Ahora sí, mi regalo a los que pidieron que escribiera, aún desconfiando de mi propia mano para esto. También abusando del recurso de la viralidad sabiendo que esto es efímero. Después de esta semana seguramente mi teléfono vuelva a la calma de siempre y use mi tiempo para estar en silencio, otra vez, así que mejor coronar estos días así.
Rotos, fisurados, marginales, postergados. Me cansé de intentar definir aquello que se ve. Siempre me fue más fácil desguazar mis pensamientos graficándolos. Esta vez el gráfico me dio el pensamiento y la palabra después. Esos que los bonitos y educaditos desprecian, los negros cabeza que ponen las patas en la fuente, los crotos que arrastran el carro para juntar cartones. Las putas esas que llevan a los gurises a las marchas, las gordas de mierda que bailan y encima no tienen vergüenza. Los faloperos, esos que no tienen ni dientes. La familia esa, la de villeros que se ponen el chulengo en el medio del cordón a vender choripanes. El viejo loco que vive en la plaza y vive chupando. Aquella que cuando la dejaron se fue al hospital y quedó así, loquita. ¿Te acordás de que de chica le encantaba llamar la atención? Se intentó matar cuando la dejaron, quedó así, qué se yo, falladita. Y aquél, ese que está en silla de ruedas, no, el que nació discapacitado no, no nos importa. Aquel te digo, el que quedó así cuando le metieron un par de tiros.
Debe haber algo importante, que están todos estos fisuras juntos en el mismo lugar. Algo los hace bailar llorando, revolear cerveza y mojarse esa ropa sucia. Hay uno ahí que está saltando y tiene una remera que dice algo de “Justicia por Walter Bulacio” y también está llorando, no entiendo. Y mirá allá, una nena baila algo que dicen Ñam Fi Fruli Fali Fru o una pleotudez así, baila y está rodeada de villeros que la aplauden y
le abren el espacio encima para que siga, Dios mío.
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Desmerecidos de la humanidad ajena. El Indio nos hizo merecedores de su poesía, nos dió su obra maestra y con ella el poder de transformar nuestra vida. Por ejemplo: cuando un depresivo, un suicida, tiene en su cabeza un loop que no descansa de pensamientos dañinos y sólo se frena cuando se sienta a escuchar y estudiar para aprenderse las letras, que no entiende, y tiene que volver a escuchar una y otra vez. ¿Acá
dice “mis amores refugié en el arcón del amor propio”? ¿Arpón? La voy a escuchar otra vez. ¿Capón? Bueno, no sé, como sea, escuchar tantas veces hasta entender qué quiso decir, por un momento sacó al depresivo de ese daño propio de su dolor.
Ese es mi caso. Estos días de tantas notas, conté esta historia en tercera persona, como un mensaje que me había llegado de una chica. Esa chica soy yo y el mensaje no me lo mandó nadie. No existe. Fue mi forma de reconocer que “parezco más grande” porque esos años de mi vida estuve tan reventada mentalmente que si, experimenté “cosas de la vida”.
Hace dos semanas estábamos con una amiga y sus amigas en un bar de Santa Fe por entrar a ver “Bravos Muchachitos” (imaginate tener tantas bandas tributo en vida) y una de esas gurisas me dijo que, al decirle mi edad, quedó sorprendida y pensó que al menos tenía 10 años más. “Es que tenés mucha edad de sabiduría” me dijo y yo solo dije que me lo decían seguido, pero por dentro me dolió como todas las veces que recibo esa devolución cuando contesto “27” porque sé la respuesta del por qué.
Lo que me lleva a otra cosa. Los comentarios a cada posteo de mi video resaltan una reacción “inocente colectiva” sobre mi forma de hablar y cómo me veo. Básicamente hablo como una persona que accedió a la educación institucional y soy blanca. Ya tuve una experiencia con este tema. El 13 de junio de 2025 habíamos salido con un grupo de compañeros a pintar con aerosol “Magnetto hijo de puta. Con Cristina no se jode” después de escuchar su injusta condena. Se terminó la intervención de arte urbano cuando nos paró la policía, nos detuvo, nos retuvo bajo la lluvia con frío, nos esposó y nos abrió un legajo por daños. No nos trataron mal. Nos trataron como tratan los yutas. Imponiendo ese pechito inflado por el chaleco lleno de cápsulas de gas pimienta, con sus voces finitas y sus peritas afeitadas levantaditas. Pero no nos trataron como a los que les tienen hambre, a los portadores de rostro. Así que me caen para el culo esos comentarios de “que linda chica, vieron que no hace falta hablar mal” y la verdad es que yo soy muy mal hablada y además me encanta serlo.
El Indio nos invita a todos a ser parte de una fiesta que incomoda a los que no están invitados. No saben qué buen cumple se pierden, cuantos abrazos, cuantos bailes, cuántos amigos. Y mejor que se lo pierdan. Él hablaba de cuidar el estado de ánimo en los 80, cuando a la par corría el “algo habrán hecho” y “hay que escuchar los dos lados de la historia”. El tipo no le hablaba a los Majul, a los Trebucq. Le hablaba a los que, torturados, violados y traumados, lograron salir de un centro de clandestinidad al que habían entrado con sus amigos, novias, hermanos y salieron solos. Algunos salieron hasta sin su alma. Más adelante les habló a los que entraron en un vientre y salieron envueltos en alguna manta para terminar en una casa como quien junta a un perro sarnoso de la calle. A los que nunca probaron la leche de su mamá ni jugaron a ponerse la corbata de su papá. Le pidió a su público, años después, que se acercaran a las Abuelas de Plaza de Mayo para hacerse un test de ADN si habían nacido entre 1976 y 1983.
Yo tengo 27 años, estas historias me son ajenas en cuerpo. Pero hay un anexo acá donde al final todo termina teniendo sentido.En la nota principal que me hicieron y de dónde surge todo esto, dije que Los Redondos sonaban de fondo en mi vida y en ese momento no estaba recordando un momento específico, pero me acordé de una concentración en el Tribunal Oral en lo Criminal y Federal de mi ciudad en el año 2018. Estabamos escuchando una de las declaraciones sobre el caso de los mellis Valenzuela Negro. Sabrina fue quien recuperó su identidad en el año 2008 y desde entonces ha estado buscando a su hermano mellizo. Ahí sonaban las canciones de Los Redondos, salían de un megáfono apoyado en una trafic. Ese día particular que recuerdo, estaba Taty Almeida con los militantes en la calle.
A la par de esto yo estudiaba la Licenciatura en Trabajo Social de UNER, pero por esos días habíamos tomado la facultad para reclamar por el presupuesto universitario. Pareciera que estoy hablando de hoy, pero no. Fueron Macri y Milei. La misma leche cortada. Si, también escuchábamos las canciones del Indio en la facultad. Después dejé y empecé un curso para aprender lengua de señas en mi facultad pero no daba ningún título. Así que ahora quiero estudiar la Tecnicatura en Interpretación de Lengua de Señas Argentina - Español. ¿Sabían que el Indio en sus recitales pasaba en pantalla gigante su nombre, letra por letra, en lengua de señas? Viste, no te para de sorprender.
Es imposible hablar del Indio sin hablar de uno mismo, y es imposible hablar de uno mismo sin hablar del Indio. Disculpen tanta autorreferencia. Quiero al menos intentar concluir esto que escribo, pero es la primera vez que lo hago y no conozco los límites de la escritura para donde sea que muestre esto. Alguna red social, algún medio digital, un blog, ni idea. Escribo y ya.
Estos muchachitos que desprecian a los rotos y lo dicen al aire en un canal de televisión como si ese odio no rebotara en una señora que después lleva a su nieto de nueve años aun funeral para reírse de los negros de mierda que están llorando dolidos por su pérdida, estos ensobrados resentidos por su incapacidad de conmoción por lo intangible de la vida, exponen en sus ojos dilatados con cejas inquietas un real temor a que estos negros de mierda, estos fisuras, rotos, putos, discapacitados, trolas, suicidas, nos organicemos y de una puta vez usemos nuestra rebeldía pesada de tanto dolor para ordenar al país de abajo para arriba.
Les tienen miedo a las pasiones que despiertan nuestros dolores y nuestras miserias cuando nos atrevemos a exponerlas. Tienen miedo porque saben que nos corre la misma sangre llena de argentinidad que los que ya hicieron el quilombo antes. Y saben lo que pasa cuando muere un intérprete de esa argentinidad. Tampoco serán invitados a esta fiesta cuando todo reviente.
A los que leyeron hasta acá y no entienden por qué carajo alguien que nunca dio una nota televisiva o daba discursos en sus recitales logra que tanta, pero tanta gente se movilice a dedo, en silla de ruedas, sin entrada, con un par de zapatillas rotas mientras estaba con vida y exactamente lo mismo cuando muere: sean bienvenidos todos al show de la linda fe sonriente.
Empezá por donde te parezca, cualquier álbum (Porco Rex es por donde yo lo haría si tuviera que escucharlo por primera vez de nuevo), permitite lo que dure para escuchar sólo uno de sus discos sin poner pausa y sin apurarlo. Si querés tené el diccionario a mano para intentar entender alguna que otra palabra, pero te recomiendo que no te preocupes por entenderlo todo. Es mejor imaginarlo y asumir.
Quizás así, si te contagiaste esto y querés seguir escuchando sin parar, vas a entender que un tipo que no hablaba con su público por horas, en realidad nos regaló lo más sensible de un humano: su ternura. Escribió y nos regaló su sensibilidad para hablar del amor, de la muerte, la vida, la juventud, la rebeldía. De todo, todo.
Damas y caballeros: esta es la ceremonia de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y El Míster y Los Marsupiales Extintos. Y si algo de todo esto te conmueve, estás invitado. Sacate el calzado, tené unos pañuelitos cerca y tené a mano lo que te seduzca más, porque vas a bailar, llorar y querer salir a cuestionarlo todo en este país. Hasta a vos mismo y qué carajo hiciste con tu vida. Si debiste haber sido más rebelde, amado más, hacer más cagadas divertidas y peligrosas, escribir alguna pared. Vas a querer escribirle a esa piba que te dejó la cabeza recalculando hace dos, cinco, quince, treinta años.
Y si las cosas salieron bien, vas a entender por qué se les llama “misa” a esos rituales que comenzaban desde el momento que Carlos Alberto Solari anunciaba una fecha. Ritual que comenzaba desde que se juntaban a pintar una bandera y terminaba cuando dormían quién sabe cuántos días después. Entenderás así por qué le dije “Dios de los rotos” y por qué la masa argentina pasó unas pascuas ricoteras de casi cuatro días debajo de la lluvia cuidando a su Ángel de los Perdedores.
Amén y buen viaje. Gracias por cambiar mi vida.
