La historia de los mártires de Chicago, en cuya memoria se conmemora todos los años el día del Trabajador, es bastante conocida. Ocho obreros, militantes anarquistas, falsamente acusados de causar disturbios en una manifestación por la jornada laboral de ocho horas en 1886, fueron condenados y cinco de ellos ejecutados tras un juicio sin ninguna garantía. Menos conocida es otra historia: la de cómo ese acto de injusticia puso en marcha una maquinaria que cambió el mundo e hizo más digna la vida de miles de millones de personas en todo el planeta.
MÁS INFO
La tradición del 1 de mayo se instauró en julio de 1889, apenas un año y medio después de que los cinco mártires pasaran por la horca. Fue una decisión del Congreso Inaugural de la Segunda Internacional, celebrado en París. Las organizaciones anarquistas no participaron de ese encuentro; de hecho fue la separación entre socialistas y anarquistas la que definió la identidad política de ese foro y sin embargo era claro que las luchas estaban entroncadas y que los acontecimientos de Chicago eran significativos para todos los trabajadores.
La idea de conmemorar esa fecha no era ornamental: tenía un objetivo político muy específico, que era ofrecer un punto de encuentro y confluencia para las luchas obreras en distintos países, con realidades muy diferentes, con el objetivo explícito de organizar esos esfuerzos y obtener mejoras concretas en la vida de los laburantes. Diez meses más tarde, el 1 de mayo de 1890, fue el primer día del Trabajador de la historia. Hubo mitines, protestas, piquetes y marchas desde Buenos Aires hasta Copenhague, desde Viena hasta St. Louis, Missouri.
En la Rusia zarista, donde la organización obrera estaba prohibida, ese día varios grupos de trabajadores se reunieron en mitines clandestinos para discutir política. Disimularon esos encuentros entre las “mayovkas”, eventos sociales como picnics y fiestas al aire libre que se celebraban tradicionalmente en mayo junto al regreso de las temperaturas más templadas. Para 1891 una mayovka de más de cien obreros en San Petersburgo fue duramente reprimida. En 1892 las protestas del 1 de mayo se replicaban en todo el imperio, desde Kiev hasta Tiflis.
Desde ese momento la fecha quedó marcada en el calendario de la izquierda rusa, que durante un cuadro de siglo fue trenzando, alrededor de esa marca en el calendario, distintas corrientes y grupos de trabajadores que con el tiempo se convirtieron en una fuerza revolucionaria. En marzo de 1917 abidcó Nicolás II, el último zar de la casa Romanov. El 1 de mayo de ese año fue declarado día festivo por el soviet de Petrogrado. Medio millón de personas salieron a la calle a celebrar. Entre las consignas se destacaba la reducción a ocho horas de la jornada laboral.
Cuando los bolcheviques consolidaron su poder en octubre, con Lenin a la cabeza, entre las primeras medidas que pusieron en práctica estuvo el decreto por las ocho horas diarias. El día del Trabajador se convirtió en una fecha patria. El 1 de mayo de 1918 desfiló por primera vez el Ejército Rojo. Entre los carteles y las pancartas y los panfletos había homenajes a los mártires de Chicago, a quienes reconocían explícitamente como parte del árbol genealógico de la revolución. Ese árbol siguió creciendo con ramas vigorosas y un denso follaje por varias décadas.
En 1919 Lenin convocó la Tercera Internacional, con el objetivo explícito de exportar la revolución soviética. En la práctica intentó organizar, a través de grupos políticos alineados, una suerte de “guerra civil” en todo el continente europeo para derrocar a los gobiernos capitalistas e imponer la dictadura del proletariado. Ese objetivo no se cumplió pero la actividad del Komintern tuvo otro efecto: en aquellos países donde esa amenaza era concreta fue donde los trabajadores conquistaron antes algunas concesiones. Entre ellas, por supuesto, la jornada de ocho horas.
Todas las luchas por mejorar las condiciones de vida de las mayorías son parte de una única y gran lucha a lo largo de la historia, que ha tenido avances y retrocesos, en distintos momentos y lugares, bajo distintas tácticas y estratégias, guiados por distintas ideologías, rostros diferentes, utopías que difieren, eslóganes que muchas veces se contradicen entre sí y banderas de todos los colores. Todas se entroncan en el mismo árbol. Esta es una lección que a los trabajadores nos cuesta mucho asimilar pero que el Capital siempre tuvo muy presente.
Las conquistas de mejor salario, menor carga laboral, tiempo libre, vivienda propia, capacidad de ahorro, protección social, movilidad social, cierta certeza sobre el futuro y algún grado de soberanía política fueron elementos que se fueron acumulando en una construcción cimentada sobre la lucha de millones de hombres y mujeres a través de varias generaciones, que tenían visiones e ideas distintas pero compartían un sentido claro: la necesidad de garantizar una vida digna para todas las personas.
Suele decirse que el trabajo dignifica. Eso es mentira. El trabajo esclavo no dignifica. La explotación laboral no dignifica. Lo que dignifica es tener una buena vida cuando eso es fruto de tu trabajo. Es un vínculo que corre en dos direcciones: la recompensa (un buen salario, tiempo libre, un techo, una jubilación suficiente) es lo que hace que el trabajo sea digno. Y haberla ganado con esfuerzo productivo dignifica esa recompensa y distingue el ocio justo de la vagancia. Cualquier otra forma de trabajo implica la reducción del ser humano a una mera herramienta.
Nos acostumbramos a llamar “clase media”, y a separar esa identidad de la del trabajador, cuando en realidad esa es la clase del trabajador que consigue solventar, con el fruto de su trabajo, una vida digna. Un pobre es un trabajador que no alcanza a tener una vida digna con el fruto de su trabajo, o directamente no tiene trabajo, pero no por vago, o por incapaz, o por ser de determinada raza, religión o nacionalidad, sino porque hay un sistema diseñado para excluirlo. Eso decía Perón cuando advertía que para el peronismo la única clase de persona es la que trabaja.
Trabajador es todo aquel que necesita trabajar para vivir, desde el empleado hasta el dueño de una PyME que labura a la par de sus empleados, desde el profesional hasta el obrero manual, desde el que puede irse de vacaciones y cambiar el auto hasta el que sobrevive todos los días con lo que puede. Todos ellos se levantan cada mañana sabiendo que van a tener que laburar para que la máquina siga andando. Lo único que separa a unos de otros es el lugar que ocupan en un organigrama que ninguno controla. Ser trabajador es tener incertidumbre.
En condiciones adecuadas, millones de personas han pasado de ser pobres a ser de clase media en poco tiempo. Más a menudo sucedió al revés. En ningún caso fue porque esas personas cambiaron todas juntas su naturaleza, su actitud o aptitud, simplemente lo que cambió fue un sistema que a veces balancea el poder en defensa de los laburantes pero casi siempre hace lo contrario. Todo trabajador aspira a tener una vida digna. Si puede hacerlo o no, no suele depender de sí mismo ni de la suerte sino de bajo qué condiciones le toca trabajar.
Hoy todo el sistema está amañado para que los trabajadores vivan cada vez peor. No sólo eso: los ganadores de ese sistema también quieren asegurarse de que no vamos a tener herramientas para revertirlo nunca más. Por eso es que hoy vivimos en un estado de excepción permanente. Por eso ya no rige la Constitución en Argentina. El presidente elige qué leyes se cumplen y cuáles no, qué fallos se acatan y cuáles no. Los ciudadanos no tenemos forma de hacer cumplir nuestros derechos ni garantías. CFK está presa y proscrita por una causa fraudulenta.
La semana pasada, Peter Thiel le preguntó a Javier Milei cómo se sostiene su proyecto en el tiempo, más allá del final de su gobierno. Es una pregunta que hace eco en el establishment argentino, que la expresó de diferentes maneras, desde editoriales periodísticos hasta discursos políticos o conferencias empresariales, en las últimas semanas, acaso preocupados por la deriva errática del experimento libertario que ellos promovieron para luego beneficiarse. Quieren mantener el rumbo porque son los que están ganando mientras vos perdés.
Se habló mucho por estos días de una encuesta de la consultora internacional Atlas Intel que ubicó al tope de la lista de imágen positiva a Myriam Bregman, Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner, tres dirigentes que no son moderados ni proponen sostener el rumbo con retoques sino que tienen una propuesta radicalmente distinta a la de Milei. Más allá de los nombres, estos sondeos muestran que la sociedad argentina parece más dispuesta a barajar y dar de nuevo que a darle otra chance a este mismo sistema pero con otros intérpretes o concesiones paliativas.
Ante la posibilidad de que los argentinos no aceptemos mansamente el destino de colonia, de miseria y de abandono que tienen reservado para nosotros, quienes sí abrazan ese destino porque los beneficia o porque creen que los beneficia buscan ponerle un cepo a la democracia. Nos dicen, casi a los gritos: si quieren votar, voten, pero las decisiones importantes las vamos a tomar nosotros. El propio Thiel ya proponía hace 16 años: “Se puede cambiar el mundo unilateralmente a través de medios tecnológicos, sin tener que convencer a gente que nunca va a votarte”.
El zar de las privatizaciones del gobierno, Diego Chaher, dio una nota a Infobae en donde dijo que “el objetivo es vender todas las empresas” y advirtió: “Estamos madurando las condiciones previas para que, si alguien quiere venir a reestatizar AySA, por ejemplo, le salga carísimo al país y tenga que enfrentar penalidades internacionales”. El mismo día, el juex de la Corte Suprema Horacio Rosatti, en un foro empresarial, sostuvo que el Poder Judicial y el Congreso pueden controlar la política económica de un gobierno. No de este, evidentemente.
En el mismo evento, al día siguiente, habló el empresario Eduardo Constantini, con una fortuna de más de mil trescientos millones de dólares en blanco. Pidió “un sistema político donde la política tenga menos protagonismo”. La política es (o debería ser) la herramienta de los trabajadores para tener un margen de soberanía sobre sus propias vidas. Pedir menos protagonismo a la política es decirnos: corranse, váyanse con su hambre a otra parte, que acá nos molestan mientras juntamos plata en carretilla.
El sociólogo Colin Crouch escribió en 2004 un libro que se llama “Posdemocracia” y habla de un sistema en el que “aunque las elecciones continúan celebrándose e influyendo, el debate electoral es un espectáculo estrictamente controlado por grupos rivales de profesionales y se ejerce sobre un número limitado de cuestiones seleccionadas por estos grupos. Los ciudadanos desempeñan un papel pasivo, limitándose a reaccionar a las señales que reciben. La política se decide en privado entre los gobiernos electos y élites que representan intereses económicos."
Posdemocracia debe entenderse no como una etiqueta para discutir si tal o cual es posdemocrático. Más bien como el reconocimiento de que ya no vivimos bajo el paradigma que creíamos y que hoy rige otra forma diferente de gestión del poder estatal. A fines del año pasado la Revista Crisis abordó este tema y lo definió, con precisión, como “el encogimiento del espacio de la decisión. La cristalización de estructuras o dinámicas que se sustraen de la determinación colectiva. La ampliación de lo que no se puede”.
La democracia, antes que ninguna otra consideración, debe ser la forma de gobierno en la que el pueblo, compuesto por personas consideradas iguales, es el fundamento mismo del poder, y por lo tanto tiene voz y responsabilidades, derechos y garantías. Por eso hoy el desafío no es construir una fuerza electoral que permita ganarle a Milei. El desafío es construir una fuerza política que permita revertir esa dinámica posdemocrática para devolverle a los trabajadores el poder que nos quitaron durante todo este tiempo.
Ese es el poder de decidir qué hacer con tu tiempo. El poder decidir qué hacer con tu vida. Esa forma tan particular y necesaria de poder que se llama Libertad y que no se parece en nada a la libertad que embanderan ellos, que es la libertad que tiene el poderoso para abusar del más débil cuando no hay una “política” que se lo impida. Este 1 de mayo, a 140 años de la masacre de Chicago, los trabajadores deben volver a organizarse, no para ganar una elección ni para administrar un gobierno. Deben organizarse para recuperar el poder.
