El peronismo para después de Milei

El debate sobre el futuro del peronismo tras la experiencia libertaria plantea la necesidad de revisar su programa histórico, redefinir su modelo de desarrollo y adaptarse a las transformaciones económicas, sociales y tecnológicas del siglo XXI. 

28 de junio, 2026 | 00.05

No es ningún secreto: el peronismo “realmente existente” es, con perdón de la expresión, una bolsa de gatos que, dicho sea de paso, no se están reproduciendo. Si hubiese que hacer una definición ideológica rápida, podría decirse que es una sumatoria de partidos provinciales conservadores-populares que, en nombre del pragmatismo, siguen a cualquier oficialismo. A ellos se suma la pata sindical, variopinta pero ideológicamente más compacta, además de algunas agrupaciones híper personalistas con aires de centroizquierda. El panorama se completa con movimientos sociales polpotianos nostálgicos de los '70.

Se trata de una diversidad enorme que solo tiene en común la identificación con el simbolismo de un pasado que les cuesta advertir como remoto. Incluso la sensibilidad social, alguna vez tan constitutiva del movimiento, parece haber quedado relegada. Si se observa a quienes hoy aparecen como sus representantes, la heterogeneidad se multiplica: desde quienes reivindican a la videlista Villarruel hasta los abanderados de una supuesta pureza doctrinaria; desde liberales imposibles de distinguir de un macrista medio hasta progresistas tradicionales, desde nacionalistas filonazis hasta militantes cristianos de base.

El problema, sin embargo, no es esa diversidad, que el peronismo siempre tuvo. El problema es que el programa histórico que alguna vez ordenó esta diversidad dejó de corresponderse con las condiciones materiales del capitalismo contemporáneo. Conducir semejante colectivo ya no consiste en invocar una doctrina elaborada en la segunda posguerra, durante la era de oro del capitalismo y de los Estados de bienestar. Desde entonces cambiaron la base material y, por supuesto, la “superestructura jurídico-política”. El peronismo que venga después del mileísmo deberá ser necesariamente otra cosa: su programa tendrá que responder a las condiciones materiales y a las relaciones de poder de las décadas actuales, no a las de mediados del siglo pasado.

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El modelo de país en discusión

Para el escenario que viene hay preguntas básicas cuyas respuestas suelen darse por descontadas, aunque en realidad permanezcan abiertas. La principal es cuál será el modelo de país.

Para el peronismo originario la respuesta era evidente. El desarrollo debía asentarse sobre la industria, sostenida por una alianza de clases entre el proletariado industrial y una idealizada burguesía nacional. La armonía entre trabajo y capital, el reparto del ingreso en partes iguales y los consensos entre la CGT y la CGE expresaban esa visión. Su instrumento económico fue la industrialización sustitutiva de importaciones (ISI).

Pero la ISI no fue simplemente una decisión política. Fue la respuesta de una periferia obligada a industrializarse por la ruptura del mercado mundial provocada por las guerras del siglo XX. Ese mundo desapareció. La revolución tecnológica, la reorganización global de la producción y el extraordinario aumento de las escalas competitivas modificaron las condiciones que hicieron posible aquel modelo. La conclusión no es que la Argentina deba renunciar a la industria, sino que ya no puede reconstruir la industria del primer peronismo. La pregunta dejó de ser cómo volver a la ISI y pasó a ser cómo insertarse competitivamente en una economía mundial completamente distinta.

El cambio no es solamente productivo. También es social. La industrialización creó los conurbanos y dio origen al sujeto político que organizó al peronismo durante décadas. Hoy el proceso parece invertirse: mientras disminuye la capacidad de la industria para absorber empleo, crecen territorios donde la integración laboral resulta cada vez más difícil. Si la estructura económica cambia, también cambia inevitablemente el sujeto social que puede sostener un proyecto nacional. Pretender reconstruir la alianza social de 1945 con la estructura ocupacional de 2026 equivale a intentar organizar políticamente un país que ya no existe.

Los sectores estratégicos del desarrollo

Sobre este diagnóstico, la discusión deja de ser cuáles serán los sectores dinámicos —ya definidos, en buena medida, por la realidad material— y pasa a ser cómo construir desarrollo a partir de ellos. Ningún analista serio de la estructura económica duda de que agricultura, energía y minería concentrarán buena parte del dinamismo de los próximos años. Negarlo o enfrentarse ideológicamente con esos sectores sería un error. Es lo que hay.

La verdadera discusión consiste en decidir si la Argentina se limitará a desarrollar enclaves extractivos o si aprovechará esos sectores para generar entramados productivos más complejos. La expansión de la biotecnología asociada al agro, la industria de maquinaria agrícola, los servicios vinculados a la energía y la minería, la logística, la infraestructura, la investigación científica, la formación de recursos humanos y la obra pública forman parte de esa decisión. Pensar que alcanza con un Estado mínimo, desregulación absoluta e impuestos reducidos para atraer inversiones conduce, casi inevitablemente, a un modelo de enclaves con escasa capacidad para irradiar desarrollo sobre el resto de la economía.

La macroeconomía y los límites del futuro

Luego siempre está la macroeconomía. Aquí también el peronismo deberá revisar algunos supuestos. Hay dirigentes que sostienen que no habría que modificar prácticamente nada de lo realizado por el mileísmo, como si el hiperajuste hubiera cumplido la función de un reseteo económico. Más allá de ese extremo, existen debates ineludibles. La estabilidad de precios no es una mera opción, es una condición básica de cualquier proyecto de desarrollo y algo que todas las economías de la región fueron capaces de resolver. También habrá que redefinir la visión sobre la política de subsidios y, lo más complejo para una economía altamente endeudada, la relación con los mercados, es decir, con el poder de veto del sistema financiero, local y global, lo que incluye a los organismos multilaterales como el FMI.

Los márgenes de maniobra para cualquier futuro gobierno peronista serán, en principio, bastante menores que los imaginados durante buena parte de la historia reciente. Precisamente por eso, la discusión pendiente del peronismo no consiste en decidir cuánto conservar del pasado, sino en determinar qué proyecto puede representar a una sociedad cuya estructura económica, tecnológica y ocupacional ya no se parece a aquella que le dio origen. Mientras esa pregunta permanezca sin respuesta, la disputa seguirá siendo entre recuerdos antes que entre programas.

MÁS INFO
Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017).