En cada botella de sidra espumante hay un detalle que muchos pasan por alto, el pequeño armazón de alambre que sujeta el corcho. Aunque suele retirarse rápidamente al momento de abrirla, cumple una función fundamental para la seguridad y la conservación de la bebida.
Ese alambre se llama bozal o muselet, y su objetivo principal es mantener el corcho firmemente sujeto frente a la presión interna que se genera dentro de la botella. La sidra espumante, al igual que el champagne, contiene gas carbónico producto de una segunda fermentación. Esa presión puede alcanzar entre 4 y 6 atmósferas, similar a la que tiene la rueda de un colectivo. Sin el bozal, el corcho podría salir disparado incluso sin manipular la botella.
Un sistema que nació por necesidad
El uso del bozal tiene su origen en la región de Champagne, en Francia, donde se perfeccionaron los métodos de elaboración de vinos espumantes. Antes del alambre, los productores intentaban asegurar los corchos con cuerdas o grampas, pero no resultaban lo suficientemente resistentes.
Con el tiempo se estandarizó el sistema de jaula de alambre ajustada con seis medias vueltas. Esa medida no es casual, está calculada para garantizar la presión adecuada y permitir una apertura segura. La popularización del método suele asociarse al monje benedictino Dom Pérignon, figura histórica vinculada al desarrollo del vino espumante.
El bozal no solo evita accidentes, un corcho puede salir a más de 50 km/h si la botella está caliente o fue agitada, sino que también contribuye a la conservación del gas. Mantener el corcho comprimido ayuda a preservar el sello hermético y evita pérdidas prematuras de carbonatación. Por eso, los especialistas recomiendan enfriar bien la sidra antes de abrirla y retirar el bozal recién en el momento del descorche, sosteniendo siempre el corcho con la mano dominante para controlar la salida del gas.
