Combatiendo al Capital: la batalla por el futuro de la humanidad

El mundo está en manos de una casta de supermillonarios que ha perdido fe en el proyecto colectivo de civilización. La respuesta está en las luchas políticas, económicas y sociales, en los hogares, las oficinas, las fábricas y las esquinas.

31 de enero, 2026 | 20.40

Los ojos del mundo puestos en la Patagonia. La destrucción es masiva: más de 200 mil hectáreas arrasadas por el fuego esta temporada, mientras siguen activos los focos en Chubut, Neuquén y Río Negro. Brigadistas, bomberos voluntarios y vecinos combaten incansablemente a las llamas en malas condiciones: el presupuesto para 2026 fija para el Servicio Nacional de Manejo del Fuego una partida de 20 mil millones de pesos, consolidando una reducción del 70 por ciento respecto al año 2023, en caso de que se ejecute correctamente. El ahogo financiero a las provincias también limita la capacidad de prevención y contención de los incendios.

Esa motosierra impacta en logística, insumos, capacitación, mantenimiento de vehículos y herramientas, sistemas de alerta temprana y evaluación del peligro, en la cantidad de brigadistas y en sus salarios y condiciones de vida. El gobierno celebró la disolución del fideicomiso para la administración del Fondo Nacional del Manejo del Fuego y del Fondo de Protección de Bosques Nativos porque eso contribuía al superávit. El área pasó al ministerio de Seguridad, cuya titular está ocupado ejerciendo xenofobia de Estado en un spot donde se ríe de que el verano esté “calentito”. Por lo menos no cantó.

 

1.

Sin embargo, los ojos del mundo no miran al sur por el fuego, sino que tienen otros motivos. Nos enteramos por la filmación de un testigo que un avión oficial de la Fuerza Aérea de Estados Unidos aterrizó en Ushuaia, la capital de Tierra del Fuego, a más de 3000 kilómetros de Buenos Aires. Horas antes, Javier Milei había decretado, por sorpresa y sin explicaciones, la intervención del puerto de esa ciudad, una locación de carácter estratégico. En abril del 2024, Milei viajó hasta allí para recibir a la entonces jefa del Comando Sur, Laura Richardson y anunciar la construcción de un centro logístico compartido por los dos países.

La intervención se hizo de madrugada y con un despliegue llamativo de gendarmes en las instalaciones. En Tierra del Fuego la sospecha concreta es que ambos eventos están directamente relacionados. El secretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur del gobierno provincial, Andrés Dachary, habló en una entrevista de una medida tomada “con un objetivo netamente político de pleitesía”. El secretismo del gobierno nacional, tanto sobre la intervención portuaria como en lo que respecta a la visita (o las visitas, dado que no fue la única delegación norteamericana que estuvo en el país esta semana) es total.

La Embajada informó a posteriori que el motivo de la visita era trabajar “con funcionarios gubernamentales para abordar la degradación de entornos naturales, la tramitación de permisos para la gestión de minas y residuos, el procesamiento de minerales críticos, la investigación en salud pública y la seguridad médica". Ninguno de esos temas explica la parada en Ushuaia y los funcionarios del gobierno local no fueron contactados. Tampoco se conoce la identidad de los pasajeros del C-40: se supone que son legisladores, hubo versiones encontradas respecto a cuál era su rol. Por lo que sabemos, bien podrían haber sido aliens del área 51.

Mientras esto sucedía, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, daba una nota en la que explicaba, muy suelto de cuerpo, que “Trump va a garantizar la seguridad nacional en el hemisferio occidental”, “desde Estados Unidos hasta Tierra del Fuego” y sin “externalizarla a nadie”. Un par de semanas antes, hablando de Groenlandia, el asesor estrella Stephen Miller dijo que Estados Unidos debía hacerse cargo de la isla porque “Dinamarca es un país pequeño, con una economía pequeña y un ejército pequeño” y que porque nadie puede pretender soberanía sobre un territorio que no puede defender. ¿Por quién suenan las campanas?

Cada paso que avanza Donald Trump deja más claro que se está preparando para una guerra mundial: con Venezuela cerró el patio chico, Tierra del Fuego es la llave para cerrar el patio grande. Nearshoring de recursos, zonas colchón, incremento de la represión interna, aumento récord para el presupuesto del Pentágono, intervención estatal en complejos clave, desacople planificado de cadenas productivas. La presión sobre Irán puede leerse en el mismo sentido. El posible intento de golpe a Cuba también. Eso no significa que vaya a pasar, ni que vaya a pasar pronto, pero no darse cuenta y actuar en consecuencia es suicida.

 

2.

Hablando de la Tercera Guerra Mundial, otra noticia patagónica que pasó por debajo del radar. El gobierno de Río Negro le vendió 10 mil hectáreas cerca de Bariloche al príncipe qatarí Abdulhadi Mana Al-Hajri, que, dice, planea montar un complejo turístico de lujo “autosuficiente” con tres “microcentrales eléctricas”. Los muchachos mileistas que, desde aparatos de comunicación organizados desde adentro de la Casa Rosada combaten valientemente al Islam filmando a mujeres mientras caminan por la calle sin molestar a nadie no dijeron nada de esto, por lo que podemos deducir que hay suficientes petrodólares para todos.

Lo de autosuficiente llama la atención porque ¿para qué querría un complejo turístico ser autosuficiente? Además no es el único latifundio autosuficiente en manos extranjeras que hay en la Patagonia. Lago escondido, sin ir más lejos, el enclave de Joe Lewis en Los Andes está diseñado igualmente para poder subsistir en sí mismo, con acceso a agua potable, producción autónoma de energía y alimentos, todo en una zona paradisíaca, poco poblada y a priori alejada de los grandes focos de conflicto. Son exactamente lo que parecen. Refugios que prepara la élite por si las cosas salen mal.

En el slang de los super ricos es “el evento”. Puede tratarse de una guerra nuclear, otra pandemia, un accidente catastrófico o un cataclismo natural, el colapso de la infraestructura crítica que sostiene al mundo, una insurrección a escala planetaria o la psicosis colectiva causada por el descubrimiento de vida extraterrestre. Las hipótesis son muchas, pero lo cierto es que los más ricos y poderosos del mundo, los mismos que promueven y obtienen ganancias extraordinarias mientras conducen el mundo hacia esas crisis, se están preparando para lo que ellos llaman “el evento”, y que no es otra cosa que la ruptura sistémica del orden global.

La preparación para la distopía se ha convertido en una industria de lujo en auge. Un sector económica vibrante que capitaliza el miedo al fin del mundo que tienen los multimillonarios. Empresas de seguridad privada, arquitectos especializados en búnkers, corredores de bienes raíces en zonas remotas y paradisíacas. Para algunos, al final, crisis sí significaba oportunidad. La industria de construcción de refugios subterráneos está experimentando un boom: el mercado pasó de 1800 millones de dólares en 2024 a casi 11 mil millones el año pasado. El segmento de lujo lidera la tendencia, con el 70 por ciento del valor total.

En República Checa existe The Oppidum, un complejo bajo tierra construido sobre una antigua instalación militar soviética que cuenta con 30 mil metros cuadrados de espacio, incluyendo departamentos privados, spa, cines, bodegas de vino, jardines subterráneos con iluminación que imita el espectro solar y galerías de arte seguras.  Venden membresías como “el búnker más grande y lujoso del mundo”, pero tienen competencia. Este año, cerca de Washington DC, abrirá sus puertas Aerie, una “fortaleza subterránea de alta gama” que ofrece un apocalipsis de cinco estrellas a poco más de 600 miembros que abonen la suma de 20 millones de dólares.

 

3.

Siempre hay un nivel más. En lugar de encerrarte en un pozo en la tierra podés aislarte en tu propio confín del mundo. Mark Zuckerber está construyendo Koolau Ranch en la isla de Kauai, en Hawai. Será una ciudadela autosuficiente en el medio del Océano Pacífico. El complejo incluye un refugio subterráneo de casi 500 metros cuadrados, equipado con sus propios suministros de energía y alimentos. La propiedad cuenta con actividades agrícolas y ganaderas que garantizan autonomía. Zuckerberg usa la riqueza que extrajo de la conectividad global para construir una barrera que lo separe del mundo.

Nueva Zelanda es un sitio donde los más ricos y poderosos creen que podrán ponerse a salvo del “evento”, a tal punto que la frase “comprar una casa en Nueva Zelanda” se volvió un código entre iniciados para hablar sobre los preparativos para la catástrofe. Se estima que la mitad de los oligarcas de Silicon Valley hacen planes para el apocalipsis. La Patagonia es otro lugar elegido para esos planes, desde hace muchos años. Además de Joe Lewis, están los grandes latifundios de Ted Turner y Jane Fonda, de George Soros, de Joe Wells. El mayor poseedor de tierras patagónicas es el grupo Benetton, que tiene 920 mil hectáreas

Pero siempre, siempre hay un nivel más. Por algo Elon Musk y Jeff Bezos, dos de los tipos más ricos del planeta, llevan muchos años invirtiendo mucho dinero en hacer viable tecnológica y económicamente la colonización de Marte. El mundo está en manos de una casta de supermillonarios que ha perdido fe en el proyecto colectivo de civilización y apuestan todo a la aceleración de una escatología de la abundancia: la esperanza de que en esa carrera desesperada hacia el futuro podrán acumular suficiente riqueza y construir refugios suficientemente fortificados para sobrevivir el colapso que ellos mismos están provocando.

El resultado es una profecía autocumplida. Los 50 mil millones de dólares proyectados para el mercado de búnkeres en el 2031 podrían financiar proyectos de infraestructura de energía renovable a escala monumental. Los ocho o diez mil millones de dólares anuales gastados en superyates podrían financiar programas globales de adaptación climática, o de educación, o de nutrición de millones de niños. La fortuna acumulada de los supermillonarios, cerca de 18 billones de dólares, podría transformar continentes enteros si se le diera una función social y orientada al desarrollo y no meramente a la acumulación.

La pregunta, por lo tanto, no es si los super ricos van a sobrevivir al apocalipsis, ni qué vino van a tomar para celebrarlo. La pregunta es qué vamos a hacer colectivamente para prevenirlo en primer lugar. Y esa es una pregunta que no puede responderse en búnkeres subterráneos ni en islas remotas ni en la superficie de Marte, sino que deberá encontrar respuesta en las luchas políticas, económicas y sociales, en los hogares, las oficinas, las fábricas y las esquinas, en los espacios que todavía compartimos, que resguardamos, que mantenemos a salvo del yugo del capital, porque no hay otra forma de responderla que no sea colectiva.

 

4.

Terminó rápido y mal el estrellato de Greg Bovino, el enano fascista que comandaba los operativos de ICE en Minnesota. Donald Trump lo corrió de ese lugar y aparentemente en algunas semanas, cuando baje la espuma, lo espera el retiro. No fue el único cambio. Se redujo la cantidad de efectivos desplegados y ahora la orden es concentrarse únicamente en personas con causa legal para ser deportados, criminales y “amenazas para la seguridad nacional”. Tienen prohibido “interactuar con agitadores” o entablar contacto con las protestas. Es una desescalada notable, aunque difícilmente definitiva. Antes de Minneapolis fue Chicago y antes Los Ángeles y cada vez la violencia escala un poco más alto.

Los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti, y la pésima reacción del gobierno federal en ambos casos, hizo insostenible el relato oficial. Dos víctimas blancas y de clase media, una madre de tres, el otro enfermero en un hospital de veteranos, pegaron bajo la línea de flotación de la narrativa de lucha contra un cartel de inmigrantes. Tampoco encajan en el encuadre de guerra contra la izquierda radical, a pesar de las campañas de fake news post mortem contra ellos. Cuando intentaron excusarse en que Pretti portaba un arma de fuego, un derecho constitucional que es parte del núcleo ideológico de la derecha yanqui, todo se les vino abajo.

Pero antes que ellos, el 3 de enero, en una de las cárceles de ICE (o deberíamos empezar a llamarlos campos de concentración) en Texas, murió Geraldo Lunas Campos, un inmigrante cubano de 55 años. El forense calificó la causa de muerte como homicidio. Eso concuerda con el relato de los testigos que dicen haber visto cómo un grupo de guardias lo ahorcaba mientras él gritaba que no podía respirar. En 2024, el último año del gobierno de Trump, hubo 12 muertes bajo custodia de ICE. En 2025 el número se fue a 32 casos. En enero de 2026 se denunciaron seis muertes, aunque esa cifra es provisoria y podría crecer.

No puede extenderse automáticamente a todos los casos, pero es una coincidencia significativa que ni Good, ni Pretti, ni Lunas Campos hubieran sido asesinados si no hubieran resistido la violencia de ICE. Renee Good estaba bloqueando una calle con su vehículo para dificultar una redada. Pretti estaba filmando cómo reprimían violentamente una protesta. Todo quedó registrado en video. En el caso de Lunas Campos, el relato de los testigos, fue golpeado y asfixiado entre cinco policías después de resistirse a ir a una celda de aislamiento porque no tenía consigo sus medicamentos para el asma. La desobediencia se castiga con pena de muerte.

En este contexto, el triunfo del pueblo de Minnesota, aunque sea parcial, debe celebrarse y entenderse, para tomar lecciones que alimenten la resistencia en otras partes, dado que este es un proceso de alcance global. En este caso la clave debe buscarse en la exitosa desnormalización del fascismo. El logro más importante de la extrema derecha en la última década no fue ganar elecciones sino normalizar su agenda y sus posiciones hasta volverlas aceptables, o al menos tolerables, por la mayoría.  Eso fue la gran normalización: el proceso que nos lleva a aceptar como inevitables cosas que hasta hace poco eran inimaginables.

 

5.

Estamos más acostumbrados a mirar que a escuchar pero les pido que la próxima vez que vean un video de la resistencia en Minnesota suban el volúmen y presten atención. Van a escuchar ruido. Bocinas y silbatos, mayormente. Ruido. Alarmas para advertir a las personas en riesgo de ser blanco de las redadas que ICE está llegando y deben buscar refugio. Pero tienen otra función fundamental: alteran la normalidad. Rompen la ficción de una rutina cotidiana en la zona de interés. Le recuerdan a todos que son una comunidad viviendo bajo asedio y que se organiza para hacerle frente a un agresor.

Esa organización tuvo lugar a través de las instituciones y los lazos que aún tenemos: sindicatos, asociaciones civiles, iglesias, comunidades escolares, vecinos; pero también utilizando las herramientas tecnológicas de esta época, desde programas de mensajería encriptados hasta aplicaciones programadas especialmente para y por los que conforman esa resistencia. Se organizan fondos para repartir entre los más necesitados, se brinda asesoría legal, se coordina entre vecinos para hacer las compras u otras tareas que se volvieron peligrosas para algunos. Grupos armados armaron barricadas para crear zonas “liberadas” de ICE.

La desnormalización llegó también a los grandes medios norteamericanos que se habían negado, hasta ahora, a usar ciertas palabras con las que suelen ser generosos cuando hablan de otros países pero bastante tímidos cuando hablan del propio. El New York Times habló la semana pasada de “terrorismo de estado” en el título de una de sus notas centrales, mientras que en The Atlantic, Jonathan Rauch, un columnista que varias veces había argumentado en contra de comparación de Trump con ciertos fenómenos del siglo XX, escribió un artículo que tituló “Sí, es fascismo”, en el que argumenta detalladamente por qué cambió de opinión.

Las palabras correctas, dichas sin miedo, también ayudan a captar la excepcionalidad y a combatirla. Luchar contra la normalización, revertir los retrocesos, construir nuevos consensos basados en valores en común, que ellos enuncian mientras los mean: el trabajo, la familia, el orden, la libertad, la propiedad privada como vehículo del progreso de toda la sociedad, la dignidad de la vida humana. Y organizarnos alrededor de eso. Va a ponerse más oscuro antes de aclarar pero si dejamos de hacer de cuenta que no pasa nada, nada es inevitable. El fascismo neoliberal es un boxeador con mano pesada y mandíbula frágil.

 

6.

Hace una semana estábamos todos sorprendidos por un discurso multipolarista del primer ministro de Canadá. El fin de semana pasado nos emocionamos viendo un spot viral del Partido Verde inglés. Voy a ser muy claro: me importa un bledo el primer ministro de Canadá. Me ne frega el Partido Verde inglés. Realmente ese no es el punto. El punto es ¿por qué estas voces que solían resultarnos tan ajenas ahora nos interpelan? ¿Por qué sentimos que nos hablan a nosotros? La respuesta es interesante porque no difiere mucho de la respuesta de otra pregunta que nos venimos haciendo desde hace varios años: ¿por qué votan a Milei/Trump/etc?

A esta altura es obvio que el mundo cambió. Que es muy distinto al que era hace pocos años. Nuestras vidas también cambiaron y son muy distintas a lo que nos habían prometido. Los que nacimos el siglo pasado crecimos con la promesa, algo abollada pero todavía presente, de que el esfuerzo tenía una retribución, de que había reglas hechas para protegernos, derechos que nos correspondían como laburantes y como personas, de que existía un sistema que debía mejorarse pero funcionaba, que eso nos brindaba ciertas garantías y certezas sobre el futuro. Bueno, eso ya no existe más.

La derecha supo leer ese cambio. Los discursos de Trump, Milei y compañia parten de la base de que ya no hay una estructura posible que nos incluya a todos, por lo tanto la competencia entre pares por pequeñas migajas de privilegio es norma antes que la cooperación. A partir de allí buscan chivos expiatorios, hacen diagnósticos errados y ofrecen soluciones falsas pero atractivas. Mientras tanto la alternativa sigue siendo aferrarse a esa estructura, cada vez más chica, más débil y más impotente, cuidar los restos de un status quo en ruinas y que no contenta a nadie, con la esperanza de que el paso del tiempo le devuelva alguna vez el lustre perdido.

Los discursos de Carney o del Partido Verde inglés resuenan porque empiezan a hacer foco en el mundo tal cual es y no cómo fue o cómo nos hubiera gustado que fuera. Como dijo Carney: “La nostalgia no es una estrategia”. De alguna manera, lo que proponen estos mensajes, es que reconozcamos la gravedad de la situación y construyamos una nueva estructura que pueda albergarse a todos, en vez de dejarnos la vida defendiendo algo que ya no funciona y no va a volver a funcionar. Significa reconocer que somos víctimas de una agresión, que ese deterioro no es natural ni inevitable sino que es causado por quienes se benefician de él.

 

7.

Un argumento perezoso pero habitual contra la idea de aumentar radicalmente la tributación de los super ricos es: “Lo único que se les ocurre es sacarle a los otros”. El problema es que invierte la relación de causa y consecuencia. Los que sistemáticamente están obteniendo rentas extraordinarias (“sacarle a los otros”) desde hace al menos una década y media sin los super ricos. Ellos tienen cada vez más, los otros tienen cada vez menos. Lo entiende hasta un niño de primaria. Y no, no es lo único que se nos ocurre. Hay otros problemas que resolver, pero ninguno va a resolverse mientras haya tanto poder y capital acumulado en tan pocas manos.

Vivimos en una época de crisis. Hay crisis económica, crisis política, o varias crisis políticas al mismo tiempo, hay crisis sociales, hay crisis migratoria, crisis de infraestructura, crisis de vivienda. Tenemos crisis en el trabajo, crisis en la escuela, crisis en las familias, crisis de natalidad. Hay crisis tecnológica, crisis psicológica, crisis institucional. Vivimos con crisis de sueño, crisis de la libido y en algunos casos hasta crisis de identidad. Sufrimos crisis de la atención, experimentamos una crisis de la verdad y leemos sobre la crisis de la imaginación y de la autoridad. Hay crisis de soberanía. Crisis de hegemonía. Crisis de representación.

¿No habrá algo más? Guillermo de Occam nos diría que no: “no deben postularse pluralidades innecesarias”. O dicho en criollo, la explicación más sencilla suele ser la correcta.Y en este caso la explicación más sencilla para porque hay muy pocas personas que tienen cada vez más y miles de millones a los que no le va quedando ni la promesa de que todo esto tiene un sentido y que el sacrificio traerá retribución. No hay un punto de equilibrio para esto. O le damos una solución al problema que causa y acelera las crisis de nuestra época, o esas crisis terminarán con nosotros. Si no nos salvamos nosotros, entre nosotros, no nos salva nadie.

La corrupción desembozada de esta élite inmoral, desclasada y apátrida debería servirnos de faro para la organización. La máscara de la meritocracia se cayó. Por otra parte resulta evidente que este modelo es deficitario en términos estratégicos respecto de otras economías que privilegian la reinversión a la valorización financiera. A esta altura ya no existen razones morales ni prácticas para sostener el privilegio de la acumulación infinita de capital excepto la asociación espuria entre los que hacen y hacen cumplir las reglas y los que se benefician de que no existan límites, a costa nuestra y poniéndolo todo en riesgo.


 

8.

Llegamos al punto de la cuestión. Lo que está en juego es más que la democracia. Lo que está en juego es más, incluso, que la idea misma de que el poder emana de la voluntad popular. A lo mejor, Milei, en algún punto, no estaba equivocado sino que habló sobre el futuro: “Maquiavelo está muerto”. No más política. Sólo gobernanza algorítmica. Autoritarismo de mercado. Pero lo que está en juego es incluso más que eso. Es nuestra supervivencia como especie y como planeta, de máxima, y de mínima nuestra autonomía absoluta y la idea de que como sujetos tenemos algún tipo de derecho o prerrogativa, por mínima que sea.

No se trata solamente del riesgo al holocausto nuclear, que hoy vuelve a aparecer en el horizonte como un espectáculo probable, alimentando la industria del búnker. También es el riesgo de un planeta arrasado por cataclismos naturales, que causarán, con cada vez mayor frecuencia y más intensidad, sequías y hambrunas, destrucción y desplazamientos masivos. Pero sobre todo el riesgo del dominio total por parte de los super ricos. Tienen los recursos. Tienen las herramientas. Y tienen un plan, que están llevando a cabo: quieren acabar con la democracia y convertir todo ámbito público en gestión privada. Eso está a la vista.

Pero hay una capa más de profundidad en este abismo. Esto va a ponerse raro, aguantenme. Uno de los intelectuales más influyentes del trumpismo, los super ricos y Silicon Valley es un tipo que se llama Nick Land. Está loco como una cabra pero tiene algunos conceptos que son muy útiles para entender qué pasa en los búnkeres de lujo, los super yates, las islas privadas, los lugares donde toman decisiones las personas que están diseñando el futuro del planeta a su imagen y semejanza. Y el concepto más interesante que suma Land al análisis de esta época es una lectura novedosa de la idea de capital.

Para Land, y aquellos que fueron influenciados por su pensamiento, el capital es una inteligencia autónoma. Un ente ajeno a lo humano. Lo compara con los horrores que describe en su obra el autor de terror cósmico Howard Phillips Lovecraft: criaturas de otra dimensión que acechaban eternamente a la humanidad esperando la oportunidad, la brecha, para invadirnos y corromperlo todo. Lo llamativo es que ante este diagnóstico la propuesta de Land sea acelerar esa invasión. En los cuentos de Lovecraft, los humanos que descubrían el secreto de estos seres cósmicos enloquecían y terminaban sirviendo a sus designios.

El filósofo que hace de intelectual orgánico para Silicon Valley va un paso más allá: dice que el capital es una idea que se comporta como un virus en el tiempo, reproduciéndose y multiplicándose y ocupando todos los espacios de nuestras vidas para propiciar una aceleración que empuje hacia la singularidad, que es la creación de una super inteligencia artificial capaz de conquistar la galaxia y la inmortalidad. Y que fue esa super inteligencia artificial la que, desde el futuro, envió en el tiempo hacia atrás la idea de capital para fomentar esa aceleración: más capital financia nueva tecnología que genera más capital que financia nueva tecnología.

En esta filosofía, el rol de la humanidad es apenas el de “puente” para llegar a ese momento. La metáfora de un medio para un fin nunca fue más clara. Land habla de “bootloader”, como esos programas pequeños que descargás en la computadora para instalar un programa más grande, que es el que importa, y después de borran. Bueno, después nos borran. La humanidad quedó subyugada a ser un medio para un fin, insumos, herramientas; el capital es soberano. Un ente extraño que comenzó ofreciendo una relación de simbiosis pero terminó parasitando a su huésped y ahora amenaza con destruirlo o someterlo totalmente.

 

9.

En una entrevista el año pasado con el New York Times, Peter Thiel dio una entrevista en la que habló sobre sus planes para el futuro y en un momento le preguntaron: “¿Preferirías que la raza humana sobreviva, no es cierto?”. Thiel dudó y balbuceó por varios segundos antes de responder, al punto que el entrevistador remarcó que estaba dudando demasiado ante semejante pregunta. “No lo sé”, responde entonces el fundador de Palantir, “hay tantas preguntas implícitas en esto”. Y el entrevistador repregunta: “¿La raza humana debería sobrevivir?” y Thiel responde esta vez: “Sí, pero también quiero solucionar otros problemas”.

“El transhumanismo es el ideal, es esta transformación radical donde tu cuerpo humano natural se transforma en un cuerpo inmortal. Y hay una crítica a, digamos, las personas trans en un contexto sexual o, no sé, travesti es alguien que se cambia de ropa y se viste de mujer, y un transexual es alguien que cambia su pene en una vagina… podemos debatir qué tan bien funcionan esas cirugías. Pero queremos más que eso. La crítica no es que sea raro o antinatural. Es tan patéticamente pequeño y queremos más que vestirse de mujer o cambiar los órganos sexuales. Queremos que puedas cambiar tu corazón, tu mente y todo tu cuerpo.”.

La parte que Thiel no dice, pero que cualquiera que asome la nariz al mundo un segundo se da cuenta, es que esa tecnología, la posibilidad de vivir más años, de reemplazar órganos, tener superpoderes o conquistar la galaxia, si alguna vez sucede, si todo no termina de manera catastrófica, va a ser sólo para esa pequeña casta de no más de algunas decenas o centenas de personas, mientras que el resto de la humanidad no tendrá acceso, como hoy no tiene acceso a tantas cosas limitadas para los más ricos. La clase de estructura social que hizo posible la salud pública, por ejemplo, es una de las primeras cosas que está dejando de existir.

La tendencia a la acumulación y concentración infinita son la conducta natural del capital cuando no es controlado. En ese proceso la humanidad es en el mejor de los casos un instrumento descartable y en el peor un estorbo a eliminar. El neoliberalismo fue la guerra de emancipación del capital contra la humanidad. El fascismo neoliberal, del que, si no surgen contrapesos, aún estamos viendo sus primeros capítulos, es la etapa genocida de esa guerra. En Gaza, en Minnesota, en cada refugiado, en cada niño desnutrido, en los viejos que mueren sin medicamentos, en cada hombre y mujer que sucumbe ante la trituradora.

Es imprescindible volver a enjaular al capital. La única forma de hacerlo es con política y el único sentido que tiene hacer política en esta época es dar esa batalla. Todas las consideraciones adicionales deben estar subordinadas a esa. Fingir que otra cosa es posible implica perder un tiempo que no tenemos. Hay que recuperar el poder político de manos de los super ricos: regular fuertemente el lobby y las puertas giratorias, promover la independencia de los medios y redes, reforzar mecanismos de transparencia y rendición de cuentas, establecer límites al financiamiento privado, fomentar la participación ciudadana, revisar deudas.

Nada de eso va a ser posible si no se le pone un límite al poder y a la acumulación de capital. El núcleo de todas las crisis y la mayor amenaza para la humanidad. A esta altura del partido no alcanza con proponer que los super millonarios paguen más impuestos; es necesario poner un tope a la riqueza. Rousseau, en su Contrato social, planteaba que nadie puede ser tan rico como para poder comprar a otro ni nadie tan pobre como para verse obligado a venderse. No sé cuál es el valor adecuado, cuántos millones de dólares marcan la línea roja. Eso es tarea para especialistas. Pero sé que poner un límite es cuestión de vida o muerte.

Sé que no hay nada que justifique en términos de utilidad económica, política o social que alguien con 1000 millones sume un sólo dólar más a su cuenta. Mucho menos reviste ningún tipo de justicia. Sé qué efecto tendría invertir masivamente ese excedente en desarrollo sostenible en todo el planeta, empezando por los más postergados: infraestructura, educación, viviendas, cadenas productivas que consoliden un modelo diferente. Y sé que nada de eso va a pasar por las buenas. Por lo tanto y por todo lo dicho creo que es hora de que empecemos a discutir entre todos que la acumulación infinita constituye un delito de lesa humanidad.