El precio de los derechos, el valor de la memoria

El recuerdo de los 700 muertos de la emblemática huelga de 1919 a horas de que el gobierno de Javier Milei consiga sancionar una reforma laboral que retrotrae derechos adquiridos.

26 de febrero, 2026 | 17.38

La revista Caras y Caretas la bautizó como la Semana trágica, pero la huelga por las 8 horas de trabajo que estalló en la metalúrgica Pedro Vasena e Hijos no fue una tragedia. Fue una masacre. Los muertos y heridos de esos días apenas pedían eso: reducir la jornada laboral de 12 a 8 horas, tener mejores salarios y el fin del trabajo a destajo. La respuesta fueron palos y balas. No fue sencillo, pero así fue el proceso sinuoso a través del cual las y los trabajadores consiguieron la jornada laboral de 8 horas en 1919.

El conflicto comenzó el 2 de diciembre de 1918, cuando los 2500 obreros iniciaron una huelga porque la empresa se negaba sistemáticamente a negociar para buscar mejores condiciones de trabajo. Un mes más tarde, el 6 de enero, los capataces abandonaron la fábrica y los obreros huelguistas tomaron esto como una adhesión a su reclamo. Al día siguiente los trabajadores decidieron tomar la fábrica y hacer un piquete porque la patronal seguía negándose a atender o a negociar de alguna forma sus peticiones. Fueron muchos los trabajadores de otros sindicatos que se acercaron a solidarizarse con el conflicto y rodearon la fábrica.

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El 7 de enero a las 15:30, un grupo de rompehuelgas armados, contratados por Vasena y con el apoyo de la policía, fueron a la puerta de la fábrica y dispararon contra los obreros. Se desató una cacería que terminó con 4 muertos (3 por heridas de balas, 1 por los sablazos de la policía montada) y 3 heridos. Los muertos fueron obreros, los heridos, policías.

Aunque ninguno de los asesinados eran metalúrgicos, los velaron en la sede social de ese gremio. Mientras tanto, se hicieron asambleas en los sindicatos marítimos, ferroviarios, de construcción y de choferes en donde votaron ir a la huelga por 48 horas y un boicot total a los talleres Vasena. Ningún obrero prestaría servicio de construcción ni de transporte con productos provenientes de esas empresas mientras dure el conflicto.

En las puertas de los talleres Vasena se habían juntado 50 mil personas entre obreros y familiares según aseguró, en su edición de ese día, el diario La Razón. Esa tarde, el jefe de policía, el oficial Elpidio Gonzalez, se reunió con la patronal. Al salir, se subió a un carro de basura que estaba volcado e intentó dar un discurso para los trabajadores y los familiares allí reunidos. No pudo decir nada porque lo taparon los insultos y abucheos. Se escapó mientras le tiraban piedras a su vehículo.

En medio de huelgas que empezaban a generalizarse y con todo el personal policial, de bomberos y militar dispuesto para cuidar los talleres Vasena y controlar las acciones y movilizaciones de trabajadores, se organizó la procesión que llevaría a los obreros asesinados desde la sede sindical de los metalúrgicos al cementerio de Chacarita. “La ciudad quedó sin vigilancia”, publicó el diario La Razón en su edición del 9 de enero. Los muertos iban a ser enterrados un mes después de iniciado el conflicto, que no paraba de crecer.

El 9 de enero, mientras los oradores de la Federación Obrera Regional Argentina IX Congreso -la más grande de las dos centrales obreras del momento- despedían a sus compañeros asesinados, policías y militares salieron por detrás de los muros del cementerio y empezaron a disparar. Esta operación fue comandada por el jefe del ejército, el general Luis J. Dellepiane, que representaba al sector más duro del gobierno que le exigía a Yrigoyen mano dura contra los obreros huelguistas.

La prensa obrera publicó que hubo 100 obreros muertos y más de 400 heridos. Esa masacre aumentó la indignación popular que reclamaba la continuidad de la huelga general. Todos los sindicatos se plegaron al paro. Según la revista Caras y Caretas, solo los telefonistas, médicos, ambulancistas y enfermeros fueron los gremios que no lo hicieron. La revista los felicitó en sus páginas.

La respuesta no tardó en llegar. Los hijos de las familias más ricas de la ciudad, junto a miembros de la Policía y del Ejército, organizaron una fuerza parapolicial que se llamó “La Liga Patriótica”. Se consideraban como una organización demócrata y cristiana, pero irrumpieron en los locales e imprentas sindicales, socialistas y anarquistas. También en las bibliotecas populares, en los barrios obreros y judíos y en las sinagogas y rompieron todo lo que pudieron. No se privaron de nada, golpearon a ancianos y mujeres con cachiporras y las culatas de sus armas. También las y los arrastraron por el piso al grito de “viva la patria”.

La ciudad se inundó de protestas y enfrentamientos entre los huelguistas y manifestantes contra las fuerzas de seguridad estatal y grupos civiles financiados por las patronales.

El 11 de enero, la FORA IX Congreso llegó a un acuerdo con el gobierno para finalizar la huelga: libertad a todos los detenidos que para ese momento alcanzaban los 2000, la reducción de la jornada laboral, un aumento salarial que iba del 20 al 40 por ciento según las categorías y la reincorporación de todos los huelguistas despedidos. Sin embargo, recién el 20 de enero, cuando los trabajadores de los talleres Vasena habían comprobado que todos los acuerdos habían sido cumplidos, que todos los detenidos habían sido liberados y que no quedaba ningún despedido ni sancionado, volvieron a trabajar.

Los trabajadores lograron conquistar la mayor parte de los derechos que reclamaban, pero no fue gratis. Para el movimiento de trabajadores y sus familias el saldo fueron 700 muertos y más de 4000 heridos, según diversos cálculos de la época. Para los dueños de la empresa, Pedro Vasena e hijos implicó unos años con una mínima reducción de sus ganancias.

Fueron 700 las familias obreras que pusieron sangre para que hoy tengamos jornadas laborales de 8 horas. Esto, en una población argentina que por aquellos años rondaba los 8 millones, lo que hoy equivaldría, proporcionalmente, a 4025 asesinados.

El viernes, en el Senado, un puñado de políticos van a escupir por segunda vez sobre la sangre de los trabajadores que dieron la vida por los derechos que hoy tenemos las y los trabajadores de este país. No hay forma ni registro que permita recordar en estas líneas a los 700 asesinados en esa jornada heroica y fatal, pero si es posible nombrar a los 4 primeros asesinados por la represión:

  • Juan Fiorini, argentino, 18 años, soltero, jornalero de la fábrica Bozzalla Hnos., asesinado mientras tomaba mate en su casa de un balazo en la región pectoral.
  • Toribio Barrios, español, 42 años, casado, recolector de basura, asesinado en la avenida Alcorta frente al número 3189, de varios sablazos en el cráneo.
  • Santiago Gómez Metrolles, argentino, 32 años, soltero, recolector de basura, asesinado de un balazo en el temporal derecho mientras se hallaba en la fonda de avenida Alcorta 3521.
  • Miguel Britos, casado, jornalero, muerto también a consecuencia de heridas de bala que recibió en la represión.

Según el parte policial que reproduce La Nación al día siguiente de su asesinato, ninguno fue muerto en actitud de combate, ninguno estaba agrediendo a las fuerzas represivas. Tengamos memoria para recordar quienes son nuestros mártires y también para recordar a los que votaron y votaran en contra de sus victorias, las que hoy son nuestros derechos.

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Daniel Waisberg

Maestrando en Periodismo y Medios de Comunicación (UNLP), realizador audiovisual y comunicador (UNLa).