Javier Milei viajó a Davos a escenificar el asesinato simbólico de Maquiavelo, como un alumno de secundaria que se cree más inteligente que su profesor, sin darse cuenta de que alrededor suyo, en el exacto momento que él daba su discurso ante un salón semivacío, el mundo a su alrededor estaba cambiando por la acción decidida de un Príncipe que actúa de acuerdo a la premisa que el escritor florentino había planteado hace más de medio milenio: “es más seguro ser temido que amado, si no se puede ser las dos cosas al mismo tiempo” porque “los hombres temen menos ofender al que se hace amar que al que se hacer temer”. La pregunta obligatoria y evidente es: ¿alguien que lee tan malamente la política internacional y no muestra siquiera la voluntad de proteger los intereses del país, está en condiciones de conducirlo en la tormenta que tenemos por delante?
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“¿Quién puede decirle que no?”, es la frase que eligió la agencia Reuters para titular un reporte muy completo sobre la adhesión al nuevo Consejo de la Paz de Donald Trump, para el que fueron consultados 16 líderes mundiales, “incluyendo políticos y delegados de naciones árabes, países de América Latina y Europa en el Foro Económico Mundial de Davos”. Las respuestas, advierte el cable, fueron “bastante consistentes”. Muchos de los funcionarios consultados admitieron que aceptar la invitación de Trump “se sentía menos como una opción que como algo inevitable”. El presidente de Estados Unidos es temido antes que amado. El temor no es excusa, sin embargo, hubo países como España y hasta Francia, que rechazaron la invitación. Y otros que expresaron buena voluntad o adhesión evitaron salir en una foto que puede pasar a la historia universal de la infamia.
A esta altura del partido está claro que el Consejo de la Paz no tiene que ver con gestionar la transición en la franja de Gaza, donde el yerno de Trump proyecta construir resorts de lujo sobre campos de la muerte, sino con horadar la poca legitimidad que le queda a la ONU, donde comparte el poder de veto con China, Rusia, Francia y Gran Bretaña, para reemplazarlo por su autoridad personalísima. “Algunos líderes europeos expresaron su inquietud por elementos del borrador de estatuto de la junta, en particular las disposiciones que parecen concentrar el poder de decisión en Trump”, informa Reuters. Un diplomático europeo que tuvo acceso al reglamento del nuevo organismo, lo describió como “una pesadilla” y agregó que “las estrictas normas del estatuto para destituir al presidente de la Junta de la Paz parecían diseñadas para posicionar a Trump en el cargo de por vida.”
Todos sus movimientos indican que Trump se está preparando, en el mediano plazo, para una guerra generalizada, en la que tendrá el rol beligerante, y que este Consejo de la Paz será el instrumento para saber quiénes están en su equipo y quiénes no. Adherir significa elegir el bando de los responsables del genocidio en Gaza; de los que bombardearon Caracas y secuestraron a Nicolás Maduro; de los que planean, por estas horas, otra guerra en Medio Oriente; de los que amenazan con sanciones comerciales a todos los países que no quieren alinearse con este tren fantasma que se desliza, cada vez más rápido, por vías que terminan en un precipicio para toda la humanidad. En una columna satírica, el Financial Times comentó una foto del Consejo: “Si estos tipos pueden dirigir una iniciativa de paz, el Cártel de Sinaloa puede dirigir Narcóticos Anónimos”.
Mark Carney llegó a ser primer ministro de Canadá gracias a Donald Trump. A fines de 2024, después del extenso gobierno de Justin Trudeau, el Partido Conservador, en la oposición, aparecía como favorito para las elecciones que debían celebrarse al año siguiente. En algunos casos, con ventajas de más de veinte puntos en las encuestas sobre el oficialismo, que promovía a Carney como candidato. Todo cambió cuando asumió Trump y amenazó con transformar a Canadá en el Estado número cincuenta y uno de la Unión. El eje de la elección cambió por completo, de política doméstica a posicionamiento respecto a la amenaza que llegaba de Washington. En abril, finalmente, y tras una remontada asombrosa, el Partido Liberal se impuso holgadamente. Esto no es un detalle menor para leer el discurso que dio en Davos. Ponerle un freno a Trump está en su contrato electoral.
Todos se sorprendieron cuando escucharon su autocrítica: “La historia del orden internacional basado en reglas es parcialmente falsa”, dijo, una “ficción útil” ya que esas reglas se aplican de forma diferencial entre los poderosos y los débiles, para beneficio de los poderosos. “Nosotros participamos de esos rituales y en gran medida evitamos señalar la brecha entre la retórica y la realidad. Este pacto ya no funciona”. El primer ministro canadiense sentenció: “Esto no es una transición, estamos en el medio de una ruptura” y esa ruptura no se soluciona con “adaptación” sino siendo “honestos respecto del mundo tal cual es”. El remate resonó en todo el mundo: “Sabemos que el viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero creemos que de la fractura podemos crear algo más grande, mejor, más fuerte y más justo”.
Que Carney sea, como es, ex banquero central de Canadá e Inglaterra, con todo lo que eso implica, no le quita valor a sus palabras sino que, por el contrario, le da un peso específico superior a cuando conclusiones similares salen de la boca de dirigentes que siempre cuestionaron el orden neoliberal. Es, quizás, el primer desertor de ese orden en el proceso de ruptura que se aceleró en el comienzo de 2026. Habla con conocimiento, desde las entrañas del monstruo, pero lo hace con más ubicación en tiempo y espacio, claridad conceptual y coraje que muchos dirigentes con pedigree antiimperialista. No hay que hacerse fanático de un banquero que rinde pleitesía a la corona británica para reconocer que si su discurso resonó con la potencia que no tuvieron otros, es porque fue uno de los pocos que eligió hablar del mundo que vivimos y no el que les gustaría vivir.
Adicionalmente, en boca del primer ministro de Canadá, esas palabras tienen un efecto diferente que si las dice, por caso, Lula o Xi Jinping. En primer lugar porque Canadá es el país con mayor frontera terrestre con Estados Unidos, con quien tienen una historia en común y una larga alianza estratégica. En segundo lugar porque Carney no sólo dice sino que también hace. Antes de viajar a Davos estuvo en Beijing, donde firmó un acuerdo de “asociación estratégica” con China que incluye más de treinta tratados comerciales. Aunque la mayor parte de las actividades del viaje no fueron públicas, el gobierno canadiense se encargó de difundir breve un recorte del discurso que dio el premier canadiense en un encuentro con autoridades chinas, en el que dice: “El progreso que hemos hecho en esta asociación nos prepara bien para el nuevo orden mundial”.
Y en tercer lugar porque Carney, como dijimos, fue jefe de dos bancos centrales, y como tal sabe el poder que tienen ciertas palabras: un banquero central puede destruir una economía con una oración. En la semana, la prensa canadiense contó que, a diferencia de lo que suele hacer, el discurso de Davos el primer ministro lo escribió solo, sin ayuda de sus asesores. Eligió personalmente las palabras. Y cuando el primer ministro de Canadá viaja a China, firma un acuerdo estratégico, habla de un nuevo orden mundial y luego va a Davos a anunciar el fin de la hegemonía de Estados Unidos, esas palabras no sólo describen una situación sino que la ponen en efecto, iniciando cadenas de reacción de consecuencias imprevisibles. La respuesta de Trump fue amenazar con aranceles del 100 por ciento, como hizo cada vez que se sintió encerrado.
El mensaje de Carney tiene un desliz fatal y para nada inocente. El “orden internacional basado en reglas” no se rompió cuando Trump amenazó a Groenlandia y a Canadá; ni siquiera cuando tomó Caracas por asalto. El “orden internacional basado en reglas” ya estaba roto y Trump simplemente se dio cuenta y sacó provecho. Determinar cuándo empezó a romperse conduce a un debate bizantino. Señalar cuándo y dónde terminó de estallar es más sencillo: fue el genocidio de Israel en la Franja de Gaza, que sucedió a la vista de todo el mundo y se ejecutó con la colaboración quienes hoy sienten demasiado cerca el aliento del monstruo que alimentaron, defendieron y con el que lucraron hasta que se volvió en su contra, como suelen hacer los monstruos. Si un “orden internacional basado en reglas” no sirve para evitar lo que sucedió en Gaza entonces no sirve para nada.
Es la misma disyuntiva que tenemos por delante en el país respecto de la democracia. ¿Si esa democracia que teníamos, cuyas ruinas habitamos, no sirvió para desarrollarnos, ni para alcanzar la justicia social, ni para darnos soberanía, ni para brindarnos una vida digna y un futuro tranquilo, entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos abrazamos al primer dictadorcillo que se cruce en el camino o tratamos de construir, desde los cimientos, una democracia más justa y soberana, más democrática, que su fallida versión neoliberal? ¿Si el orden internacional existente no sirvió para evitar el genocidio en Gaza, entonces nos abrazamos con Trump y con Benjamin Netanyahu en su carrera hacia la Tercera Guerra Mundial o nos abocamos a construir un orden más justo, más pacífico, que priorice el desarrollo de los pueblos antes que la acumulación infinita de dinero?
No son dos preguntas que puedan responderse por separado. Sólo un orden internacional más justo brinda las garantías para que los pueblos puedan autogobernarse y no queden a merced de los más poderosos, y al mismo tiempo se necesitan naciones y pueblos soberanos que puedan asociarse libremente para conformar ese orden mundial más justo. Ante la falsa oposición que nos proponen entre un neoliberalismo globalista que sustrae la soberanía de los pueblos y las naciones a través de la deuda y el ajuste permanente, y un neoliberalismo fascista que sustrae la soberanía de los pueblos y las naciones a través de la deuda, el ajuste permanente y la fuerza bruta desembozada, la tercera posición, a la que intuitivamente apuntaba Carney, que debería leer a Perón, debe ser una comunidad organizada de pueblos y naciones.
Hay 3000 supermillonarios, personas con más de mil millones de dólares, en el mundo, de acuerdo al último informe de Oxfam, publicado esta semana. Su fortuna conjunta se incrementó durante el último año un 16,2 por ciento, el triple que el promedio de los últimos cinco años. Eso significa que se les podría cobrar un impuesto por el 10 por ciento de todo lo que tienen y aún así tendrían un rendimiento anual para nada despreciable del 6,2 por ciento en dólares. Todo lo que se acumula en la punta de la pirámide falta en espacios y servicios públicos, en salarios deprimidos, en capacidad de regulación y control para que esos mismos beneficiarios del sistema cumplan las reglas que garantizan sus ganancias y paguen las contribuciones que les corresponden. En esa acumulación infinita debe buscarse el punto alrededor del cual giran todas nuestras crisis concéntricas.
