La lista de Forbes, la guerra en Irán y el viaje de Milei a NY

12 de marzo, 2026 | 14.35

El cerebro humano no está cognitivamente preparado para entender cabalmente la diferencia que hay entre una fortuna de un millón de dólares, una de cien millones y una de cien mil millones. Simplemente no podemos procesar de forma adecuada esa información. Pasa algo parecido con las distancias. ¿Cuánto más lejos queda Plutón que Saturno? ¿A cuánto estamos de la galaxia más próxima? ¿Cuánto mide el universo? Intuimos que son valores cada vez más grandes pero no tenemos forma de figurarnos la proporción. Respecto al tiempo, en cambio, y dentro de cierta escala, fuimos aprendiendo a entenderlo mejor. Por eso sirve como referencia.

Un millón de segundos son once días. Mil millones de segundos son más de 31 años. En otras palabras: si ganaras un dólar cada segundo, las 24 horas, los 365 días de cada año, tardarías menos de dos semanas en ser millonario pero te llevaría una parte sustancial de tu vida alcanzar la lista Forbes de las personas más ricas del planeta. Para juntar, en cambio, la fortuna que tiene Elon Musk, que está al tope de la lista, deberías ganar un dólar cada segundo, día y noche, sin vacaciones ni feriados, durante más de 25 mil años. Esa es la escala de la desigualdad, una absolutamente incompatible no ya con la democracia; con la dignidad humana.

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1.

Forbes publicó esta semana la última edición de su ránking: más de 3400 supermillonarios acumulan, entre todos, más de veinte billones (millones de millones) de dólares. Son dos récords pulverizados respecto a máximas anteriores, registradas un año antes. Es la cuarta vez consecutiva que se repite esa escalada. Sin embargo, el primer año del segundo mandato de Trump se consolidó un fenómeno que desde hace varios años reescribe las reglas de juego: la espiralización de la desigualdad al interior del universo de los supermillonarios, en beneficio de un grupo cada vez más pequeño de dueños del planeta.

Jeff Bezos, dueño de Amazon, fue la primera persona en la historia en alcanzar una fortuna de cien mil millones de dólares en 2018. Fue el primer “centimillonario”. Podríamos decirles ‘acaparadores’. Hoarders. Hoy hay veinte. Son, prácticamente, una clase o una casta nueva que en menos de una década tomó por asalto el poder global. En 2025 la fortuna de los quince centimillonarios de Estados Unidos creció un 33 por ciento. Ya tienen más que toda la lista Forbes de 2020. El incremento para el resto de los supermillonarios yanquis fue del 21 por ciento. El rendimiento del índice S&P fue de 16 por ciento. Los sueldos subieron un 3,3 por ciento.

La fortuna de Musk subió un 72 por ciento durante 2025. Al día de hoy ya está por encima de los 840 mil millones de dólares. El segundo de Forbes, Larry Page (Google), tiene “apenas” 257 mil millones. La brecha entre ambos equivale a casi todo lo que produce la Argentina en un año. Musk podría perder tanto como todo lo que produce la Argentina en un año y seguir siendo el tipo más rico del planeta. La clave de ese crecimiento fue la fusión de su empresa de inteligencia artificial, xAI, con la de cohetería espacial SpaceX. La extraordinaria valuación de esas empresas está basada en contratos gubernamentales con la NASA y el Pentágono.

2.

Los medios argentinos están, en general, más alineados con la narrativa oficial de la guerra que promueven las embajadas de Estados Unidos e Israel que los propios portales y canales de televisión en esos países. De acuerdo al relato imperante, estamos en una de buenos contra malos y los buenos van ganando. De un lado sólo hay ataques quirúrgicos y altamente efectivos contra objetivos militares (aunque el límite de esa categoría se amplió enormemente) mientras que del otro sólo misiles obsoletos que no pueden superar las defensas antiaéreas de “los buenos” y cuando lo hacen apuntan exclusivamente contra civiles indefensos.

No es así. En las guerras no es cuestión de buenos y de malos. Pero en este caso sí hay, evidentemente, un bando agresor, que decidió comenzar esta guerra y que ha demostrado, muchas veces, no tener ningún reparo en causar un daño generalizado y criminal a toda la población de los países a los que atacan. Esos vendrían a ser “los buenos”. Seamos claros: a efectos prácticos no hay demasiada diferencia entre usar armas químicas o bombardear refinerías con armas convencionales hasta que llueva, literalmente, petróleo, en una ciudad con diez millones de habitantes como Teherán.

Y no van ganando. No hubo cambio de régimen. El programa nuclear y misilístico iraní no fue destruido. En reemplazo del Ayatollah asumió su hijo. El resultado más probable, de acuerdo a los analistas, es un gobierno más radicalizado y con acceso a 400 kilos de uranio enriquecido al 60 por ciento. El estrecho de Hormuz sigue cerrado para naves de Estados Unidos y sus socios pero Irán está exportando más que antes, sobre todo a China. Perdieron miles de millones de dólares y décadas de trabajo en radares e infraestructura crítica en países aliados y lo que es más importante: la confianza de esos aliados.

3.

Trump se encuentra en una disyuntiva que no tiene una solución buena para él. Puede intentar que la guerra termine pronto pero la decisión no depende de él. Mientras Irán pueda mantener el control sobre el estrecho de Hormuz el presidente norteamericano va a estar obligado a hacer concesiones que difícilmente quiera o pueda asumir. Le resultará difícil pintar una narrativa triunfal. Pero sobre todo pateará el problema hacia adelante. Un enemigo herido pero vivo, con una inmensa capacidad de daño, que estará preparándose para la siguiente batalla, es un fantasma que puede regresar en el peor momento posible.

Una segunda opción es torcer la voluntad del régimen iraní escalando los ataques, pero la mayoría de los expertos coinciden en que los riesgos de esa decisión son demasiado altos comparados con las chances de éxito. En la primera oleada Estados Unidos e Israel eliminaron a casi toda la primera plana de líderes, hundieron la flota militar, inutilizaron los aeropuertos y las rutas principales, anularon las defensas aéreas y sin embargo el objetivo de voltear al gobierno no parece estar cerca. Cualquier escalada corre el riesgo de subir las apuestas dramáticamente sin avanzar en el objetivo estratégico. Es un camino que debería evitarse.

La tercera opción, que es afrontar un conflicto amesetado que se estire en el tiempo, es casi suicida en un año electoral. El costo de esta guerra para Washington supera los mil millones de dólares por día sólo en gasto militar directo. Si se extiende varias semanas más, las proyecciones indican que la economía norteamericana sufrirá un impacto total por más de 200 mil millones de dólares. La muerte de soldados norteamericanos, las peleas con aliados estratégicos… todo se acumularía en un largo problema de consecuencias potencialmente desastrosas en una contienda electoral que, si pierde, puede precipitar un final abrupto.

Este es, hasta acá, el resultado de la primera incursión militar norteamericana desde que el software de Silicon Valley se convirtió en el sistema operativo de las fuerzas armadas y de inteligencia, y el dinero de Silicon Valley compró los asientos donde se toman decisiones estratégicas. El bautismo de fuego del generalato algorítmico puede convertirse en un nuevo Vietnam o en algo peor. Mientras tanto, Irán mantiene cerrado el estrecho con drones que salen 20 mil dólares y se producen a escala industrial. No es sólo una derrota táctica, es una cachetada en el rostro soberbio de un puñado de personas que quieren apropiarse de todo.

4.

Hasta Nueva York viajó Javier Milei, junto a una numerosa comitiva, después de firmar en Miami un compromiso, como país, a servir de escudo a los Estados Unidos. La indecorosa participación del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y señora, en el viaje ocupó los principales titulares, más incluso que los insultos del presidente argentino a los empresarios más importantes del país. Hubo reuniones de alto nivel con ejecutivos de fondos de inversión, empresas de tecnología y el sector energético. Son las empresas de los centimillonarios. El balance de inversión extranjera directa, mientras tanto, sigue hundido en los peores valores del siglo.

La más importante pasó debajo del radar: el martes compartieron un panel el viceministro de Economía, José Luis Daza, con el subsecretario de Estado, Jacob Helberg. Helberg es ex asesor de Alex Karp, el CEO de Palantir, y ahora funciona de comisario político en el área que domina Marco Rubio, jefe de otra facción interna cuyas pretensiones sucesorias chocan de frente con las del candidato de Silicon Valley, el vice JD Vance. Helberg también es el impulsor de la doctrina Pax Silica para que Estados Unidos domine todos los eslabones de la cadena de la inteligencia artificial, desde los minerales hasta los algoritmos.

Bajo esa doctrina se escribió el acuerdo Quirno-Landau sobre lo que ellos llaman “minerales críticos” y para la Argentina representan recursos estratégicos, anunciado el 5 de febrero de este año, y que garantiza que la producción nacional de litio, cobre, cobalto y uranio, entre otros, tendrá como destino prioritario Estados Unidos antes que otras “economías que manipulan el mercado”, que es una forma elegante de hablar de China. Argentina "posee minerales que se han vuelto fundamentales para este nuevo mundo de la IA y la energía” dijo Daza en el panel junto a Helberg. Ya sabemos quiénes van a beneficiarse de ellos.

Cuando Milei dice "vamos a ganar la guerra" no está usando una figura retórica. Argentina firmó el Escudo de las Américas, que según el propio Trump implica el uso coordinado de "fuerza militar letal". Comprometió sus recursos estratégicos. Y la ampliación de los poderes de la SIDE por decreto, junto con los acuerdos de intercambio de datos con el FBI, integran a la Argentina en una arquitectura de vigilancia e inteligencia que no fue sometida a debate parlamentario. Las versiones sobre el envío de tropas a Medio Oriente salen de la Casa Rosada. Las conclusiones saltan a la vista.