Ni explotados ni excluidos: desencajados

Las plataformas y la extinción del trabajo formal crearon una nueva subjetividad y un nuevo tipo de votante. Un libro reciente analiza las vías para hacer política en un capitalismo que no deja a nadie afuera, pero castiga y descoloca a la mayoría. 

29 de julio, 2026 | 00.05

Siete millones de morosos, derrumbe de la industria, destrucción de empleo, trabajo precario, ingresos que no alcanzan. Las cifras de un modelo inviable se repiten todos los días y sin embargo, Javier Milei quiere ir en busca de la reelección con el apoyo de Donald Trump y el FMI. Al fracaso ruidoso del Frente de Todos y el desconcierto y las divisiones en la oposición, se suma una escena de fondo que excede a Milei, pero tal vez lo explica

La sociedad se transformó por obra y gracia del capitalismo de plataformas. Marchando por las calles como esclavos del teléfono o como sonámbulos, los votantes son personas que experimentaron un cambio en la subjetividad y en sus vínculos: con la política, con las instituciones, con los amigos. ¿Cómo explicar esa transformación, sus consecuencias y la forma de combatirlas para salir de la trampa? De eso habla el libro “Algo no encaja. Sobre los monstruos de la sociedad presente”, del sociólogo y ex titular del INAES Alex Roig. 

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“Hoy el binomio inclusión-exclusión no tiene sentido porque el capitalismo financiero y el de plataforma han generalizado la explotación y aceleraron la desvalorización del saber: nadie está al margen. Todos estamos endeudados y/o trabajando para algún algoritmo en la nube”, dice Roig. Para el autor, el capitalismo de hoy no deja a nadie afuera, pero los deja a casi todos abajo y sin lugar. El resultado es una nueva subjetividad que, a su criterio, va más allá de la exclusión o explotación directa. Roig la llama “desencaje”, la nueva subjetividad que todavía no se hace sujeto, porque no está organizada como en algún momento, no tan lejano, lo estuvieron los trabajadores organizados y los trabajadores excluidos, piqueteros o desocupados.  

Doctor en Sociología Económica de la Escuela de Altos Estudios Sociales de París, el autor de “Algo no encaja” dice que hoy ya no se puede hablar de exclusión y lo que existe es una dominación disimulada a través de dispositivos o lenguajes que hablan de libertad. Para Roig, los desencajados no están excluidos porque no hay un afuera de este capitalismo. No logran ver que son explotados porque los patrones están disimulados y ocultos. La posición subjetiva del desencajado es la desubicación.

“Los capitalismos financieros y de plataforma no implican una desconexión con el trabajo, implican una disimulación, un ocultamiento de su relación con el trabajo. Los patrones con más poder, hoy, son los patrones ocultos”, escribe Roig. En el capitalismo financiero, el dominio era de los propietarios de los medios de producción. En el capitalismo financiero, está en manos de los que manejan las tecnologías de endeudamiento. En el capitalismo digital, está en manos de los que manejan las tecnologías de los algoritmos.

Ex investigador del Conicet y ex decano del Instituto de Altos Estudios de la UNSAM, Roig trabajo al frente del INAES durante el gobierno del Frente de Todos. Para él, el desencaje es el modo de vida en común de muchos actores sociales y abarca tanto a productores, dueños de pymes y trabajadores con patrón visible o con patrón oculto. Roig toma el lenguaje de las organizaciones de la economía popular y dice que ser “desencajado” implica estar sometido a un proceso de desvalorización. Sea por el valor de lo trabajado o lo producido, sea por la inexistencia de estadísticas y políticas públicas para sectores que de repente irrumpen como sucedió durante la pandemia con el IFE, sea por los costos de los créditos o los usos de las herramientas financieras, por ejemplo, cuando se le paga un 30% a Mercado Libre por vender en su plataforma.

El sociólogo reclama audacia intelectual de las izquierdas y discute también con el progresismo que rechaza a los sindicatos y a las organizaciones sociales para convertirse en “un conservadurismo sin sujetos reales". Además, advierte un rasgo común en gobiernos progresistas y de derecha que le temen a la organización y el poder popular. “El progresismo cree en la democracia representativa y en que clanes políticos puedan actuar y hablar en nombre del pueblo”, dice. 

Para Roig, la nueva subjetividad y la nueva fase del capitalismo, demanda nuevas instituciones que todavía no fueron creadas. “Los trabajadores desencajados no tienen las instituciones del valor de su trabajo en la economía popular o de plataforma. Los productores desencajados tampoco tienen las instituciones del valor de su producción que pasa por el crédito y o el acceso a una actualización tecnológica barata. Los únicos productores encajados son los están vinculados a flujos globales de capital”.

El autor del libro vincula la aparición de Milei con lo que denomina el fin del “esperancismo”. Ni la lluvia de inversiones ni el pleno empleo, ni la magia del mercado ni la magia de Estado, advierte, convencen a las mayorías. Desde su visión, la función del Estado es organizar una inteligencia colectiva desde el saber de la sociedad para llegar a la composición de acuerdos que incluyan por ejemplo a los actores rurales detrás de un objetivo común que podría ser el aumento de la ruralidad. 

Junto con el diagnóstico y las ideas, aparecen dos definiciones que tal vez también ayuden a entender el experimento libertario. “El odio al otro tiene dos destinos: la guerra o el vacío. Por eso las lógicas fascistas son muy potentes en sus inicios, pero fracasan tarde o temprano: no pueden sostener ese estado de guerra permanente”, dice. A eso se suma otro elemento que puede incidir en el desenlace de este proceso: Roig dice que el mileismo no funda un nuevo sujeto o una nueva persona política. Milei denuncia una crisis de representación para profundizarla con su política post-humana. De ser así, el ex panelista puede terminar como víctima de su propia política.