Las telenovelas acompañan en situaciones de la vida cotidianas. Una trama que incluye enamoramientos, muertes y traiciones puede ser un canal para establecer una conexión inmediata con el público y recordarle que la ficción siempre se está nutriendo de la realidad. Al menos así lo vivió la investigadora y escritora Nora Mazziotti cuando encontró en el melodrama chileno Machos una historia que le hablaba directamente. En el programa, la madre del clan Mercader fallece tras un cáncer y deja a sus siete hijos varones al cuidado de un patriarca machista. "Lloré toda la novela. Me sirvió para mi duelo, porque había perdido a mi mamá hacía poco”, reconoció Mazziotti en diálogo con El Destape.
En una entrevista exclusiva, Mazziotti repasa su historia con las telenovelas, su amistad con el recordado autor Alberto Migré y su camino en la escritura, en medio de una actualidad crítica para la ficción argentina y el sector artístico.
¿Cuál fue tu primer acercamiento a las telenovelas?
- Desde niña fui espectadora de telenovelas, pero mis inicios en la investigación fueron por otro lado: los géneros populares enfocados en el teatro rioplatense de principios de siglo, como el sainete. Después pasé a las novelas de folletín y a las telenovelas. Lo que me fascinaba -y lo sigue haciendo- era cómo millones de mujeres veían esas historias con devoción y la facilidad del género para comunicarse con tantos públicos durante tanto tiempo. Ahora hay poquísimas novelas, pero antes casi todos los países latinoamericanos producían sus ficciones y esa tendencia terminó por extenderse a otras partes del mundo como Rusia, Corea del Sur o Turquía.
Mi otro acercamiento fue a través de la novela romántica, las Corín Tellado… Durante décadas se las consideró como literatura barata y para mujeres analfabetas. El menosprecio siempre estuvo, la academia y el periodismo pensaban que eran idiotizantes. Sin embargo, las mujeres las seguían viendo. Y después se incorporaron los hombres.
¿Qué historia incorporó a los hombres como público?
- Rolando Rivas, taxista, de Alberto Migré, que se emitió en los años 1972 y 1973. Ahí sí la telenovela dejó de ser algo vergonzante y los hombres empezaron a reconocerse como público.
¿Tu pasión por el género empezó con la figura de Migré?
- Recuerdo haber visto otras telenovelas, pero Migré marcó un punto de inflexión en mi vida. Él hacía una cosa que era muy maravillosa: presentar las novelas desde un living, en unos sillones sentaba a todo el elenco y él iba guiando el encuentro, contando cómo iba a ser la historia y haciéndolos hablar a los actores. Todo lo que hizo Migré tenía un estilo muy cuidado.
Su exposición rompió con la idea de que los autores no eran figuras reconocibles…
- Migré iba a todos los programas de entretenimiento, a los almuerzos de Mirtha Legrand, era muy conocido por su presencia.
Yo quedé embelesada por Migré un día que puse la novela Sin marido, con Patricia Palmer y Gustavo Garzón, y me lo encontré en la televisión presentando los sets en los que se desarrollaba la historia. El tipo recorría los decorados contando qué pasaba en cada uno porque no había capítulos para pasar, ya que Gustavo Garzón estaba afónico y no había podido grabar. “Esto es genial. Si lo hiciera Fellini, todos los cineastas del mundo lo copiarían después”, pensé. A partir de ahí me dispuse a hacer algo con eso: yo quería conocer a Migré y fui en su búsqueda.
En el libro Soy como de la familia: conversaciones de Nora Mazziotti con Alberto Migré, él revela que al principio no quería darte una entrevista. ¿Cómo fue tu preparación para convencerlo?
- Primero fui al archivo del diario Clarín y fotocopié todo lo que había guardado sobre Alberto Migré, teleteatro y telenovela. Con ese material empecé a investigar todo lo que había hecho y cuando conseguí su teléfono empezó otra lucha: que me concediera una nota. Él estaba con mucho trabajo, el que me atendía era su secretario y me pateaba una y otra vez… Mucho tiempo después me enteré que Migré tenía miedo, porque pensaba que como yo era de la facultad le iba a decir que estaba escribiendo bobadas.
Me concedió la entrevista porque lo cansé de tantas veces que insistí y cuando nos conocimos, nos quisimos de inmediato. Recuerdo que nuestro primer encuentro fue en su casa a las 21.30 horas y él había estado trabajando todo el día con los guiones de Una voz en el teléfono, con Carolina Papaleo y Raúl Taibo. La charla se fue estirando y terminamos a las dos de la madrugada. Alberto tenía una capacidad de trabajo impresionante.
Se hicieron amigos.
- Sí. Cada vez que iba a su casa me atendía como una reina: me agasajaba con masitas, chocolate, té. Fue mucho tiempo, años, de vernos y charlar; en el medio se enfermó y murió su madre, tuvimos que suspender los encuentros y luego de un tiempo volvimos.
En tus charlas con Migré se analizan características de la telenovela como, por ejemplo, la construcción de heroínas y villanas. Desde tu mirada de investigadora, ¿qué personajes te resultan más atractivos y por qué?
- Los villanos, pero desde los registros del teatro griego o el teatro medieval. El villano es el motor de la historia; el galán es el más bobo y las heroínas tienen mucho carácter, pero no hacen avanzar la ficción. Ese rol es del villano, con sus emboscadas, secretos y manipulaciones. Son personajes con poder. Fijate que en las buenas telenovelas no hay villanos pobres.
Migré era muy cuidadoso de su intimidad. ¿Sentís que los prejuicios de la época contra los homosexuales llevaron a que mantuviera oculto ese aspecto de su vida?
- Por supuesto. Migré no quería hablar de eso, se sentía atacado cuando hablaban de su sexualidad y también por escribir telenovelas. Él contaba que cuando iba a reuniones con escritores y artistas lo menospreciaban, marcándole que lo que hacía eran “novelitas”. Lo trataban mal por homosexual y por autor de melodramas. A mí también me miraban con mala cara por escribir sobre telenovelas, hubo mucha gente que se burlaba.
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"La telenovela es un género protofeminista"
“Me doy cuenta que las historias que mejor me salen son muy novelescas. Lo que escribo y mis consumos culturales están muy relacionadas”, admitió Nora Mazziotti cuando hizo referencia a su propio camino en la escritura. Otro punto de inflexión: de analizar las historias de otros a contar las suyas propias.
Tus libros están relacionados con tu campo de estudio.
- Me encantan las historias con mujeres. En mis cinco novelas -La cordillera, Milonga perdida, Amores calabreses, Las cocoliches y Las demás cuñadas- siempre hay cruces con los géneros populares, el tango, los diarios íntimos, las cartas y el radioteatro. Me interesa contar cosas que hablan de la educación sentimental de las mujeres.
Me quedo con este término, la “educación sentimental” de las mujeres para preguntarte: ¿Con el avance del feminismo la telenovela quedó anticuada?
- Creo que la telenovela, por más que el ideal es el del amor romántico y heterosexual para toda la vida, tiene cosas rebeldes que la hacen protofeministas porque lo que lucha una heroína es brutal: va contra viento y marea, aprende cosas y se supera capítulo a capítulo.
Hubo una novela que empezó en la radio, Simplemente María, que después pasó a la televisión y en Argentina llegó como Rosa de lejos. La historia sigue a una chica del campo que viene a la ciudad, trabaja de empleada doméstica y queda embarazada de su patrón. En todo ese tiempo ella aprende a coser a máquina y encuentra una forma de vida llegando a convertirse en diseñadora de modas… hay toda una evolución en ese personaje, no está solamente esperando a enamorarse.
¿Cuál fue, para vos, la última gran telenovela argentina?
- Montecristo, Resistiré y La Leona me parecieron historias con problemáticas muy interesantes y adultas. Yo estoy sedienta de ficción local y estamos en un momento desastroso para el género. Hoy no hay telenovelas, salvo pocas cosas que se hacen para las plataformas… La ficción local habla de nuestra identidad: los actores y las actrices cumplen un rol, porque vos te identificás con ellos y su gestualidad es la tuya, su acento es el tuyo y de pronto hay diálogos que tienen que ver con nuestra realidad.
Además, se están yendo los grandes actores. Cuando murió Luis Brandoni, que a mí me molestaba por sus posturas políticas de los últimos años, sentí mucho dolor porque él era un actor argentino al que siempre se lo reconocía en sus trabajos porque podías identificarte en sus personajes. Hoy falta eso y tampoco hay recambio de actores. Un reality no genera recambio de actores; un reality no genera nada.
