El "principio de revelación" para un Gobierno que no quiere ni cree en el país

La reivindicación de Malvinas que protagonizaron los jugadores dejó al Gobierno sin discurso, expuso las contradicciones de su política hacia el Reino Unido y desarmó parte del relato que había construido alrededor de la Scaloneta.

19 de julio, 2026 | 00.08

El triunfo del seleccionado argentino frente a Inglaterra y la bandera en reivindicación de los derechos sobre Malvinas desplegada por los jugadores dejaron al gobierno de Javier Milei tan mal posicionado que, todavía el sábado, seguía buscando sin éxito un mensaje que sintonizara con el nuevo escenario. Lo mejor que se les ocurrió, expresado por el vocero presidencial Adrián Ravier, fue sostener que, mientras la Argentina siguiera siendo "un país bananero", nunca podría recuperar las islas, y que el camino de "prosperidad" emprendido por el Gobierno hacía ese objetivo más factible. El argumento, poco convincente y elaborado sobre la marcha, expuso las dificultades del Gobierno para conectar con una reivindicación de fuerte contenido nacional que quedó descolocado ante la irrupción de una emocionalidad celeste y blanca. Ese episodio también desbarató el relato que el oficialismo había intentado construir al calor del avance de la Scaloneta en el Mundial.

El pecado original corrió por cuenta de la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, que, en su afán de congraciarse con las autoridades estadounidenses, había advertido que los hinchas no debían llevar al estadio banderas con "el mapita" de las Malvinas porque ese tipo de contenido sería considerado "político" y "provocativo", pese a que se trata de un territorio argentino. El propio gobierno de Donald Trump, a través del encargado del Grupo de Trabajo para el Mundial, Andrew Giuliani, terminó por contradecir esa posición al sostener que los jugadores tenían todo el derecho de exhibir una bandera en reivindicación de los derechos argentinos, ya que en Estados Unidos se respetaba la libertad de expresión.

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En un Gobierno acostumbrado a manejar la agenda coyuntural, especialmente en todo lo referido a la "batalla cultural", la saga lo encontró siempre reaccionando tarde y a la defensiva. El primer paso fue el del canciller Pablo Quirno, quien, dos horas después del partido y cuando el estribillo "el que no salta es un inglés" ya se repetía en todo el país, informó que en realidad había presentado una protesta por la incursión ilegal de un buque británico en aguas argentinas, pero que no la había difundido porque "en la diplomacia, el trabajo no se grita como en los goles". En realidad, como señaló el ex canciller y actual diputado Jorge Taiana, el gesto de los jugadores terminó por poner en evidencia una política exterior que, durante casi tres años, buscó "desmalvinizar" el reclamo argentino con la intención de congraciarse con potencias occidentales como el Reino Unido, país que Milei proyecta visitar en octubre.

En la lógica del "umbrella" que Carlos Menem impulsó en los años noventa, el objetivo de Milei es privilegiar el vínculo comercial con el Reino Unido y relegar la reivindicación de los derechos argentinos sobre el archipiélago, una política de Estado que atravesó, con distintos matices, a casi todos los gobiernos desde 1983. De repente, la Casa Rosada se encontró con un reclamo que rebotaba en todos los rincones del planeta: las búsquedas sobre Malvinas alcanzaron un récord histórico en Google, con un crecimiento del 2.400%. De acuerdo con la consultora especializada Ad Hoc, la conversación digital sobre Malvinas superó los dos millones de menciones. El influyente diario londinense The Guardian publicó una columna preguntándose si no había llegado el momento de sentarse a dialogar sobre soberanía. 

Frente a ese escenario, el Gobierno improvisó un cambio de discurso y comenzó a hablar de supuestos avances para la posición argentina porque un dirigente poco conocido del Partido Republicano le había pedido a Donald Trump que modificara la histórica postura estadounidense de respaldo al Reino Unido. "Mientras algunos se dedican a hacer berrinches propios de un adolescente termo mononeural, nosotros por la vía diplomática cada día estamos más cerca de la recuperación de las Islas Malvinas", escribió Milei en X. Sin embargo, ese objetivo nunca había ocupado un lugar visible en la agenda exterior del Gobierno, monopolizada por alineamiento incondicional con Estados Unidos e Israel aún en cuestiones muy ajenas a los intereses argentinos. 

Según la lógica de Milei, sus políticas harán que al país le vaya tan bien que los propios kelpers terminarán deseando convertirse en argentinos. Pero incluso ese relato se resquebrajó con las declaraciones de Lionel Messi, que describió una realidad muy distinta a la que intenta instalar la Casa Rosada, al mencionar las dificultades de quienes no llegan a fin de mes o no consiguen trabajo. Sumó otro golpe para el oficialismo. Desde el inicio del Mundial, una parte del dispositivo comunicacional libertario buscó presentar a Messi como alguien afín a las ideas de Milei y, en contraposición, reducir a Diego Maradona al lugar de un ídolo "kuka", sugiriendo incluso que el peronismo deseaba que a la selección le fuera mal. Toda esa construcción discursiva se derrumbó con una sola declaración del capitán argentino.

"Están en reversa, se pusieron en contra hasta de la figura con mayor legitimidad social del país", analizó el consultor Gustavo Córdoba, de Zubán Córdoba y Asociados. Los sondeos de la consultora muestran que la reivindicación de la soberanía argentina sobre las Malvinas se mantuvo históricamente en niveles muy altos, incluso después del triunfo de Milei, declarado admirador de Margaret Thatcher. Es decir, aun entre quienes votan al Presidente existe un amplio consenso en favor del reclamo argentino. Ese componente emocional volvió a manifestarse con fuerza en los últimos días y contribuyó incluso a que en el Senado se frustrara el tratamiento del proyecto que facilita la extranjerización de tierras. El oficialismo apostó a que el Mundial desplazara ese debate de la agenda pública, pero terminó ocurriendo exactamente lo contrario.

Pero, según Córdoba, el impacto emocional difícilmente se prolongue más allá de unos días, mientras que para las elecciones todavía falta más de un año. Es posible que la oposición logre capitalizar parte del sentimiento nacional que acompañará el regreso de la selección y la continuidad del debate sobre Malvinas, pero, con el correr de los meses, volverán a pesar sobre todo las cuestiones económicas, que siguen siendo las de mayor influencia en el ánimo del electorado. De hecho, toda la discusión política había quedado postergada para "después del Mundial", una etapa que comenzará el lunes. Axel Kicillof y Sergio Massa, entre otros dirigentes opositores, intentarán posicionarse como la alternativa capaz de canalizar el deseo mayoritario de cambio que registran los sondeos de opinión. "Antes de fin de año tenemos que conseguir un clamor popular en todas las provincias", afirmaban cerca del gobernador bonaerense al describir la estrategia para los próximos meses.

El gran interrogante es cómo canalizar ese descontento con el Gobierno en general y con la situación económica en particular. "Algo que está claro es que la propuesta debe tener nitidez política; no es la época de lo híbrido ni de los tonos medios", explicaba Córdoba. El peronismo viene coqueteando peligrosamente con la posibilidad de una ruptura, casi la única condición que le permitiría a Milei aspirar a la reelección con un triunfo en primera vuelta. El clima que dejó el Mundial no resuelve ese desafío, pero sí volvió a poner en primer plano un consenso nacional que atraviesa identidades políticas y que cualquier fuerza con aspiraciones de gobierno deberá representar.