En días de estrés, tristeza o ansiedad, muchas personas optan por encerrarse en casa o buscar refugio en una clase de yoga. Sin embargo, expertos en salud mental y educación artística coinciden en que existe otro espacio, muchas veces subestimado, que puede ser aún más efectivo para meditar y recuperar el equilibrio, un museo.
Lejos de ser solo un lugar para “ver cuadros”, los museos se consolidan como espacios de calma y autorregulación emocional. Según una investigación del Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia del King’s College de Londres, contemplar obras de arte reduce el estrés y genera cambios fisiológicos positivos en el cuerpo.
Por qué se recomienda ir a meditar a un museo
El educador de arte español Pablo Ortiz de Zárate explica que al observar una pintura o una escultura aumentan los niveles de dopamina y endorfinas, hormonas vinculadas al bienestar, disminuye el cortisol (la hormona del estrés), baja la presión arterial y se regula el ritmo cardíaco. Y lo más interesante, no hace falta saber de arte para que el efecto se produzca.
La evidencia es tan sólida que en algunas ciudades el arte ya forma parte de tratamientos médicos. En Montreal, por ejemplo, desde 2018 algunos profesionales prescriben visitas gratuitas al Museo de Bellas Artes de Montreal como complemento terapéutico para la ansiedad. Además, la Organización Mundial de la Salud recomendó incorporar el arte como herramienta de salud pública.
El museo es ideal para meditar porque combina dos dimensiones aparentemente opuestas como la introspección y presencia de otros. Es un espacio silencioso, de paseo tranquilo, donde nadie exige nada ni impone un ritmo. A diferencia del cine, el teatro o un concierto, en un museo no hay horarios estrictos ni estímulos constantes. Cada visitante puede detenerse el tiempo que desee frente a una obra, sin presión ni expectativas.
Esa libertad es clave para la estabilidad emocional. El museo permite estar solos, pero acompañados; en público, pero sin exposición. Para quienes atraviesan rupturas, mudanzas o momentos de fragilidad, puede convertirse en un puente para volver a interactuar con el mundo sin sentirse invadidos.
Además, observar arte con atención, sin celular y sin apuro, actúa como un entrenamiento mental. Estudios como uno realizado por la Universidad de Yale demostraron que estudiantes de medicina que asistían a cursos de arte mejoraban su capacidad de observación clínica. Mirar en detalle colores, gestos, luces y objetos fortalece la concentración y esa habilidad se traslada a la vida cotidiana.
