Hasta el triunfo de Gustavo Petro, en 2022, Colombia, disciplinada, fue siempre una pieza estratégica clave en el diseño de dominación que Estados Unidos se trazó, en el siglo XVIII, para expandirse y ser un Imperio. Se la conocía como la Israel de América, tal era la solidez de su alianza militar con Washington.
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Su ubicación geográfica es extraordinaria. Integra uno de los nueve nodos de convergencia, conexión y distribución clave del planeta. Para dimensionar su importancia, sólo basta tener en cuenta que otro de esos nueve puntos es el área vinculada al estrecho de Hormuz.
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Colombia es un epicentro natural para la logística relacionada no sólo con el comercio sino sobre todo con la seguridad y la defensa. Es bioceánica: tiene costas en el Pacífico (con proyección a Asia) y en el Mar Caribe, o sea, acceso al Océano Atlántico (con proyección a Europa y África).
Es además un puente natural entre el norte y sur de las Américas. Su ubicación equidistante del resto de las naciones la habilita para ser un inigualable centro de conexión, por ejemplo, para las compañías aéreas.
Es evidente, entonces que, para EEUU, una Colombia estable y dominada, que le permita monitorear a los países caribeños y sudamericanos, ha sido siempre fundamental.
Si vamos a la Historia, al menos dos veces, la Casa Blanca intervino brutalmente contra Bogotá para desviar el curso de su destino. Una fue entre el siglo XIX y el XX, especialmente durante la presidencia de Theodore Roosevelt. La otra, cuando ya había terminado la Segunda Guerra Mundial y Washington estaba jugando fuerte para definir la estructura que tendría el nuevo orden internacional, el mismo que hoy está en declive.
La Colombia amputada
Desde el siglo XV, cuando el poder mundial se trasladó hacia el Atlántico Norte, estuvo claro para todas las potencias europeas que hacía falta un paso interoceánico que fuera más amigable que el estrecho de Magallanes y el pasaje de Drake. A la corona española le llevaba 60 días trasladar el oro de Perú hasta sus arcas en Madrid (y esto en caso de que la furia climática del sur americano lo permitiera).
Panamá (que era una provincia colombiana), Nicaragua y el istmo de Tehuantepec en México estuvieron en la mira de las potencias durante décadas, pero no existían todavía los avances tecnológicos en la ingeniería civil que permitieran construir un canal que uniera los océanos.
A fines del siglo XIX, la tensión entre Reino Unido, Francia y EEUU por dominar esos espacios estratégicos crecía año a año. En 1880, la francesa “Compañía Universal del Canal Interoceánico de Panamá” había logrado construir una compleja red de esclusas necesarias para compensar el desnivel existente entre el Pacífico y el Atlántico. Pero, víctima de una serie de operaciones de prensa que afectaron su imagen y de maniobras de corrupción, la “Compagnie” terminó en la quiebra.
El presidente Roosevelt y su amigo J. P. Morgan vieron la oportunidad de quedarse con el canal, pero no estaban dispuestos a discutirlo, ni compartirlo con quien gobernaba esas tierras: Colombia. Desde 1850, EEUU venía conspirando y realizando operaciones militares (hubo 50 desembarcos en esa zona) para apropiarse del paso interoceánico panameño y no pensaba cederlo.
Hubo una operación en dos direcciones: 1) convertir a Panamá en un país autónomo y 2) comprarles el canal a los franceses.
Washington instigó a un sector de la burguesía panameña a independizarse con la promesa de que, separados de Bogotá, harían grandes negocios. La conspiración ganó terreno y el 3 de noviembre de 1903 Panamá declaró formalmente su “independencia”, velozmente reconocida por Francia y EEUU. Por las dudas, el Pentágono ya había estacionado varios buques de guerra frente a las costas de Panamá.
El gobierno colombiano, debilitado por una larga guerra civil (1899-1902), no supo defender su propio territorio. Y casualidad o no, el cable que comunicaba la provincia panameña con Bogotá estuvo dañado aquellos días de noviembre. La noticia de la secesión le llegó al presidente colombiano tres días después, cuando ya países como Argentina y Brasil también habían reconocido al nuevo país.
Quince días después, con la ayuda del banquero Morgan, la Casa Blanca compró la concesión francesa quebrada por 40 millones de dólares, un precio 60% menor de lo que se había invertido. El acuerdo se firmó el 18 de noviembre de 1903.
El nacimiento de la OEA
El 9 de abril de 1948 fue una bisagra en la historia colombiana y de América Latina. Jorge Eliécer Gaitán, un muy carismático político de izquierda con todas las perspectivas para ser presidente de Colombia, fue asesinado por un individuo que le disparó a quemarropa. Como en el caso de John F. Kennedy, el criminal fue ultimado poco después.
El asesinato de Gaitán provocó una masiva rebelión popular conocida como El Bogotazo. La multitud enfurecida atacó y cercó el edificio del Congreso donde sesionaba la IX Conferencia Panamericana (convocada por EEUU con el fin de presionar a los países del continente para crear la OEA y así consolidar su hegemonía continental). Los delegados de los países –incluyendo al poderoso general norteamericano George Marshall, que presidía el evento– huyeron por las puertas laterales y debieron ser escoltados por el ejército hasta sus embajadas para no ser linchados.
La alta burguesía colombiana y Washington detestaban las propuestas de Gaitán. El político tenía un fuerte discurso soberanista y antiimperialista, además de proponer importantes reformas a favor de los trabajadores y en contra de las multinacionales extranjeras.
La sospecha de que el magnicidio fue una operación de la CIA nunca quedó desmentida. El crimen, sin dudas, fue funcional a los intereses de EEUU porque no sólo sirvió para acelerar la creación del organismo de control sobre nuestro continente (la OEA) con la excusa de que había que protegerse del avance de la Unión Soviética, sino que nunca más, hasta la llegada de Gustavo Petro en 2022, hubo en Colombia un presidente progresista que defendiera los intereses nacionales.
Dos testigos inesperados
Una nota de color: aquel fatídico 9 de abril, dos veinteañeros, entonces desconocidos, fueron testigos de los sucesos. Uno estudiaba periodismo en Bogotá y tiempo después fue Premio Nobel de Literatura: Gabriel García Márquez. El otro era un líder estudiantil, delegado de la Universidad de La Habana para un encuentro en la capital colombiana: Fidel Castro. Aquel día el joven cubano se encaminaba a una cita que nunca tuvo lugar: a las 14 horas había marcado, justamente, un encuentro con Gaitán.
Ya en el siglo XXI, Colombia siguió siendo la fortaleza del imperio. Con la excusa del combate al narcotráfico (como hoy lo hace Donald Trump) y a la guerrilla de las FARC, Bogotá autorizó la instalación, en territorio colombiano, de al menos siete bases militares totalmente controladas por el Pentágono.
En la actualidad, en esta especial coyuntura que vive EEUU, más que nunca el imperio necesita un colaborador leal e inescrupuloso para controlar la región. La continuidad de Iván Cepeda en la Casa de Nariño no le allanaría el camino. Si luego de la actual elección hay segunda vuelta (21 de junio), Colombia vivirá días aciagos, de enormes presiones y turbulencias como tantas otras veces en su historia.
