Pasó de dar clases de cocina en el jardín de infantes a triunfar con su propia marca de alfajores en el Conurbano

Durante la pandemia transformó las clases virtuales para sus alumnos en un espacio para cocinar en familia. Aquella iniciativa terminó convirtiéndose en un emprendimiento de alfajores que hoy también inspira a otras personas a generar un ingreso propio.

05 de agosto, 2026 | 06.00

Cuando le tocó ser quien reuniera a las familias del jardín de infantes en una misma mesa, frente a las computadoras durante la pandemia, la solución para Verónica era clara: los animó a jugar y a experimentar con la cocina. Poco sabía que ese sería el primer ingrediente de lo que vendría después, Amo Mi Cocina” su marca de alfajores en Claypole.

La actividad la llevó a crear su propio canal de YouTube y, además de compartir recetas con títeres, interactivas y fáciles para los pequeños, grabó otras más clásicas y complejas. “De golpe me empezó a ver gente que no era del colegio”, rió. Lo que prometían ser actividades para un jardín de Longchamps también se convirtió en un proyecto para varios adultos: “Con los videos muchos emprendieron y se pusieron a vender, para tener un ingreso en la gran crisis de la pandemia”, destacó Verónica Etulain. 

Verónica se dedicó 25 años a su vocación, ser maestra jardinera, pero toda su carrera estuvo constantemente atravesada por su otra pasión. “Empecé a cocinar desde que era chica, mi mamá nos enseñaba y, mientras practicábamos las recetas, también hacíamos lío en la cocina”, recordó entre risas. Su familia acostumbraba a que en cada reunión hubiera algo casero, y así ella fue aprendiendo a hacer facturas, scones, tortas fritas y rosquitas desde muy pequeña. “Mis tres hermanas y tres hermanos cocinan muy rico, algunos salado y otros dulce. Pero todos tenemos amor por la cocina”, celebró.

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Sumada a la insistencia de amigos y familia, la alfajorera reconoció que "el impulso para fundar este proyecto también nació de la gente que quería que les vendiera las recetas que subía a YouTube". Sin embargo, sabía que mientras ejercía como maestra de inicial no iba a poder dedicarse de lleno a eso. "Siempre dije que me iba a jubilar a los 50 y que, entonces, seguiría con la otra pasión que tenía", sostuvo y agregó: "Cuando finalmente pasó, me prometí tomar un solo año sabático. En ese tiempo entendí que los alfajores iban a ser mi camino. Al cumplirse el tiempo exacto, ni un día de diferencia, los lancé". El 4 de abril de 2024 fundó “Amo Mi Cocina”, le llevó una caja al célebre conductor de radio Sebastián Wainraich y explotó el emprendimiento.

"Muchas veces tuve miedo", admitió la cocinera, recordando el momento en que decidió inaugurar su propia marca. Los cursos de maestra pastelera y panadera que había hecho en Adrogué, junto con los de alfajorería, no bastaban para darle certezas de cómo encarar semejante proyecto. Al hablar con otras emprendedoras, encontró las palabras para nombrarlo: "No era una sensación de miedo. Era vértigo. A crecer, a apostar un poco más cada día. Hasta que entendí que, aun si salía mal, todo era un aprendizaje", concluyó.

Justo cuando se decidió a lanzar la marca se dio cuenta de algo: había perdido su receta preferida. "Entre tantas clases, tantas pruebas y errores, se traspapeló la que más me había gustado", recordó. Pero no se rindió: con paciencia y varios intentos, la fue reconstruyendo de memoria hasta que un día, al probar una nueva tanda, supo que la había encontrado. Era esa.

Verónica admitió que un pedacito de su historia está presente en sus creaciones. Cuando era chica, con sus hermanas y primas juntaban todas las noticias de la familia y las escribían, a mano, en su propio diario: Notichusma, que vendían a sus padres y tíos. Con lo recaudado compraban lo que cualquier niño llamaría su caja alimenticia: “Eran golosinas, nuestro tesoro”, evocó. El cofre estaba lleno de alfajores y de una golosina que hoy está discontinuada: la Cremocoa o Ricardito. Un poco para revivir su infancia y otro tanto para que otros la revivan, decidió crear un alfajor relleno con malvavisco y frutos rojos, y más tarde también un conito, que llamó Nube de frutos rojos.

“Es mi sabor más innovador y, también, el que más me cuesta hacer”, sostuvo. Muchos los compran y comen a los pocos segundos. Es así que ella puede ver en sus caras como “el sabor los lleva automáticamente a un recuerdo, a ese instante de la infancia o adolescencia”. Enseguida vuelven para contarle historias de cómo sus papás les compraban la Cremocoa o cuando la compartían con sus hermanos.

Varios de sus vecinos de Claypole se impresionaron al saber que había una marca de alfajores a metros de su casa. Cuando está en ferias por pueblos o fuera de zona sur, siempre se cruza con caras conocidas que, eufóricas, se acercan a contarle que también son del barrio. "Suele pasar que nos damos cuenta de que tenemos conocidos en común o que conocen a alguien de mi familia, que es muy grande", rió la maestra de inicial. "Los alfajores llevan la esencia del lugar donde siempre viví, creo que es parte de la magia", dijo con firmeza. 

Pero los de Amo Mi Cocina parecen no conocer de fronteras: “Muchos los eligen para llevar algo de Claypole al mundo”, contó, y es así como llegaron hasta familias y amigos de los clientes en España, Italia, Chile y Bolivia. “Una vez, un cliente viajó a Mar del Plata y le llevó una caja a su hermano, que siempre le traía los clásicos de la costa. Esta vez fue al revés: él le llevó los de su propia tierra, de zona sur”.

La marca es, en esencia, un proyecto familiar. “Cuando les dije que iba a hacer esto, mi familia se enloqueció. Todos querían ayudar en algo y fueron impulsándome a que se concrete”, recordó Verónica. Si bien ella se encarga de crear las recetas, elaborar los alfajores, bañarlos y empaquetarlos, tiene a un equipo que la apoya en cada paso. “Mi esposo, Eduardo, cuando termina en su trabajo, hace la parte contable y se encarga de la logística, carga y descarga el auto incontables veces”, detalló. “También, todas las pruebas pasaron por un grupo de la familia, que las cataban mientras yo me perfeccionaba en alfajorería. Ellos me contaban a detalle qué les gustaba, que no y qué harían distinto”, sumó.

“La cocina me ayuda a canalizar emociones, sean alegres o tristes", se sinceró. Tanto es así que agregó: "Cuando estoy desanimada mezclo harina y levadura. Con solo amasar un poco, conecto con lo que siento y descargo. Todo se transforma en ese instante".

Ver la cara de la gente cuando prueba un bocado es, para ella, la mejor parte. Sus alfajores nacieron con la idea de compartir los sabores de su infancia, otros más clásicos, los que hoy los chicos piden y, también, los más innovadores. "Yo pongo todas mis emociones, mi vida y lo que aprendí en cada alfajor. Que eso se transmita con un solo bocado es mágico", comentó emocionada.

Mi sueño es tener mi pequeña fábrica”, confió la maestra pastelera, y aclaró que mantendría la misma exigencia en la calidad de la materia prima y producto final. Imaginó que con una producción más grande, llegaría a nuevos rincones: “Me gustaría que la gente de zona sur encuentre mis alfajores en varios lugares—y, entre risas, agregó—: Igual me da vértigo pensarlo, pero voy viviendo cada pasito ”.

Hacer alfajores para mi es un lindo juego. Es algo que me conecta con mi niñez”, afirmó Verónica Etulain. El recuerdo de sus primeras batidoras de juguete y cocinitas, y luego cuando empezó a usar los utensilios de su mamá, Ana, no quedó lejano: los revive cada vez que enciende sus propias máquinas. La definición, para ella, es simple: “La pasión es algo que llevo desde chica en todo lo que hago, mueve todo mi ser. Esa pasión hoy se convirtió en un alfajor”.