Peter Thiel se fue por un tiempo de Buenos Aires. No era algo que estuviera fuera de los planes. Thiel tiene residencias en las dos costas de Estados Unidos, en Nueva Zelanda y ahora también en Sudamérica, y suele alternar temporadas. Un par de interlocutores dicen que prometió regresar antes de fin de año.
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En su ausencia otros guardan por sus intereses, como pudo verse ayer en la cámara de Diputados, que dio media sanción al Super RIGI, un nuevo régimen de inversiones que parece hecho a medida del dueño de Palantir y de la estrategia hemisférica del Pentágono.
El proyecto forma parte de un paquete más amplio, que incluye asimismo la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, que encuentra resistencia en el Senado, y el ingreso de la Argentina a la Pax Sílica, una alianza de proveedores de Estados Unidos de materias primas e insumos en la cadena del desarrollo de la IA.
El texto del Super RIGI que consiguió el apoyo de 130 diputados, apenas uno más que el número necesario, ni siquiera contempla las cláusulas que reclamaba la UIA para fomentar la producción nacional. Un proyecto para inversiones de más de mil millones que no obliga a comprar ni un tornillo industria argentina.
Mientras tanto, en un país en el que Javier Milei ya logró aprobar la ley de Bases, el primer RIGI, la Reforma Laboral y otro nutrido paquete de desregulaciones, bajas de impuestos y toda clase de medida pro corporativa, las inversiones cayeron por cuarto trimestre consecutivo. Siempre hace falta una reforma más.
El Congreso que acompaña al gobierno (el mismo que sigue tolerando que un jefe de Gabinete corrupto se niegue a aplicar las leyes que aprueba) no tiene nada para opinar sobre la incorporación del país a otro pacto con Estados Unidos, del que, una vez más, nos enteramos con la cosa juzgada porque fue anunciado en Washington.
La Pax Silica es una iniciativa de Jacob Helberg, ex jefe de Asesores de Alex Karp, CEO de Palantir, y actual número dos del Departamento de Estado. Básicamente el comisario político de Silicon Valley en territorio de un rival interno, Marco Rubio. Está casado con Keith Rabois, socio de Peter Thiel en Founders Fund.
La doctrina plantea básicamente que Estados Unidos debe controlar toda la cadena de producción de las tecnologías de avanzada, principalmente la IA, desde la materia prima hasta el software algorítmico, para poder competir en la carrera tecnológica y militar con China.
En una presentación ante el Capitolio, Helberg explicó: “La nación que controle los cimientos industriales de la inteligencia artificial liderará este siglo. La que no lo haga dependerá de las que sí. Por eso Estados Unidos ha creado Pax Sílica, una coalición de seguridad económica para el Siglo de la IA”.
En ese marco debe leerse también el acuerdo sobre recursos estratégicos (ellos les dicen minerales críticos) que firmó la Argentina en febrero y que le garantiza a Estados Unidos “prioridad absoluta” para recibir las exportaciones de litio, cobre, cobalto y uranio. Todo con RIGI, es decir, sin un solo tornillo nacional.
Casi al mismo tiempo Brasil firmó un acuerdo similar, pero en lugar de maridarlo con un RIGI o Super RIGI aprobó una ley de cuotas, que obliga a reinvertir excedentes, hacer transferencia de tecnología y agregar valor a la materia prima en su origen. Donald Trump aceptó las condiciones y recibió a Lula con más honores que a Milei.
En el fondo es una carrera de obstáculos, que no depende tanto de la velocidad del desarrollo tecnológico sino de cómo resuelve cada país los cuellos de botella que encuentra en el camino. China pudo sortear las restricciones de acceso a hardware que impuso Estados Unidos. Washington necesita asegurar sus materias primas.
La urgencia del gobierno argentino (y sus cómplices) por deshacer nuestro entramado industrial, rifar más de un siglo de desarrollo en áreas estratégicas, malvender nuestros recursos, comprometer nuestra soberanía y condicionar nuestro futuro parece aún más voraz que el apetito de quienes se aprovechan de esa ventaja.
