El sector energético está transitando un boom de inversiones y exportaciones, resultado de la continuidad en el desarrollo de Vaca Muerta desde 2012, una de las pocas políticas de Estado que sobrevivieron los cambios de gobierno. La minería está adquiriendo velocidad expansiva con proyectos que empezaron a madurar, a lo que se le sumó un marco legal muy beneficioso para las empresas. Y el agro está aportando su tradicional potencial cuando goza de un período climático favorable y precios internacionales atractivos.
El resto de la economía está en crisis, algunos sectores estancados y otros en un fuerte derrumbe, como la industria. La narrativa oficial, de Javier Milei y de un grupo de economistas, es que esta dinámica dual es la consecuencia necesaria de la transformación productiva que convertirá en potencia a la Argentina.
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Es la versión optimista de un proceso de veloz destrucción del entramado productivo y sociolaboral. En realidad, este comportamiento de la economía está mostrando, otra vez, que la Argentina está en camino de perder una nueva oportunidad de construir las bases de un sendero de desarrollo sostenible.
El modelo liberal-libertario colisiona con la realidad
El centro de análisis económico Equilibria presentó el informe “La economía dual”, en el que destaca que, en lo que va del gobierno de Milei, el Producto Interno Bruto (PIB) creció 6,5%. El aspecto distintivo de este aumento es que se explica por la expansión de unos pocos sectores –energía, minería y agroindustria-, mientras otros han caído fuerte –industria, construcción y comercio–. El saldo es que la mayoría de las actividades están estancadas o en firme retroceso.
Las actividades que más crecieron fueron la agroindustria (26%), minería y energía (23%), intermediación financiera (22%) y restaurantes y transportes (13%). Las caídas más relevantes fueron la industria (13%), la construcción (12%) y el comercio (2%).
El discurso liberal-libertario sostiene que esta evolución de destrucción masiva es la consecuencia virtuosa de la apertura de la economía, en la cual los sectores con ventajas competitivas “genuinas” –dotación de recursos naturales, por ejemplo Vaca Muerta y minería– avanzan, mientras que el resto retrocede porque sobrevivía por el proteccionismo. El costo sociolaboral y productivo de esta transformación se compensaría porque el capital y la fuerza laboral migrarían hacia los sectores más productivos y en crecimiento y, de este modo, la economía se convertiría en más dinámica y próspera.
En los modelos económicos de laboratorio puede funcionar pero, en la realidad argentina, colisiona con la estructura laboral, la distribución territorial y la utilización intensiva de capital en los sectores que lideran el crecimiento. Esto lo expresa el informe de Equilibria al mencionar que “los sectores en expansión generan poco empleo y el trabajo privado formal se contrae pese a que el PIB crece”.
Destrucción de empleo formal y avance del informal
La economía basada en evidencias y no en teorías –en este caso, las disparatadas de Milei– exhibe la falta de consistencia del modelo liberal-libertario. Los datos duros son contundentes: el empleo destruido en la industria –175.000 puestos de trabajo- no fue absorbido por los sectores en expansión; por el contrario, fue a buscar refugio en la economía informal o flexible, como el cuentapropismo en transporte (Uber, Cabify), el reparto de mercadería (Rappi, Pedidos Ya) o el comercio marginal (vendedores ambulantes y ferias barriales).
El movimiento económico más frecuente es que la producción y el empleo se muevan en la misma dirección. Ambas crecen o caen. Sin embargo, en la economía de Milei estas dos variables se han divorciado. La actividad crece pero el empleo privado se contrae. La cantidad de asalariados privados registrados descendió en unos 210 mil en este período.
El factor determinante de los efectos regresivos de esta organización económica es el pase de empleos industriales de media y alta productividad hacia empleos precarios en servicios no transables de baja productividad. Las experiencias propias y ajenas revelan que este tipo de diseño económico no deriva en países que puedan ingresar al club de los desarrollados.
La mencionada dualidad productiva se replica en el territorio, apunta Equilibria, porque crecen las provincias con minería e hidrocarburos no convencionales (Neuquén), mientras el resto del país registra caídas en actividad, empleo formal y cantidad de empresas. El informe concluye que esta “transformación (productiva) dista de ser virtuosa, la sustitución de empleo privado formal por empleo cuentapropista de baja productividad no es signo de desarrollo”.
El espejismo de los enclaves
El problema principal de la economía dual no es que algunos sectores crezcan y otros no. En cualquier proceso de transformación productiva existen ramas que lideran y otras que pierden dinamismo. La cuestión decisiva es si los sectores que avanzan arrastran al resto de la economía o si funcionan como enclaves desconectados del entramado productivo, laboral y territorial. En la Argentina de Milei está ocurriendo lo segundo.
Energía, minería y agroindustria generan más exportaciones, mejoran el saldo externo y muestran cifras de inversión relevantes, pero no construyen desarrollo. Para que eso suceda hace falta una estrategia estatal que convierta esos dólares en capacidad industrial y crecimiento del mercado interno.
Sin esa mediación política, el boom de recursos naturales termina reforzando una estructura desequilibrada. Un país puede exportar más petróleo, gas, litio, cobre, soja o maíz y, al mismo tiempo, destruir industria, cerrar pymes, precarizar empleo y fragmentar territorios. Esa es la trampa de confundir crecimiento sectorial con desarrollo nacional.
La ilusión liberal-libertaria con destino de frustración
La economía de enclave tiene una lógica conocida: concentra inversiones, demanda poca mano de obra directa e importa buena parte de sus insumos y maquinaria. La ilusión liberal-libertaria consiste en presentar esa especialización como destino virtuoso. En esa mirada, la Argentina debería resignarse a ser proveedora de energía, minerales y alimentos, mientras el resto de la estructura productiva se adapta como puede. El mercado interno deja de ser un objetivo de política económica y pasa a ser una variable de ajuste.
La consecuencia es una economía partida. De un lado, sectores exportadores con rentas extraordinarias, y del otro, una mayoría de empresas y trabajadores expuestos a la apertura importadora y la caída del consumo. La promesa oficial es que los ganadores terminarán derramando sobre los perdedores. La experiencia histórica enseña que eso no sucede.
La economía dual de Milei no es una etapa dolorosa pero necesaria hacia un país desarrollado. Es la restauración de una vieja estructura dependiente, ahora presentada con lenguaje de libertad económica y competitividad. Está en camino de convertir otra oportunidad histórica en frustración, porque el esquema económico libertario diseña un crecimiento para pocos y una crisis para muchos.
