Durante muchas generaciones, era habitual que los niños y niñas jugaran en la calle sin la supervisión constante de los adultos. Aunque para muchos esto sea solo un recuerdo nostálgico, investigaciones recientes indican que esas experiencias espontáneas tienen un impacto fundamental en el desarrollo emocional infantil.
Expertos en psicología del desarrollo aseguran que jugar libremente en la calle contribuye a fortalecer la resiliencia emocional, una habilidad esencial para la vida adulta. Esta capacidad implica atravesar frustraciones, adaptarse a cambios y procesar emociones para seguir adelante con mayor flexibilidad.
El juego callejero no es solo diversión, sino un auténtico entrenamiento social y emocional. Las negociaciones con otros niños, las derrotas, las discusiones y la espera para turnarse son situaciones que impulsan el aprendizaje de herramientas emocionales y sociales indispensables.
Según especialistas, muchas de las competencias emocionales que utilizamos en la adultez comienzan a formarse durante estas vivencias. Aprender a adaptarse a lo inesperado, superar momentos difíciles y manejar la frustración son algunas de las habilidades que los chicos desarrollan mientras juegan en la calle.
Además, estos espacios de juego libre permiten que los niños enfrenten desafíos como la toma de decisiones y la resolución de conflictos sin la guía directa de un adulto, promoviendo así una mayor autonomía y control emocional.
Por lo tanto, lo que a simple vista parece solo un entretenimiento, en realidad es una instancia vital para el crecimiento emocional y social de los chicos. Jugar en la calle no solo divierte, sino que también les brinda herramientas que los acompañarán toda la vida.
Límites a las redes sociales: qué están haciendo Australia y España para moderar su uso en las infancias
En los últimos meses, el avance en materia de políticas y regulación sobre el uso de plataformas y redes sociales se convirtió en uno de los debates públicos más intensos a nivel mundial.
Luego de la multiplicación de advertencias de especialistas, médicos, profesionales, psicólogos y organismos internacionales como la OMS sobre el impacto de las plataformas digitales en la salud física, mental y emocional de las infancias y adolescencias a causa de la exposición a contenidos violentos y no aptos, la hiperestimulación, la captación temprana de atención, y la tendencia a padecer ansiedad o depresión, varios países avanzaron en la toma de decisiones para prohibir el acceso de los menores a las redes sociales.
A fines de 2025, por ejemplo, el Parlamento Europeo aprobó una norma de protección digital de los jóvenes que establece en 16 años la edad mínima de acceso a plataformas digitales en toda la Unión Europea; y en estas últimas semanas se sumaron proyectos de legislaciones similares en Australia y España.
El ingreso del debate y el tema a las agendas gubernamentales, con medidas y propuestas legislativas concretas, marca un punto de inflexión: por primera vez el problema deja de formularse únicamente en términos de “uso responsable”, de decisión del ámbito de lo privado o exclusiva responsabilidad de las familias, y pasa a instalarse como una cuestión de interés colectivo, política pública y sanitaria, regulación estatal y límites al poder de las grandes corporaciones tecnológicas que, hasta ahora, han podido manejarse con libertad y tienen la capacidad de sortear o ningunear las “recomendaciones” no vinculantes.
