A 50 años del inicio de la último golpe en Argentina: dictaduras, geopolítica y democracia en América Latina

23 de marzo, 2026 | 16.33

Al cumplirse 50 años del inicio de la última dictadura cívico-militar en Argentina, su interpretación sigue siendo un terreno de disputa. Durante mucho tiempo, su explicación se apoyó principalmente en tres claves: el terrorismo de Estado, las violaciones a los derechos humanos y la ruptura del orden democrático. Esas dimensiones son ineludibles y un signo diferencial de la transición democrática argentina. Pero si se pretende comprender la profundidad de esos procesos y, sobre todo, sus efectos persistentes, es necesario inscribirlos en una trama más amplia: la reconfiguración geopolítica del poder en América Latina y el Caribe en el marco de la Guerra Fría y de la transformación del capitalismo global.

Las dictaduras en la región no fueron solamente respuestas a crisis internas, sino también instrumentos para redefinir el lugar de la región en el sistema internacional, sus formas de inserción económica, sus estructuras estatales y sus modos de organización político-social. La dictadura militar argentina de 1976 no fue una anomalía. Se trató de un proceso inscrito en una estrategia continental que apostó por el militarismo para dirigir políticamente un proyecto radical de transformación económica. En ese sentido, constituyen un punto de inflexión cuyos efectos llegan dolorosamente hasta el presente.

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La construcción de la “amenaza” y la intervención hemisférica

A partir de la Revolución Cubana de 1959, América Latina y el Caribe readquirió una centralidad estratégica para Estados Unidos. La preocupación no se limitaba a la expansión del socialismo en términos estrictos, sino que la “amenaza” incluía a gobiernos nacional-populares, políticas de industrialización de relativa autonomía, movimientos obreros organizados o reformas que alteraran la distribución de poder fueron interpretados como riesgos. Ese riesgo dio forma a la contrainsurgencia. Y, en ese contexto, se consolidó la Doctrina de Seguridad Nacional, promovida activamente por el Departamento de Defensa de Estados Unidos y su entramado de agencias militares y de inteligencia. 

El núcleo de esta doctrina fue un desplazamiento decisivo: el enemigo dejó de ser externo y pasó a ser interno, cambio que habilitó la intervención directa de las Fuerzas Armadas en la vida política y social, bajo la premisa de preservar el orden frente a una amenaza difusa. A través de instancias como la Escuela de las Américas, programas de cooperación y redes de inteligencia norteamericanas, se difundió una concepción que redefinió profundamente el rol militar en la región.

Pero como sabemos que la geopolítica es un campo de problematización que incluye necesariamente a la economía política, este proceso no puede entenderse solo en términos de seguridad. Su objetivo era reorganizar las sociedades latinoamericanas en función de un nuevo orden basado en la financiarización neoliberal, la desarticulación de la fuerza social de la clase trabajadora y el debilitamiento de capacidades estratégicas que profundizaran las asimetrías entre centro y periferia, incluso en el ámbito de la defensa nacional. 

En este sentido, la doctrina contrainsurgente tampoco fue una creación exclusivamente estadounidense. Como han documentado Marie-Monique Robin y Prudencio García, tuvo antecedentes en la experiencia francesa en Indochina y Argelia, luego apropiada y sistematizada por Estados Unidos. Oficiales argentinos como Alcides López Aufranc y Osiris Villegas participaron de esas instancias tempranas, evidenciando que la configuración de este dispositivo represivo fue un proceso transnacional.

Dictaduras como dispositivos de transformación

En este marco, las dictaduras del Cono Sur pueden ser comprendidas como dispositivos geopolíticos de transformación estructural. Su función no fue únicamente represiva, sino también productiva: crearon las condiciones para un cambio profundo en el patrón de acumulación. El terrorismo de Estado se trató de una herramienta orientada a desarticular organizaciones sociales y políticas, destruir identidades colectivas, disciplinar a la sociedad y redefinir los límites de la acción política presente y futura. No solo se modificaron las estructuras económicas y estatales, sino también las formas de percibir, experimentar y practicar la política.

El caso argentino es particularmente ilustrativo por la profundidad de las transformaciones impulsadas. El programa económico de José Alfredo Martínez de Hoz implicó apertura comercial y financiera, valorización del capital financiero, endeudamiento externo y desindustrialización. Este proceso significó una redefinición del lugar de Argentina en el mundo, consolidando una inserción más dependiente. En términos más amplios, estas transformaciones no fueron excepcionales: el neoliberalismo no emergió como un proyecto democrático, sino que tuvo en las dictaduras su fase experimental y necesaria. 

El golpe contra Salvador Allende en 1973 en Chile funcionó como laboratorio temprano, donde economistas como Milton Friedman y Arnold Harberger asesoraron a la dictadura de Pinochet, en sintonía con una concepción geopolítica afín a la desarrollada por figuras como Golbery do Couto e Silva en Brasil. De este modo, la implantación del neoliberalismo en la periferia coincidió con golpes de Estado, respaldo estadounidense y una reorganización geopolítica del capitalismo a escala global.

Sin embargo, hay un aspecto menos visible pero igualmente relevante: el impacto sobre la defensa nacional. Lejos de fortalecer una capacidad soberana, la dictadura reorientó a las Fuerzas Armadas hacia el control interno, en línea con la Doctrina de Seguridad Nacional. La hipótesis de conflicto externa perdió centralidad frente a la noción de “enemigo interno”.

En la postdictadura, este proceso se profundizó bajo nuevas formas: se produjo una reducción sostenida de capacidades militares, una desarticulación de desarrollos tecnológicos estratégicos y una creciente desvinculación entre defensa nacional y proyecto de país. El resultado fue un debilitamiento estructural de la capacidad de pensar la defensa en clave soberana.

Plan Cóndor y recursos estratégicos

La coordinación represiva entre dictaduras, conocida como Plan Cóndor, pone en evidencia la escala regional del proceso. La persecución de opositores cruzaba fronteras, mostrando que el “enemigo” era concebido de manera transnacional. Esto refuerza la idea de que las dictaduras no fueron experiencias aisladas, sino parte de una estrategia articulada de reorganización del poder en América Latina, con distintos grados de coordinación, apoyo o aval por parte de Estados Unidos.

En Argentina, la guerra de Malvinas en 1982 constituye un punto de condensación de estas tensiones. La dictadura intentó reconstruir legitimidad interna y reposicionarse internacionalmente apelando a una causa histórica vinculada a la soberanía. Sin embargo, el desenlace evidenció los límites estructurales de esa pretensión: el apoyo de Estados Unidos al Reino Unido dejó en claro que el lugar subordinado de Argentina en el orden global debía primar. Y que nunca permitiría una victoria de un país dependiente ante su principal socio en la OTAN. Malvinas no solo fue una derrota militar, sino también la manifestación agravada de una posición geopolítica condicionada.

Un aspecto central, muchas veces subestimado, es el vínculo entre dictaduras y control de recursos estratégicos. América Latina ha sido históricamente una región clave por su dotación de hidrocarburos, minerales, biodiversidad, agua dulce y capacidad agroalimentaria. En los años setenta, garantizar el acceso a estos recursos implicaba estabilizar políticamente la región bajo gobiernos alineados y previsibles. Pero esa estabilización no era solo política: requería transformar estructuras económicas, debilitar capacidades estatales de regulación y modificar íntegramente las relaciones sociales que podían obstaculizar esos procesos.

Las dictaduras contribuyeron a sentar las bases de esta reorganización, promoviendo la apertura económica, facilitando la penetración de capitales transnacionales, debilitando marcos regulatorios y reconfigurando el uso del territorio. En la actualidad, estos recursos adquieren una centralidad renovada. La transición energética, la disputa tecnológica y la crisis ambiental colocan en el centro bienes como el litio, el petróleo, el gas, el agua y los alimentos. 

Postdictaduras: persistencias y reconfiguraciones

En Argentina, el retorno de la democracia en 1983 abrió un nuevo ciclo político, pero no implicó una ruptura total con el período anterior. La democracia se construyó sobre estructuras “transformadas”. Tales continuidades también tienen una dimensión ideológica: la postdictadura implica una reconfiguración de los modos de experimentar la política, donde el conflicto tiende a ser desplazado o reducido, y la democracia puede aparecer como gestión de consensos antes que como espacio de disputa.

En la actualidad, la intervención de Estados Unidos en la región no adopta la forma de dictaduras militares, pero mantiene una lógica de fondo: condicionar procesos políticos y dirigentes para limitar experiencias de autonomía. El bloqueo a Cuba, las sanciones sobre Venezuela, las presiones diplomáticas tanto como las intervenciones militares y los condicionamientos económicos forman parte de un repertorio de intervención que, aunque distinto en sus formas, conserva una continuidad en sus objetivos. El creciente interés por recursos estratégicos refuerza la centralidad geopolítica de la región: América Latina sigue siendo un territorio en disputa, donde se definen no solo modelos de desarrollo, sino también grados de soberanía.

Pensar las dictaduras en clave geopolítica permite comprender que no fueron una anomalía del pasado, sino parte de un proceso más amplio de reorganización del poder cuyos efectos persisten. La democracia, en este marco, aparece como un terreno atravesado por tensiones, entre ampliación de derechos y límites estructurales, entre soberanía formal y condicionamientos materiales. Por eso, la pregunta interroga el presente: qué de ese orden sigue operando hoy o más bien cómo lo hace; cómo se expresa en la economía, en la defensa, en el control de los recursos, y qué condiciones serían necesarias para transformarlo. Porque, en definitiva, la historia de las dictaduras en América Latina sigue organizando, de múltiples maneras, los límites y las posibilidades de nuestras democracias.

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Luis Wainer

Sociólogo. Dr. en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA).