Donald Trump “negocia” con un arma sobre la mesa y solo ofrece un escenario binario en el que hay que decidir y pronto. En un tiempo determinado compele a sus interlocutores a elegir entre lo que se resume en un “conmigo o en mi contra”, cada opción con amplias consecuencias. El trato a viejos aliados se refunda en la presión y la amenaza, mientras que con los nuevos hay cierta indulgencia, siempre que se sometan. Como resumió Trump en el caso argentino: "Si Milei no gana la elección no seremos generosos". Pero no se trata de una fórmula para todos. Su estrategia para los grandes jugadores parece más orientada a la colusión; alfombra roja para el encuentro con Vladimir Putin en Alaska y sonrisas para Xi Jinping en su cara a cada de octubre: son acuerdos entre “adultos” poderosos. Esta suerte de matón del barrio, para algunos analistas, siempre recula, pero otros hacen hincapié en que en el camino gana una influencia incomparable.
El 26 de enero de 2025, solo seis días después de su segunda asunción, Donald Trump ordenó imponer “aranceles del 25%” a los productos de Colombia que ingresaran a Estados Unidos, y en una semana aumentarían a un 50%, además de fijar prohibiciones de viaje, revocación de visas a funcionarios y miembros del partido del presidente Gustavo Petro. Esto como respuesta a la decisión del colombiano de impedir la llegada a su país de vuelos estadounidenses con deportados que según denunció habían recibido malos tratos y eran expatriados esposados. La crisis diplomática parecía total, pero en 24 horas desescaló y Trump dio marcha atrás con las medidas.
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Algunos analistas consideran que el político y magnate apela a la estrategia TACO, siglas en inglés para decir "Trump siempre se acobarda" (Trump always chickens out). Al caso de Colombia, le siguieron la aplicación de aranceles del 40% a Brasil -no con el argumento de desequilibrios comerciales, sino de una supuesta “caza de brujas” contra Jair Bolsonaro- y luego de una negociación con Luiz Inácio Lula da Silva, retrocedió. Amenazó con volver a controlar el Canal de Panamá por la supuesta preeminencia china y reculó. Y esas formas de presión no se vieron solo hacia países “menores”, sino también para sus socios históricos como la OTAN y la Unión Europea. Dijo querer quedarse con Groenlandia, de soberanía danesa, al punto que parecían un casus belli para su Gobierno, pero nada de eso pasó.
Otros especialistas, como George E. Bogden de la consultora Continental Strategy, estiman que hay que poner el foco en el resultado que logra Trump. En una editorial publicada en el Washington Post este enero, sostuvo que Trump no apela a TACO, sino a un ingrediente de esa comida mexicana, el GUAC (guacamole), siglas que designan la idea de que el republicano va "ganando una influencia estadounidense inigualable" (“gaining unmatched American clout”). Si miramos desde esta perspectiva el caso colombiano, Trump retrotrajo los aranceles al valor que estaban previo a la escalada; sin embargo, dijo que Petro había aceptado todos los términos de la Casa Blanca sobre las expulsiones.
Más allá de la interpretación que se elija, no hay dudas de que Trump se refiere a muchos de sus aliados en los peores términos posibles. No pasa lo mismo con los gobiernos de los países que la propia Casa Blanca reconoce hace años como sus rivales estratégicos, como China y Rusia. ¿Cómo negocia Trump con ellos? ¿Ofrece el mismo trato de “matón” a todos? ¿Qué obtuvo en cada caso?
Trump negociando con sus ¿aliados?
Más allá de si retrocede o no en las negociaciones, el magnate republicano ya detonó muchos de los consensos que lo unían a sus aliados sólo para volver a negociarlos en sus propios términos. Y como si eso no fuera suficiente, los apura para tener resultados rápidos. “Casi de la noche a la mañana, Estados Unidos pasó de competir con sus agresivos adversarios a intimidar a sus aliados más dóciles”, resumía la politóloga Stacie E. Goddard ya en mayo pasado en la revista Foreign Affairs.
“Trump tiene un estilo de negociación transaccional, personalista además de autoritario y coercitivo. Se orienta a la obtención de resultados o ventajas visibles pero a corto plazo”, explicó a El Destape Rodolfo Colalongo, docente-investigador de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia.
Para el internacionalista, esa forma de negociar “atenta contra la posibilidad de generar acuerdos institucionales duraderos, de largo plazo, y esto, a su vez, atenta contra la estabilidad de cualquier sistema. Algunos autores lo definen como estilo mafioso de negociación, en el cual, si no demostrás fuerza, entereza, resistencia a las presiones, te pasa por arriba sin dudarlo”.
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En este camino, son pocos los que se pueden llamar aliados: o aumentan el gasto en defensa o saco a Estados Unidos, principal aportante, de la OTAN; o Ucrania acepta acuerdos de tierras raras con Estados Unidos y cede territorio a Rusia o habrá “grandes problemas” y perderán el apoyo de Washington; o me venden Groenlandia o la tomo por la fuerza. ¿Es eso una negociación? Al menos en los términos de Trump, así parece.
En junio pasado, Trump consiguió que los países de la OTAN dijeran sí a su demanda de aumentar el gasto en defensa, aun cuando esto pueda resentir sus presupuestos y el Estado de bienestar europeo. En una cumbre en La Haya acordaron destinar el 5% del PBI para el gasto anual en defensa y seguridad (a partir de 2035). Un punto incompleto para el republicano porque el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, solo aceptó comprometerse con el 2,1%. Frente a la guerra en Ucrania, Trump replanteó la ayuda total de los tiempos de Joe Biden y puso sobre la mesa una suerte de transacción, con el acuerdo de tierras raras. Las negociaciones con las partes siguen y la guerra va camino a su cuarto año este febrero, cuando el republicano había prometido terminar “en 24 horas”.
Sobre Groenlandia, la isla ártica sobre la que Dinamarca tiene soberanía, el estadounidense sacudió por completo a sus aliados de la OTAN al exigir que se la vendan o le dejen hacerse cargo de ese territorio. Pero después de varias amenazas y máxima presión, dijo el 22 de enero que había llegado a un “marco de acuerdo” sobre Groenlandia después de una reunión con el jefe de la alianza militar, Mark Rutte, en Davos y sin que los daneses estuvieran al tanto de los detalles. Y si bien no se hicieron públicos los términos del acuerdo, está claro que no se trata de una compra y que por el momento la opción de invadir la isla no está sobre la mesa. Quizás en el acuerdo alcanzado se cifra lo que realmente quería Trump y tenga que ver con aumentar su presencia en Groenlandia a partir de su concepto de defensa antimisiles “Cúpula Dorada” además de minerales críticos.
“Dado que sus objetivos son a corto plazo, visibles y de gran repercusión mediática, diría que la estrategia le está funcionando”, estimó Colalongo. Sin embargo, advirtió que “el costo que se paga es muy alto porque no permite generar acuerdos de mediano y largo plazo y ello traerá consecuencias tanto para los Estados Unidos como para el resto del mundo, incluido el propio sistema en cual se sustentan las Relaciones Internacionales”.
Además de las presiones a estos socios, Trump fue también contra Canadá al que se refirió como “estado número 51” y a quien era entonces su primer ministro, Justin Trudeau, como “gobernador”. La semana pasada amenazó con imponer 100% de aranceles a los productos de su vecino del norte para tratar de evitar su acercamiento a China.
La aplicación de aranceles adicionales de forma generalizada, incluidos a socios como la Unión Europea (UE) y Reino Unido, así como Japón o Corea del Sur, terminó en una marcha atrás pero antes obligó a esos países a sentarse a negociar con Trump en sus términos y nuevas amenazas en caso de que incumplan lo firmado. En el caso de India, sigue con aranceles del 50% por su compra de petróleo a Rusia y Washington y más que hacer que se pliegue a una negociación, por el momento solo se ve a Nueva Delhi cediendo en parte, ya que este enero Trump dijo que acordó que ese país compre petróleo a Venezuela, para reducir su dependencia de Moscú y Teherán.
En tanto, Israel es quizás el único aliado que permanece en pié, una alianza que históricamente ha sido analizada como la más sólida desde la formación del Estado de mayoría judía. Trump presionó a Netanyahu para que firme un alto el fuego en Gaza, pero nada más. Israel sigue insistiendo públicamente en que no habrá un Estado palestino en Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este. En el haber, la Casa Blanca se suma su plan de avanzar con una “Riviera de Medio Oriente”. También hubo una transacción con su socio en Medio Oriente.
Tel Aviv también consiguió sumar a Estados Unidos a sus planes de enfrentarse a Irán, a tal punto que logró que Trump aprobara un ataque contra tres puntos clave del programa nuclear iraní y dijo que había “aniquilado” su programa nuclear. En los últimos días, Washington volvió a amenazar a Teherán al ofrecer ayuda a la población iraní que salió a las calles contra la crisis económica y el gobierno de los ayatolas. Nunca cumplió con esa oferta, pero sí aumentó la presión militar alrededor del país de mayoría persa. Si busca un cambio de régimen o solo golpear el programa nuclear de la nación asiática aún está por verse.
Trump presiona a su “patio trasero”
No todos los casos en los que Trump negocia son idénticos. La imposición de aranceles a Brasil, no impidió que la Justicia brasileña condenara a Bolsonaro y terminó por poner cara a cara a Lula con Trump, quien terminó dando marcha atrás con la mayor parte de esa medida. La amenaza de hacerse con el Canal de Panamá, por ejemplo, no se concretó, aunque pareció ser más una consigna de máxima para que el presidente José Raúl Mulino le conceda sus deseos, anule los contratos a firmas chinas que tenían dos puertos en ese paso interoceánico clave y firme un memorando que incrementó la presencia militar estadounidense. La escalada con Colombia fue otro caso. Tampoco cumplió con sus amenaza, aunque cada tanto el enfrentamiento resurge: primero con la quita de la certificación que hace Estados Unidos a los países que colaboran con la lucha contra el narcotráfico y, luego, tras el secuestro de Nicolás Maduro, cuando le advirtió al presidente Gustavo Petro que “cuidara su trasero”.
Venezuela fue un caso extremo de presión sin negociación, o si esta existió fue para partir al gobierno venezolano y lograr sacar a Maduro. Los ataques a supuestas narcolanchas, el despliegue militar en el Caribe y parte del Pacifico, y finalmente la mortal invasión a Caracas volvió evidente que Washington no tenía ningún apuro en ayudar a los venezolanos y su democracia, así como tampoco en combatir al narcotráfico. Como lo dijo una y otra vez el propio Trump, el objetivo fue el control de la exportación de petróleo.
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“La política exterior se ha convertido en una herramienta para canalizar dinero y estatus hacia el Sr. Trump y sus allegados”, escribieron Stacie Goddard y Abraham L. Newman la semana pasada en el New York Times. “Si bien Trump se jacta de que la intervención en Venezuela aumentará la prosperidad estadounidense, en realidad hay pocas promesas de beneficios nacionales. En cambio, las ganancias parecen estar fluyendo hacia él y sus allegados”, agregaron.
La incógnita que aún sobrevuela es si esta forma de presión es simplemente la impronta del empresario neoyorquino devenido dos veces presidente o si se trata de un cambio más profundo en la política exterior de Washington. “Espero que las acciones de Trump sean más coyunturales que sistémicas. Sin embargo, habría que ver cómo se comporta el próximo presidente de los Estados Unidos, quizás si es alguno que pertenece al círculo cercano de Trump, la cosa siga igual o con ligeros cambios pero habría que ver que sucede con otro diferente”, dijo Colalongo.
“Indudablemente algunas cosas cambiaron, la sociedad estadounidense está más fragmentada que nunca, su sistema político está sufriendo y resistiendo unos movimientos tectónicos sin precedentes en la historia reciente de los Estados Unidos. Dependiendo de la duración de este proceso, veremos si se agudizan, profundizan, se vuelven permanentes o si se ralentizan, se quedan en la superficie y desaparecen con el tiempo. En lo personal considero que serán permanentes”, estimó.
Trump y sus rivales estratégicos
Ya en su primer gobierno había quedado claro que trataba a sus rivales estratégicos, como China y Rusia, mejor que a sus socios históricos y aliados. En palabras de Stacie E. Goddard, “con una rapidez increíble, Trump destrozó el consenso que él mismo ayudó a crear. En lugar de competir con China y Rusia, Trump ahora quiere trabajar con ellos, buscando acuerdos que, durante su primer mandato, habrían parecido contrarios a los intereses de Estados Unidos”. Puso como ejemplo la guerra en Ucrania: “Trump dejó claro que apoya un rápido fin del conflicto, incluso si eso requiere humillar públicamente a los ucranianos mientras se abraza a Rusia y se le permite reclamar vastas extensiones de Ucrania”. Para ella, la visión del mundo del estadounidense “no es la de la competencia entre grandes potencias, sino la de la colusión entre grandes potencias: un sistema de ‘concierto’ similar al que dio forma a Europa durante el siglo XIX”.
Prueba de ello fue la alfombra roja que tendió al presidente de Rusia en su encuentro en Alaska o la reunión afable que mantuvo con Xi Jinping. Como varias veces lo explicitó, Trump imagina que está “reordenando” el mundo y actúa en consecuencia. En enero del 2025, tras una llamada con Xi, escribió en su red social Truth Social: “Resolveremos muchos problemas juntos, y de inmediato. Hablamos sobre el equilibrio comercial, el fentanilo, TikTok y muchos otros temas. ¡El presidente Xi y yo haremos todo lo posible para que el mundo sea más pacífico y seguro!” Y con un tono similar describió una conversación telefónica con Putin en febrero pasado: “Cada uno habló sobre las fortalezas de sus respectivas naciones y el gran beneficio que algún día obtendremos al trabajar juntos”.
“Tras su regreso al cargo para un segundo mandato, Trump cambió de táctica. Su enfoque sigue siendo abrasivo y confrontativo. No duda en amenazar con castigos, a veces económicos, para obligar a otros a hacer lo que él quiere. Sin embargo, en lugar de intentar ganarle a China y Rusia, Trump ahora quiere persuadirlos para que colaboren con él en la gestión del orden internacional. Lo que cuenta ahora es una narrativa de colusión, no de competencia; una historia de acción concertada”, insistió la autora del libro El caos reconsiderado: el orden liberal y el futuro de la política internacional.
Pero la competencia entre grandes potencias no desaparece, al menos no del todo.
“Yo diría que la competencia entre las grandes potencias nunca se terminó, simplemente estaban en etapas diferentes. Ahora estamos frente a una confrontación más directa en el plano económico, comercial y financiero e indirecta en el político y militar”, dijo Colalongo. Pero el analista no descarta que esto cambie. “Algunos especialistas consideran que la confrontación militar es inevitable y que las grandes potencias, en particular Estados Unidos y China, se están preparando para ello. Sin embargo, aún es prematuro afirmarlo. Si bien las condiciones se están dando aún estamos a tiempo de cambiarlas y no terminar, necesariamente, en una confrontación directa entre las grandes potencias”, agregó.
