La economía del miedo

Mientras se deteriora el mercado interno y se profundiza el descontento social, el oficialismo apuesta a que el temor a una nueva crisis cambiaria y una posterior devaluación pueda traccionar votos.

02 de agosto, 2026 | 00.05

El modelo no funciona y lo grita. El mercado de trabajo es una lágrima. La destrucción de empleo formal bate récords, lo que se encuentra en la raíz de la pérdida generalizada de poder adquisitivo de los salarios. Según el último informe de la consultora C-P –“La crisis del empleo formal ¿Del cambio al ajuste estructural?”– el empleo formal ya acumula once meses consecutivos de caída. La flexibilización legal para despedir acompañó el proceso. Desde 2023, la pérdida de puestos de trabajo registrados superó los 230.000, una caída similar a la de la crisis posdevaluatoria de 2018-19, durante la larga agonía del macrismo primigenio.

De acuerdo con datos de la Secretaría de Trabajo, mientras que en el cuarto trimestre de 2023 existían 568 mil empresas empleadoras, dos años después la cifra se había reducido a 540 mil. Pero, además, no solo se registró cierre de empresas y destrucción de empleo en los sectores más castigados, sino que el empleo también retrocedió en los sectores dinámicos. Dicho de otra manera, la economía no crea empleo en ningún sector. Siempre según C-P, la tasa de apertura de nuevas empresas se encuentra en niveles comparables con los de la crisis de 2001-02, es decir, con los de la peor crisis de la historia económica reciente.

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Cabe preguntarse, entonces, qué ocurrió con los 230 mil trabajadores que perdieron sus empleos formales. El informe de C-P sostiene que quienes consiguieron un empleo en negro perdieron el 14 por ciento de su poder adquisitivo, mientras que quienes se transformaron en “emprendedores” y se autoemplearon perdieron el 28 por ciento de sus ingresos reales. El resultado fue la profundización de la crisis de bajos ingresos, que se encuentra en la raíz de la caída de la demanda interna.

Entre las consecuencias de la baja de los ingresos se destaca la mora crítica de las economías familiares. La secuencia era previsible. Primero se consumieron los ahorros; después se recurrió a la tarjeta; luego llegó la mora y, de ahí en adelante, ya no habrá crédito ni siquiera para administrar la escasez. No habrá “gustitos”, ni siquiera con la perdida tarjeta: el sueño del propagandista oficialista Luis Majul, aunque impuesto a punta de pistola por la realidad.

Destrucción del empleo y derrumbe del mercado interno

Sin demanda, las empresas que venían resistiendo a la espera de un cambio de ciclo económico empezaron a cerrar. Es el círculo perfecto de la retroalimentación del estancamiento interno. Si hasta comienzos de 2025 se hablaba de los efectos expansivos de la estabilización, esa proyección ya quedó en el recuerdo. Si se les pregunta a los economistas que simpatizan “con el lado del capital en la lucha de clases” cuáles serán los sectores que impulsarán la reactivación, lo máximo que se animan a responder, agotada la vía del crédito, es “la inversión”. Algunos proclaman que el RIGI constituye una gran política industrial. En cierto sentido lo es: elige ganadores.

Los actuales sectores dinámicos no alcanzan y las perspectivas son desalentadoras. No hay creación de empleo y el efecto multiplicador de los hidrocarburos y la minería resulta, para el conjunto de la economía, muy limitado. La explotación de los recursos naturales es un instrumento indispensable para una economía que dispone de ellos y necesita desesperadamente generar divisas. Diversificar los sectores que las proveen también amplía los grados de libertad política del Estado, al reducir la dependencia del complejo agroexportador. Pero la clave para el buen funcionamiento de un modelo basado en los recursos naturales reside en su capacidad de derramar sobre otras actividades.

Las actividades extractivas no son, per se, importantes generadoras de empleo. En el caso de la minería, por ejemplo, la mayor demanda de mano de obra se produce durante la etapa de construcción de las minas. Pero si, además, el RIGI exime del pago de una parte de los impuestos, libera de la obligación de liquidar divisas a partir del tercer año y, para colmo, elimina cualquier ventaja para los proveedores locales, al punto de que se importan hasta los obradores, cuesta imaginar cuáles serían sus virtudes para el conjunto de la economía. No habrá contribución para paliar el déficit fiscal ni para aliviar la restricción externa. Tampoco, a diferencia de países tan disímiles como Argelia y Noruega, se crearon instrumentos para capturar al menos una porción de esas rentas extraordinarias, como los fondos soberanos. Después de la extracción, el diluvio. La única captura adicional de renta se produce, y apenas parcialmente, a través de unas pocas empresas mineras provinciales.

Lo que se destaca es que lo único que funciona en el actual modelo son las economías de enclave. No existen contrapartidas en el mercado interno, que se transformó en un desierto. En semejante escenario, cualquier gobierno más o menos normal estaría pensando en cómo reactivar, aunque fuera parcialmente, el resto de la economía. Una vía rápida y archiconocida siempre fue la construcción. El problema es que el mileísmo considera que la obra pública es “un robo”, mientras que la privada alcanzó costos en dólares estrambóticos, otra maravilla del mismo tipo de cambio que disfrutan los viajeros. El resultado es que la obra privada es escasa y la pública nula, incluso hasta el absurdo de no mantener la infraestructura, como las redes viales. Mientras tanto, lo único que se le ocurre al Gobierno es privatizar. Quizá ello contribuya, en el mediano plazo, a mejorar el mantenimiento de algunos corredores de alto tránsito y, por lo tanto, rentables, aunque aumentando, al mismo tiempo, el “costo argentino”. Difícilmente alcance para compensar el déficit de infraestructura.

Sin derrame y con incertidumbre

Imagine el lector, por un momento, que es un inversor extranjero. ¿Invertiría en un país con mala infraestructura, con un mercado interno deprimido, sin horizonte de recuperación y sobre el que, además, pesa el fantasma de la inestabilidad política? No se trata aquí del “riesgo kuka” agitado por los operadores oficialistas. Ojalá existiera una oposición organizada, con liderazgo y programa unificados. El verdadero riesgo político está en otra parte: en la malaria generalizada y en la desazón que las encuestas registran desde hace meses, incluso entre muchos de quienes votaron al oficialismo.

En una economía donde ni los analistas más creativos imaginan cuál podría ser el motor de la recuperación y en la que solo se espera una profundización de la contracción del mercado interno, que es donde viven las mayorías, solo cabe esperar que el descontento siga profundizándose. Un “riesgo kuka” real no consistiría en la inestabilidad, sino en una salida con dirección previsible, con prescindencia de cuánto pueda gustarles a los mercados financieros. El riesgo verdadero es la profundización de la malaria y del descontento, sin una oposición organizada y viable, porque la salida puede producirse hacia cualquier dirección.

El descontento ya era evidente antes de las elecciones de medio término y el resultado de la primera vuelta en la provincia de Buenos Aires fue la señal más clara. Sin embargo, el Gobierno supo volver a agitar los fantasmas del pasado. La extorsión oficialista consiste en blandir la amenaza de que “estamos mal, pero podría ser mucho peor”. Esa amenaza, que puede convertirse rápidamente en realidad, es la corrida cambiaria. Todos quienes desean el éxito del programa, empezando por el FMI, saben que lo único que podrá contrarrestarla es la acumulación de reservas, algo que parece cada vez más difícil. Pero el mecanismo es perverso: a mayor malaria, mayor riesgo de un triunfo opositor; a mayor riesgo de un triunfo opositor, mayor probabilidad de una corrida y, por lo tanto, de una devaluación y de una nueva caída del poder adquisitivo. Para quienes viven de ingresos fijos, el resultado es el miedo. Si todo le sale bien al oficialismo, Milei podría ser reelecto por miedo, lo que augura un día después horroroso, ya que la reelección no resolverá ninguna de las deficiencias de la economía real. Pero la extorsión existe, es palpable y no se vislumbran alternativas.