder al "bien vivir". En consecuencia, vivir en comunidad organizada es la condición natural e inherente al ser humano.
Entre bestias y dioses: el punto medio
Tras sentenciar nuestra naturaleza política, Aristóteles lanza una advertencia que clarifica su visión: "Aquel que no puede vivir en sociedad, o que no necesita nada por su propia autosuficiencia, debe ser o una bestia o un dios".
Con esto, el filósofo establece que el ser humano es el único ser que habita en un punto medio indispensable:
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No puede sobrevivir de forma aislada, como lo haría un dios.
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No se guía puramente por el instinto salvaje, como ocurre con una bestia.
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Necesita imperiosamente de sus pares para realizarse plenamente como individuo.
Esta sentencia pertenece al Libro I de la Política, una de las obras cumbres de Aristóteles, escrita en el siglo IV a.C.
Aristóteles argumentaba que la naturaleza no hace nada en vano. Si dotó al hombre de la palabra (logos) y no solo de la voz —como sucede con los animales, que solo pueden expresar dolor o placer—, fue con un propósito superior. El lenguaje permite al ser humano discernir y comunicar conceptos fundamentales:
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Lo justo de lo injusto.
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Lo bueno de lo malo.
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Lo conveniente de lo perjudicial.
Bajo esta óptica, la política se define entonces como la deliberación común, ejercida a través de la palabra, sobre lo que resulta justo para la comunidad.
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En última instancia, cuando Aristóteles sostiene que somos animales políticos, lo que propone es que el ser humano solo puede alcanzar la felicidad, la moralidad y su máximo potencial viviendo en sociedad, respetando las leyes y participando activamente en la vida comunitaria de la ciudad.
