El mundo del rock nacional y la cultura popular argentina amanecen con una noticia que golpea el corazón del barrio: falleció Dani Buira, el baterista original de Los Piojos y una figura clave en la percusión rioplatense. Su partida deja un vacío inmenso no solo en los escenarios, sino en la enseñanza de los ritmos que forjaron la identidad sonora de las últimas décadas.
Según las primeras informaciones trascendidas, el percusionista se encontraba en su escuela de percusión La Chilinga cuando cerca de las 4 empezó a pedir ayuda porque no podía respirar. Un vecino se acercó a ayudarlo, pero Buira se descompensó, perdió el conocimiento y murió.
Buira fue mucho más que el hombre detrás de los parches en los discos más emblemáticos de la banda de El Palomar. Su impronta marcó el pulso de álbumes fundamentales como Chactuchac, Ay Ay Ay y el masivo 3er Arco. Fue él quien introdujo esa cadencia de candombe y murga que sacó al rock argentino de su zona de confort y lo llevó a reencontrarse con sus raíces africanas y rioplatenses. El "ritmo piojoso" no se explica sin la muñeca y la visión de Dani, quien supo amalgamar la distorsión de las guitarras con el repique de los cueros.
La Chilinga: el legado de la percusión colectiva
Tras su salida de Los Piojos en el 2000, Buira volcó toda su energía en La Chilinga, la escuela de percusión que fundó en 1995 y que se convirtió en un faro cultural. Bajo su dirección, el proyecto se transformó en una verdadera familia de tambores, con sedes en distintos puntos del conurbano y la capital, democratizando el acceso al ritmo y reivindicando el toque comunitario como una herramienta de transformación social.
Desde diversos sectores de la cultura y la militancia popular han expresado su dolor. No se despide solo a un músico virtuoso, sino a un "trabajador de la cultura" que entendía que el tambor es un lenguaje de resistencia. Durante los últimos años, Dani se mantuvo activo, colaborando con infinidad de artistas y llevando la mística de los carnavales a cada rincón donde hubiera una lonja dispuesta a sonar.
La noticia de su deceso, confirmada por allegados y colegas de la industria, generó una ola de mensajes en redes sociales recordando su generosidad y su eterna sonrisa detrás de la batería. Se va el hombre, pero queda el eco de un bombo que seguirá retumbando en cada esquina de El Palomar, en cada clase de La Chilinga y en cada piojoso que, al escuchar los primeros compases de El Farolito, sepa que ese ritmo nació de su alma.
