Elaine Vilar Madruga se convirtió en una de las voces más inquietantes y originales de la literatura latinoamericana contemporánea. Con una obra atravesada por la violencia, el cuerpo, el horror y las contradicciones de lo humano, la autora construyó un universo literario propio donde lo monstruoso rara vez aparece como una excepción: suele ser apenas una forma más de la realidad. Su literatura busca los puntos de unión entre el terror y la lírica en una reflexión constante sobre los sistemas de poder, los límites del cuerpo y la sexualidad o las nuevas formas de entender y defender el feminismo.
En su reciente visita a Buenos Aires, la autora cubana presentó Moiras, una antología de relatos de terror escritos por mujeres que reúne autoras de distintas latitudes y generaciones, editado por Fera. Pero el libro también funciona como una declaración de principios: una invitación a pensar el terror como una herramienta política, capaz de denunciar las violencias que atraviesan la experiencia femenina y de iluminar aquellas zonas de la realidad que muchas veces permanecen ocultas. Una tendencia que viene trabajando en otros títulos como Las Tarántulas, poemario publicado por Concreto, donde la idea de poner el cuerpo aparece en primer plano, y Salomé, un relato de ciencia ficción publicado por La Pollera, donde las vulnerabilidades del ser humano quedan expuestas en manos de una extraña criatura.
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En diálogo con El Destape, la autora reflexionó sobre el auge de las escritoras de terror en América Latina, la necesidad de contar historias incómodas, la belleza que puede esconderse en la oscuridad y el papel que la literatura ocupa en un mundo cada vez más atravesado por la violencia y la anestesia emocional.
Elaine Vilar Madruga: su vínculo con Buenos Aires y su rol como compiladora en Moiras
¿Qué es lo que te llamaba la atención de Buenos Aires para venir de visita?
Lo primero son los lectores y las lectoras, que son las personas que me han acompañado en el viaje muy intenso que ha sido mi carrera en los últimos cinco años, fundamentalmente a través de tres libros anteriores que son El cielo de la selva, La tiranía de las moscas y Salomé. Pero Buenos Aires también es una ciudad muy cultural, es una ciudad muy artística, es una ciudad muy literaria, entonces vienes con toda esa carga emocional y esa herencia que de alguna forma has aprendido de los libros, de la literatura, de tu lectura cuando eras estudiante, de autores y autoras que has admirado y que sabes que vas a encontrar acá, no estoy hablando solo de los clásicos sino también de los contemporáneos y las contemporáneas que sabes que están asentados en esta ciudad.
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Hablemos un poco de Moiras, siento que hay algo medio íntimo en este libro porque más allá de ser la compiladora estás exponiéndote un poco como lectora: hacer tus anotaciones, tus percepciones, recomendando cosas que te hacen acordar de ciertos cuentos... ¿cómo viviste hacer este libro en particular?
Me encanta que hayas mencionado que hacer una antología es un proceso íntimo porque, verdaderamente, cuando lees, cuando comentas y cuando escribes estás llevando un proceso íntimo de selección, estás diciendo o tratando de contagiar a los lectores de cuentos que a ti te han marcado o cuentos y autoras que quieres dar a conocer. La lectura es un punto de encuentro entre personas de diferentes latitudes, de diferentes culturas que sienten la pasión por algo específico, en este caso por los relatos oscuros. La antología rompe un poco las fronteras genéricas de lo que significa el terror, yo creo que es un rostro poliédrico el que presenta la antología porque cada uno de estos cuentos presenta una cara diferente de lo que podría ser el terror, desde la mitología de los pueblos originarios, hasta llegar el terror onírico o el terror en la ciencia ficción o el terror creacionista.
La otra parte que tiene muy interesante la antología es que viene comentada y viene con anotaciones. No porque crea que los lectores y las lectoras necesitan una guía de lectura, sino porque creo que las guías de lectura nos pueden ayudar a contrastar nuestras ideas. A mí me fascina la idea de que un lector contradiga lo que yo puedo pensar de un cuento o encuentre dentro del laberinto que es la lectura otra arista, otra caja de referencia, otro mundo. Porque al final la lectura depende de quiénes somos, de lo que hemos vivido, de nuestra memoria, de nuestros recuerdos.
¿Cómo fue que decidiste qué cuentos entraban?
Fue difícil porque es un proceso también como de duelo, tener que dejar ir a autoras que quería incluir. La idea en un principio era que sea un libro como Dantescas (la antología que hizo María Fernanda Ampuero publicada por la misma editorial), un diálogo entre contemporáneas y autoras que ya no se encuentran en este mundo. Pero claro, Dantescas es un libro muy perfecto, muy cerrado, ¿cómo vamos a hacer una segunda parte de algo que ya en sí mismo es una estructura cerrada? ¿Qué de nuevo puedo contar? Entonces decidí irme por el lado de las autoras contemporáneas, que además es mi zona de estudio, es mi zona de lectura, es mi zona de felicidad.
Yo tenía claros algunos nombres así de primera instancia, no quería que se repitieran países ni repetir los nombres que ya se habían usado en Dantescas. Quería publicar autoras que sean inéditas o muy poco conocidas. En ese caso hay dos autoras fundamentales que son Barbara March, que es cubana y es muy difícil que la literatura cubana se conozca fuera de las fronteras de mi país; y luego está Zezé Atabales, que es una autora chilena, quien ya había publicado algunas cosas, pero con esta antología, creo que es un relumbre importante para su obra.
Pero llegó un momento que también me di cuenta de que no solo quería hacer un panorama de lo que era la literatura hispanoamericana de terror u oscura. Ahí entró Anna Starobínets, que es la reina del terror ruso, y luego Bora Chun, que es otra maestra del terror, surcoreana. Ha sido un viaje súper hermoso, 11 cuentos maravillosos. Para mí una antología es también una plataforma para dar a conocer y para redescubrir.
El terror social escrito por mujeres: ¿un boom o una necesidad?
Pertenecés a una generación de escritoras latinas que tratan estos temas oscuros ¿Por qué crees que se dio como este surgimiento de este género más terror psicológico, terror social?
Son los temas que las mujeres vivimos constantemente en el cotidiano, de puertas hacia adentro y de puertas hacia afuera. Es el terror político que de alguna forma controla, domina y determina nuestros cuerpos, nuestros derechos y nuestras voluntades. Yo creo que un poco la literatura siempre va a ser un reflejo de la realidad; y como la realidad que tenemos está tan descascarada, tan polémica, es muchas veces tan triste y tan desgajada, creo que la literatura tiene esa función de denunciar, de advertir y, sobre todo, de mostrar.
Pienso que es una generación de mujeres que está muy preocupada por temas como la violencia sobre los cuerpos femeninos, sobre los cuerpos infantiles, temas como la presión estética, temas como el rescate de nuestras raíces, lucha contra el extractivismo y contra los colonialismos, entre otros muchos que podríamos mencionar que si los vemos extrapolados en la literatura de terror o la literatura oscura, muchas veces se trabaja desde lo simbólico o desde lo metafórico. Pero siempre lo simbólico y lo metafórico no es otra cosa que un reflejo de lo descarnado de la realidad.
La estadística dice que las lectoras son mayoritariamente mujeres. Entonces es lógico que busquemos nuestros temas, temas que estuvieron poco tocados, muchas veces silenciados, o apenas abordados en una literatura. Entonces ahora está sucediendo que las mujeres estamos contando las cosas que siempre nos han acompañado. Hay terrores específicos de lo contemporáneo, pero hay terrores que son ancestrales, hay terrores que nos acompañan desde siempre: el miedo a la violación, el miedo a perder a nuestras familias o la búsqueda de nuestros desaparecidos y nuestros muertos y muertas, eso viene con nosotros desde los inicios a la humanidad.
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Yo creo que las lectoras están afanosas por conocer historias que hablen sobre ellas, que cuentan sus realidades. Es lógico que haya una generación de autoras necesitadas de encontrar a lectoras, que a su vez están necesitadas de encontrar autoras que hablen sobre estos temas. Además está sucediendo algo muy interesante a niveles de lo hegemónico en la literatura, y es que, quizás por primera vez en la historia de la literatura, los temas masculinos están siendo desplazados. Es como una necesidad política de contar y una necesidad política de leer, porque cuando elegimos lo que contamos y cómo lo contamos, estamos teniendo una decisión política porque visibilizamos un arista de la vida en específico.
En muchas reseñas de tus libros leí que la gente pone que vos ves "la belleza en lo oscuro", pero yo creo que va por otro lado, que buscás desnudar la vulnerabilidad del ser humano. ¿Con qué descripción te sentís más identificada?
Yo creo que con las dos, porque abordan diferentes aristas. Lo que me interesa hacer a mí es la construcción de una historia, o de un diseño de personaje o de un trabajo de lenguaje, pero el centro de mi creación es lo humano, el pensamiento sobre lo humano y el debate de qué es lo humano. ¿Seguimos siendo humanos todavía en un mundo con tanto genocidio, con tanta violencia y con tanta guerra normalizada, vista como algo regular? ¿o hemos trascendido y nos hemos convertido en una versión post-humana de violencia absoluta? Sabemos que la humanidad es contradictoria, que la humanidad no tiene un solo rostro, y a mí me interesa ver no solo la arista luminosa o la arista oscura, sino la arista donde ambas esferas se unen y gestan esa humanidad contradictoria que somos, muchas veces dolorosa, partida en trozo, que hemos intentado recomponer desde los inicios de la cultura, de la literatura. Yo creo que un poco la literatura es el intento de componer el rostro del humano que está extremadamente fragmentado.
Luego también me interesa mostrar esa belleza de lo oscuro, siempre lo oscuro como algo ominoso, como algo oficiante, como algo claustrofóbico, como algo relacionado con la podredumbre, lo oscuro tiene todas esas relaciones y no es que lo estoy negando ni lo estoy contradiciendo, pero creo que se pueden sumar otros tipos, otras armonías a ese conjunto melódico, lo que podría ser una pieza, una partitura de escritura. Yo creo que en la oscuridad hay belleza, y creo que en los huesos puede haber belleza, y creo que en lo feo, o lo considerado a priori feo, puede haber una belleza silenciosa que solo exige que la persona que observa tenga la paciencia de encontrar, de buscar y de analizar.
Entonces dentro de esa estructura del terror también me ha interesado mucho lo estético dentro del terror, lo bello dentro del terror, mostrar imágenes espantosas a través del lenguaje pero que pueden ser también consideradas hermosas al mismo tiempo. Esto crea un efecto bastante distorsionado y bastante raro en quien ve porque es como contradictorio, esto no me debería parecer hermoso esto no me debería parecer hermoso y esa zona contradictoria yo creo que es lo que saca un poco a los lectores, pero haces reflexionar a quien lee.
Elaine Vilar Madruga, escritora cubana: "Hay una necesidad política de contar y una necesidad política de leer".
La literatura como forma de vida: "Si no creyera que la literatura tiene un propósito sería veterinaria"
¿Qué crees que tiene que lograr la literatura? ¿Crees que tiene una misión?
Si no creyera que la literatura tiene un propósito sería veterinaria. Creo que la literatura tiene el propósito de sacar a los seres humanos de los lugares confortables, de los espacios políticos confortables, de despertar un poco de la anestesia. Somos criaturas muy anestesiadas, muy influenciadas por los medios, muy influenciadas por lo precaria que es la vida, por lo violenta que es la vida, por cómo muchas veces vivimos al día intentando conseguir la manutención para el siguiente y eso nos pone en una posición de anestesia ante el dolor del otro.
Para mí la literatura es precisamente esa inyección de realidad, una inyección de empatía hacia el que sufre y de empatía hacia la otredad. Todos en algún momento de nuestras vidas hemos sido el otro, el marginado o la marginada, el que vive fuera de los límites, el disidente o la disidente, el emigrado o la emigrada, la persona racializada; creo que la literatura sirve como un espejo de la otredad donde nos podemos dar cuenta de que los males y bienes de este mundo no nos son ajenos, que todos nos encontramos en esta misma barca a la deriva y que la esperanza es que todos. Nos podamos mantener en la misma barca pero eso solo se logra siendo empáticos. Yo creo que la literatura tiene que ser empática. Desde el momento en que tú abres un libro tienes un proceso empático hacia la persona que lo escribió, hacia los personajes si tienes un poco de suerte y está bien escrito, y conectas con la literatura.
Entonces terminas desarrollando empatía, terminas poniéndote en su piel, terminas preguntándote que haría yo en su lugar o tomaría yo mejores decisiones que estos personajes si viviera en sus circunstancias. Todas estas son preguntas estéticas, pero también éticas, preguntarnos qué haríamos en la piel de la otra.
¿Siempre tuviste claro qué objetivo querías lograr con tu literatura o fue algo que fuiste descubriendo con el tiempo?
No, lo fui descubriendo con el tiempo. Yo empecé a escribir muy joven, profesionalmente a los 16 años, tengo 36, me han pasado 20 años. La literatura siempre para mí ha sido un juego, y esto es importante y lo rescato, la posibilidad de sentirme bien cómoda en un espacio donde me gusta jugar, pero luego ese juego se va incorporando capas de profundidad en la medida en que uno también se convierte en un ser humano más complejo o en la medida en que la vida te va dando palos. Yo creo que a mí las cosas, las buenas y las malas, pero específicamente las malas que me han sucedido en la vida, me han hecho un ser políticamente más complejo, más comprometido con la realidad y más interesada también en cuestionar esa realidad y en cuestionar el papel que ocupamos todas nosotras dentro de esa realidad, hasta dónde permitimos, hasta dónde cruzamos, hasta qué punto somos las personas que permiten una violencia y las que las recibimos, y cómo jugamos a veces incluso en los dos roles.
Igual te digo, la búsqueda que tengo en este momento de mi vida quizás no sea la de toda mi escritura. Yo espero que si nos volvemos a hablar cuando yo tenga 60 a lo mejor te digo que estoy en otras búsquedas de escritura, creo que también la idea del paso de los años no creo que nos hacen más sabios, para nada, pero nos hacen más cuestionadores y nos hacen encontrarnos con más preguntas. Para mí la literatura no es la posibilidad de dar una verdad absoluta sino de enseñar nuevas preguntas para las cuales a lo mejor no tiene respuesta, pero sí ese cuestionamiento inicial.
Entonces se podría decir que no sos crítica con tu escritura anterior...
No, la miro con mucho amor porque esa escritura me hizo llegar acá, si no me hubiera equivocado, si no hubiera publicado libros que ahora los miro y no los reeditaría, no hubiera escrito mi primera novela que se llamaba El límite de los olivos. Tampoco hubiera escrito El cielo de la selva, ni La piel hembra que se estrena dentro de unos días en España. Si yo no hubiera sido la niña fascinada con los libros y con la posibilidad de viajar a través de ellos y luego escribirlos, yo no sería ahora esta mujer que está escribiendo. Entonces miro mi literatura con mucho amor. Toda. La que creo que está mejor y la que sé que no está bien, porque todos han sido como ese viaje, ese tránsito, ese camino de aprendizaje; si no hubiera aprendido con las caídas pues ahora no me encontraría donde estoy.
¿Crees que hay límites en la literatura?
El tiempo, sobre todo lo que me preocupa muchísimo son los límites temporales, nuestra vida es finita, la vida humana es muy corta incluso si tienes la suerte de ser una persona longeva. También tienes que contar de todos esos años cuantos en realidad pasas escribiendo, cuantos leyendo, cuantos investigando, cuantos de verdad son la escritura de sentarte y parir un libro. Sin contar que cada uno de nosotros tiene familias, y las familias también reclaman un tiempo importante de vida; la vida misma reclama un tiempo de vida. Entonces en realidad, yo creo que el proceso de escritura es una lucha constante contra el tiempo, a mi el tiempo me urge saber cómo lo invierto y de qué manera consagro ese tiempo. Siempre estoy como un reloj mental que me acompaña a todos los sitios y el paso del tiempo me atormenta, pero no es por el envejecimiento, no es por la idea de envejecer, me preocupa si siendo vieja podré escribir con la misma energía que tengo ahora.
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Siempre les hago el chiste a mis amigos de que cuando estoy leyendo estoy preocupada porque no estoy escribiendo y viceversa. Es como lo quiero saber todo, lo quiero leer todo y imposible indiscutiblemente. Quiero ver todo el cine, quiero quiero tener todas las referencias, quiero estudiar toda la historia. Es imposible hacerlo. Entonces vives con un reloj temporal que es muy complejo, pero que a la vez te anima muchísimo.
A mí me da un montón de energía como para saber que cada hora cuenta. Y tener el bichito de la curiosidad siempre ahí latente te hace indagar en cosas que de otra manera no hubiera llegado. Sin la curiosidad no existirían la lectura, no existiría la escritura. Probablemente no existiría el mundo como lo conocemos.
