La goleada 3-0 de Brasil a una discreta Escocia desnudó buena parte de la clave que grafica este buen inicio de Mundial. La figura fue Vinicius, dos goles, peligro permanente, pero los focos se los llevó Neymar, y no por su juego, sino simplemente porque entró en los minutos finales. Vini, que admira a Neymar, tiene un narcisismo importante. Y Ney, sabemos, es el niño mimado de los patrocinadores y también del bolsonarismo, que aspira a volver al poder en las elecciones de noviembre y utiliza al ídolo con descaro absoluto. Como sea, Vini y Ney simbolizan que el éxito inicial del Mundial se basa en el culto al héroe individual, bien en línea con una lógica del anfitrión central de la Copa, Estados Unidos.
El cumpleaños 39 ayer de Leo Messi sirvió a su vez para homenajear a la gran figura de lo que va en esta primera fase, irrupción inesperada y a su vez notable, porque está compitiendo mano a mano con los cracks que sí llegaron al Mundial con la aureola de Balón de Oro, como Kylian Mbappé, Ousmane Dembelé, Harry Kane, Erling Haaland, el propio Vini, todos ellos goleadores hasta el momento, igual que otro veterano como Cristiano Ronaldo, único en la historia que anota en seis Mundiales seguidos. Es un Mundial cuyas grandes figuras relegan las pesadillas de un gobierno anfitrión arrogante e incómodo. Están respondiendo casi todos ellos a la expectativa generalizada. Pero el fútbol, está claro, es un deporte de equipo.
¿Pero acaso alguien imaginaba que este Mundial reeditaría el duelo Messi vs Cristiano Ronaldo, ochenta años entre los dos? Además de su talento y cuidado físico notable, ambos aprovechan no solo avances tecnológicos de la preparación actual, sino también cambios reglamentarios que protegen al que intenta jugar y al que ataca. De Maradona a Messi no solo la tecnología ofrece avances notables, sino también el reglamento, el VAR, la severidad ante el juego brusco, la penalización al que especula, los mejores campos y hasta la posibilidad de hacer más cambios en pleno partido. No habría modo, sino de explicar que Messi y Cristiano sigan vigentes en un fútbol cada vez más atlético y con calendarios superapretados. Los patrocinadores agradecen la vigencia. Los titulares de los portales que informan sobre sus nuevos records. Y los especialistas que nos avisan que, tal como viene todo, esos records serán inevitablemente quebrados por la nueva generación.
El fútbol, seamos justos, siempre ofreció la coronación del héroe individual. ¿Acaso no decíamos nosotros mismos en 2022 la ventaja que podría significar para Argentina ya no jugar “con” Messi, sino jugar “para” Messi? El equipo al servicio del héroe. ¿Y no hizo lo mismo Carlos Bilardo con Diego Maradona y la selección campeona de México 86? El otro gran héroe individual del fútbol moderno, Pelé, tuvo, es cierto, todo un equipo que lució alrededor suyo, esa selección platónica que se coronó en México 70 con cinco números diez en su formación titular. Hace ya tiempo que el futbolista dejó de ser un simple número y añadió su nombre a la camiseta, bien a gusto de los patrocinadores y bien en línea con estos tiempos nuevos de redes, selfies y minutos de fama, la era del narcisismo.
Una era de modelos, aquello que Marcelo Bielsa, hoy en situación crítica con Uruguay, renegó cuando bajó su cabeza para la foto oficial de la FIFA. Cabeza gacha en modo Bielsa. Fuera del tiempo.
