En Cosquín Rock pasan cosas que parecen inventadas por la imaginación colectiva del pogo, encuentros improbables, cábalas que nacen sin aviso y objetos que se convierten en símbolos. Pero pocas historias resumen tan bien ese espíritu como la del “club de la sandía”, una tradición que empezó con un gesto inocente y terminó convirtiéndose en un ritual compartido entre Divididos y su público.
Todo comenzó en 2022, cuando Juan Tello, un sanjuanino de entonces 26 años, llegó al festival con un plan simple, llevar una sandía para compartir con amigos durante la espera entre bandas. La idea había surgido casi por casualidad; uno de los integrantes del grupo trabajaba en un campo de sandías y la fruta parecía la opción ideal para resistir el calor y el hambre festivalero. Pero apenas cruzó los accesos, la escena empezó a mutar. Extraños le pedían fotos, otros lo miraban como si estuviera loco y los controles dudaban en dejarlo entrar con aquella fruta gigante.
El momento se volvió colectivo cuando la gente comenzó a gritar para que lo dejaran pasar. Finalmente, alguien de la organización autorizó el ingreso y la sandía siguió su camino hasta el corazón del predio. Lo que nadie imaginaba era que terminaría en manos de Diego Arnedo, bajista de Divididos. “No encontramos el momento para comerla, así que se la ofrecí”, recordó Tello tiempo después en diálogo con el 1Digital. Arnedo sonrió, aceptó el gesto y le hizo una seña para que se la entregara al final del show. Mientras tanto, el fan y sus amigos atravesaron el pogo con la sandía como si fuera una reliquia absurda y maravillosa.
Por qué la sandía se volvió ritual en los shows de Divididos en Cosquín Rock
Lo que parecía una anécdota más del festival tomó otra dimensión cuando la banda adoptó el gesto como parte de su folklore. Al año siguiente, Tello volvió con otra sandía. “Me dijo que no me la podía olvidar más”, contó sobre Arnedo. La repetición convirtió la ocurrencia en tradición, y el grupo de amigos pasó a llamarse “La Banda de la Sandía”. De 20 personas iniciales crecieron hasta superar las 50, todos unidos por la misión de mantener vivo el ritual.
La historia siguió sumando capítulos. En 2024, pese a problemas económicos que casi lo dejan afuera del festival, la comunidad que se había formado alrededor de la sandía se organizó para ayudarlo a viajar y cumplir con la entrega anual. Ese mismo año llegó el momento más emocionante, conocer a sus ídolos cara a cara. Ricardo Mollo lo saludó, le mostró una remera inspirada en la historia y hasta salió a tocar con ella puesta. “No pude de la emoción”, dijo Tello.
Hoy, el “club de la sandía” ya forma parte del imaginario de Cosquín Rock. Un gesto ingenuo que, entre risas, pogos y complicidad, se transformó en un puente inesperado entre banda y público.
