En el año 2013, científicos del CONICET anunciarían un descubrimiento fascinante: Jeholornis, el ave de dos colas. Esta especie, la segunda ave más primitiva que se conocía por entonces, vivió durante el Cretáceo Inferior, 125 millones de años atrás. Si bien fue encontrada en territorio chino, Pablo Tubaro, investigador principal del CONICET, fue convocado para analizar la morfología del ave y ayudar a su interpretación funcional.
En un comunicado colgado por el instituto argentino de ciencia en la web, Tubaro compartía a la sociedad: "Es la única especie con dos colas que hasta ahora se ha encontrado y es la segunda ave más primitiva que se conoce". Y sumó: "Habíamos publicado una serie de trabajos sobre la biomecánica de las plumas de la cola de aves actuales y su relación con el vuelo, y porque en paleontología se necesita comparar los fósiles con especies conocidas para interpretar lo que se observa", sin embargo, no existía hasta entonces un ave con semejantes características.
Cómo era Jeholornis, el ave de dos colas
Jeholornis presentaba una combinación de características que lo ubicaban en un punto intermedio entre los dinosaurios emplumados y las aves actuales. Su tamaño rondaba los 70 u 80 centímetros de largo, aunque gran parte de esa extensión correspondía a la cola. A diferencia de las aves modernas, poseía una larga cola ósea compuesta por numerosas vértebras, una característica heredada de sus ancestros dinosaurios.
Sin embargo, lo que más llamó la atención de los investigadores fue la disposición de sus plumas caudales. Y es que, mientras que las aves actuales poseen una cola corta rematada por un abanico de plumas, Jeholornis mantenía una extensa estructura ósea y, además, un conjunto de plumas concentradas hacia el extremo. De allí que se la empezó a conocer como un ave de dos colas.
El ejemplar hallado por el equipo científico, del que formó parte Tubaro, también conservaba otros rasgos primitivos. Poseía pequeños dientes y una anatomía que todavía difería considerablemente de las especies modernas. Al mismo tiempo, contaba con alas desarrolladas y capacidad de vuelo, aunque los especialistas consideran que sus desplazamientos probablemente eran menos eficientes que los de las aves actuales.
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Por último, otro dato relevante surgió a partir del estudio de los fósiles recuperados posteriormente. En algunos ejemplares se encontraron restos de semillas preservadas en el interior del cuerpo, una evidencia que permitió inferir aspectos de su dieta y significó uno de los registros más antiguos conocidos de aves que consumían frutos y semillas.
