Cuatro años de guerra en Ucrania: sin plan de paz y con la certeza de un rearme global

La guerra en Ucrania arranca su quinto año y de la promesa de Donald Trump de frenar todo en un día no quedó nada. Estados Unidos se repliega sobre Latinoamérica y el mundo parece tomarle el tiempo al republicano, con Vladimir Putin jugando a la negociación pero aumentando sus exigencias a Kiev. Europa está fuera de la mesa de discusión y busca no terminar en el plato, mientras el rearme generalizado parece haber cambiado el tablero internacional para siempre. 

28 de febrero, 2026 | 00.05

La guerra en Ucrania empezó a caminar su quinto año con pronósticos encontrados y una falta de consenso absoluto sobre cuándo va a terminar. Los planes de paz que circulan en los pasillos del poder exigen a los ucranianos no solo que cedan territorio, sino su futuro bajo el paraguas de la OTAN, y son interpretados por Kiev como una capitulación total. Mientras Donald Trump redujo su apoyo a Volodimir Zelensky y le exigió recursos estratégicos, Ucrania sigue esperando una señal positiva para entrar al club de Bruselas que no llega.

A la incertidumbre respecto al final se añaden algunas certezas: el rearme global está en curso. Europa entendió las bombas en su territorio como la alarma para despertar de su letargo defensivo, buscando -tímidamente- autonomía frente a un Washington que la excluye de las mesas de negociación y le exige más aportes a la OTAN. Mientras tanto, el Kremlin está lejos del aislamiento que pretendían las potencias occidentales y su alianza con China parece cada vez más consolidada. Lejos de la promesa del republicano de terminar con el conflicto en 24 horas, el mundo ya es otro y de forma irreversible. 

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En noviembre, se filtró al portal de noticias Axios un "plan de paz" ruso-estadounidense de 28 puntos. Las exigencias del Kremlin a Kiev eran maximalistas: ceder el resto de la región del Donbass que aun controla Ucrania, reducir su ejército, comprometerse a no ingresar jamás a la OTAN, entre otras demandas. Zelensky puso el grito en el cielo y un nuevo plan de paz llegó pero ahora de 20 puntos, incluidas garantías de seguridad de Europa y respaldadas por Estados Unidos. Este se supone es el borrador del que partieron las cuatro rondas de negociaciones trilaterales en Abu Dabi y en Ginebra. Los pasillos del Four Seasons Lake de la ciudad suiza, donde el jueves se desarrollaron las últimas conversaciones, vieron caminar a las delegaciones de Zelensky y Putin -con un perfil más especializado- así como también a la de Trump, liderada por su yerno, Jared Kushner, y su amigo y empresario inmobiliario Steve Witkoff. Hasta ahora los resultados son casi nulos: solo se vio intercambio de prisioneros pero nada respecto a un acuerdo de paz o al menos de un cese el fuego. 

Estas negociaciones llegan después de que Trump no solo pusiera el freno de manos al apoyo estadounidense a Kiev, sino que también jerarquizara a Putin y degradara a Zelensky como interlocutores y obligó a este último a firmar un acuerdo sobre tierras raras. En marzo pasado, suspendió la ayuda militar a Ucrania -limitando su colaboración a información de inteligencia- y condicionó su apoyo a que el gobierno de Zelensky demostrara “un compromiso con la paz”. A la vez que recibió al líder del Kremlin con alfombra roja, humilló al ucraniano en el Salón Oval. En mayo, los dos líderes firmaron un acuerdo sobre tierras raras que básicamente le dio acceso preferencial a Estados Unidos para que invierta en la extracción de minerales y otros recursos naturales ucranianos, al tiempo que va a financiar parte de la reconstrucción del país. Si bien el magnate quiso fijar en la letra del acuerdo que tendría la “propiedad” sobre esos recursos, después moderó el tono. 

Ahora, la ayuda de Washington ya no tiene el mismo peso que en los tiempos de Joe Biden. Este parate hizo que bajara su posición en la tabla de principales aportantes en lo que va desde el inicio de la guerra. El diario Financial Times lo sitúa en el cuarto lugar después de la UE, los bonos de guerra Ucrania y del préstamo ERA Financing, iniciativa del mismo bloque regional y del G7. Esto debilitó aun más la posición ucraniana justo cuando tiene que sentarse a negociar.

Las voces que le piden bajarse de sus posiciones maximalistas no llegan solo de la Casa Blanca. En las tribunas mediáticas y académicas también se replican. Michael C. Desch, director fundador del Centro O'Brien Notre Dame de Seguridad Internacional, en un artículo de esta semana en la revista Foreign Affairs titulada “Ucrania está perdiendo la guerra”, sostuvo que, después de cuatro años de la invasión rusa, la realidad del campo de batalla contradice el optimismo de Kiev. Porque si bien le reconoció cierta resistencia a los ucranianos, consideró que Rusia tiene ventajas estructurales -demográficas, económicas y militares- que hacen que la recuperación total del territorio sea prácticamente imposible.

Putin empezó la guerra acusando a la OTAN, con Washington a la cabeza y Ucrania -desde fuera- a la cola, de expandirse más cerca de sus fronteras. Ahora, la Casa Blanca de Trump elude responsabilidades y carga las tintas exclusivamente sobre Ucrania, que parece ser la única que se encamina a pagar los platos rotos.

Ucrania mira a Europa y esta la esquiva

Ucrania sigue esperando una señal positiva para entrar al club de Bruselas que no llega. Zelensky dijo el mismo día del aniversario de la guerra que empezó a trabajar con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, en los “detalles” de la garantía de seguridad europea que supondrá la adhesión de su país a la Unión Europea. Exigió una “fecha clara”, pero le respondieron con vaguedades. “Entiendo muy bien que para ustedes también es importante una fecha clara”, le dijo Von der Leyen, pero le aclaró: “Saben que, de nuestra parte, establecer fechas en sí mismas no es posible”. 

Cómo va a garantizar Europa semejante compromiso si ni siquiera acuerda un flujo constante de ayuda por el veto del presidente húngaro. Viktor Orban, en la víspera del cuarto aniversario de la guerra -y después de ser abrazado por Javier Milei en la cumbre de “paz” para Gaza impulsada por Trump- decidió retener cerca de 105.000 millones de dólares en financiación para Kiev. 

Así limitó las capacidades del ejército de Zelensky en el terreno pero también de sus representantes en la mesa de negociación. A su vez, el veto afecta a otros préstamos que estaban atados a esa aprobación europea, como el FMI. "Sin ese apoyo (de la UE y el FMI), la economía de Ucrania probablemente colapsaría, o al menos no mostraría la misma resiliencia y recuperación", explicó Maksym Samoiliuk, economista del Centro de Estrategia Económica, un centro de estudios con sede en Kiev, citado por el Financial Times

La carrera armamentística de Europa y más allá

Los europeos interpretaron la guerra en su territorio como la alarma para despertar de su letargo defensivo y buscar -tímidamente- autonomía frente a un Washington que la excluye de las mesas de negociación y le exige más aportes a la OTAN. Ese último punto ya data de la primera administración de Trump y, más tarde, cuando hizo campaña para su regreso a la Casa Blanca bajo la consigna “America First”. Poner a Estados Unidos como prioridad significó, entre otras cosas, decir que no va a seguir siendo el único que haga esfuerzos para aportar a la Alianza Atlántica. Por eso, presionó a sus integrantes y logró que junio estos aceptaran aumentar el gasto en Defensa hasta el 5% de sus PIB para 2035.

Además de esa exigencia para seguir en la cofradía atlantista, Europa busca armarse más allá de Washington. Según un informe publicado este febrero por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, con sede en Londres, el gasto global en Defensa alcanzó un máximo histórico de 2,63 billones de dólares el año pasado, con un doble movimiento: el expendio de Europa crece y el de Estados Unidos baja. Si bien este último sigue siendo, por amplio margen, el que más gasta en defensa, 36% del gasto mundial en 2025, pero bajó 7,1% en términos reales. Mientras que Europa sigue subiendo: ahora representa más del 21% del gasto mundial, frente al 17% en 2022.

Si bien ahora el gasto global se desaceleró, la tendencia creciente no se detuvo. Desde el inicio de la guerra, el crecimiento anual en Defensa fue de casi el 10% en 2023 y 2024, y el año pasado bajó pero siguió en aumento, llegando al 2,5%.

Keir Giles, autor de "¿Quién defenderá a Europa? Una Rusia despierta y un continente dormido", dijo en febrero en un artículo de Foreign Policy que desde 2022 aumentaron las hipótesis de un posible ataque ruso contra un miembro de la OTAN. Desde su punto de vista, “si Europa está mejor preparada para esta contingencia hoy en día, se debe principalmente a los esfuerzos de un pequeño grupo de estados de primera línea que mejoran urgentemente sus propias defensas” y no por los países del interior europeo. “En todo caso, la brecha entre Europa Occidental y aquellos estados que se toman la defensa en serio se ha ampliado aún más”, comentó en el texto y agregó:  “Polonia se convirtió pronto en líder europeo en rearme (...) Tiene el mayor gasto militar de la OTAN como porcentaje del PIB (aproximadamente el 4,5 % en 2025) y la mayor proporción dedicada a sistemas de armas (alrededor del 54 %), en lugar de salarios y otros gastos. El país cuenta con el tercer ejército más grande de la OTAN”. El contraste con la Europa occidental es marcado, por eso, según el autor, “su seguridad a corto y mediano plazo dependerá de coaliciones de quienes estén dispuestos y sean capaces.”

Mientras Europa corre hacia un rearme, en ningún momento parece estar dispuesta a replantearse si Rusia es realmente una amenaza a su existencia o no. De todas formas, la carrera por las armas no llega solo de la mano de la guerra en Ucrania.

El mundo vive otros conflictos en paralelo que podrían contribuir en esta carrera armamentística. Desde la modernización militar de China y su creciente rivalidad sistémica con Estados Unidos, las explosiones abiertas en distintos puntos de Medio Oriente -desde Líbano, Yemen, Siria, Gaza hasta Irán- pasando por los inéditos ataques militares de Washington en América del Sur y su deseo de acortar la correa sobre su “patio trasero”, y la reciente escalada en Asia Central entre Pakistán y Afganistán. Todo esto contribuye a ver la defensa como una prioridad. Durante décadas, durante la Guerra Fría, la idea de armarse para usarlas solo como arsenal dormido pero con poder de disuasión -en gran parte del mundo- funcionó. Pero los casos mencionados en casi todos los continentes son ejemplos de que las armas se están desenvainando.

Por su parte, el Kremlin está lejos del aislamiento que pretendieron las potencias occidentales. No solo fue jerarquizado como interlocutor por Trump, sino que profundizó sus lazos con China. A principios de febrero, Xi Jinping le dijo a Putin que los dos países deben intensificar los intercambios de alto nivel y fortalecer la cooperación en diversos ámbitos. Pero no son pocas las voces que advierten que no se trata necesariamente de una alianza a largo plazo.

Por ejemplo, en el plano económico, el vínculo en tiempos de guerra podría no ser el mismo que en tiempos de paz. “El comercio bilateral se ha expandido rápidamente desde 2022, con China representando una parte dominante de las exportaciones e importaciones de Rusia. Este crecimiento refleja la necesidad de tiempos de guerra más que una convergencia económica estratégica. El comercio es cada vez más asimétrico según el modelo clásico de intercambio de materias primas por productos terminados. Rusia exporta petróleo, gas, carbón y otras materias primas, mientras que China suministra bienes manufacturados, maquinaria, electrónica y equipos de transporte. La pérdida de los mercados occidentales ha acelerado este patrón, reforzando el papel de Rusia como proveedor de recursos en lugar de como un par tecnológico”, explicaron autores del New Eurasian Strategies Centre, con base en Londres, en un articulo titulado “Matrimonio sin amor: la relación chino-rusa y sus implicaciones para el mundo”, publicado este mes. 

Además de China, Rusia mantiene relaciones “saludables” con la India de Narendra Modi, coquetea con el siempre cercano Benjamín Netanyahu, juega en el campo de batalla con armamento iraní y lleva soldados norcoreanos a pelear por su país. Pero esta agenda de contactos no necesariamente es la panacea y no significa que el Kremlin no tenga costos. La pérdida de Europa como destino de sus exportaciones de gas -las exportaciones de gas por gasoducto a Europa se redujeron un 44% en 2025, según cálculos de la agencia de noticias Reuters publicados en diciembre y la UE dijo que va a dejar de importar gas ruso a finales de 2027- no fue compensada del todo con las ventas a Beijing.

En términos generales, según la ex funcionaria del banco central ruso y actual investigadora del Centro Carnegie Rusia Eurasia en Berlín Alexandra Prokopenko, en Rusia “se gasta muchísimo dinero en tanques, proyectiles, bombas, beneficios militares y otras cosas; nada tiene un valor duradero, nada que impulse lo que llamamos desarrollo”, según declaró al New York Times en febrero. 

Ese mismo mes describió, en The Economist, la ambigüedad del momento que atraviesa la economía liderada por Putin:Los occidentales siguen esperando que la economía rusa se derrumbe. No lo hará. Pero tampoco se recuperará. Ha entrado en lo que los alpinistas llaman la zona de la muerte: la altitud por encima de los 8000 metros en la que el cuerpo humano se consume más rápido de lo que puede repararse”. Y agregó: “La economía (rusa) creció solo un 1% en 2025. Las previsiones para este año son peores. En los últimos cuatro años, la economía rusa se bifurcó en dos sistemas metabólicos distintos. El primero comprende las industrias militares y afines: los órganos vitales que reciben un flujo sanguíneo prioritario (...) El segundo sistema contiene todo lo demás: la empresa privada, las pequeñas empresas, las industrias de consumo. Estas son las extremidades que se quedan al margen”. 

Las 24 horas más largas del mundo

Fiel a su retórica hiperbólica, la promesa de Donald Trump de resolver el conflicto en 24 horas no fue la excepción. Tras más de un año de su regreso, la realidad es otra: cualquier acuerdo que esté bajo su auspicio difícilmente vaya a frenar la inercia armamentista que desató esta guerra. La partición de Ucrania —que hoy suena inevitable— no apagará la rivalidad con Moscú, mientras Bruselas se atrinchera en un escenario bélico sin puentes diplomáticos con el Kremlin. En este quinto año, el desgaste del conflicto regional se consolida como un nuevo orden global fracturado. Entre promesas de soluciones rápidas y una diplomacia que parece más una transacción de recursos que un camino a la paz, el mundo cruzó un punto de no retorno. Con un Washington replegado, una Europa desorientada que despierta a la fuerza de su letargo y una Rusia que reconfiguró sus alianzas, el rearme es hoy la única certeza compartida.

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Dacil Lanza

Es periodista especializada en política internacional en medios como la agencia Télam, el diario italiano Il Manifesto, la revista Nueva Sociedad y Cenital. En El Destape Radio es parte de Palermo Wuhan los sábados de 7 a 10 de la mañana. Hizo coberturas en Brasil, Chile, Colombia y España. Como freelance viajó a otra región que la apasiona: Medio Oriente, donde conoció Israel, Palestina y Egipto.